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El resultado de la histórica jornada electoral del primero de julio ha provocado una serie de reacciones de diferentes tipos y personajes de prácticamente todos los sectores sociales.

Reacciones en cascada que, en algunos casos, pusieron en evidencia intereses oscuros y no precisamente de aceptación al triunfo del candidato presidencial de la coalición “Juntos Haremos Historia”, Andrés Manuel López Obrador, quizá buscando seducir al nuevo gobierno.

Otras, con el rigor del análisis político, consideran que el resultado de las elecciones en México fue consistente con las expectativas. López Obrador fue el favorito por un gran margen y ganó con 53.19% en la primera y única ronda; en segundo lugar Ricardo Anaya Cortés, de la coalición “Por México al Frente”, con el 22.25%; en tercer lugar se ubicó José Antonio Meade Kuribreña, abanderado de la coalición “Todos por México”, con 16.40%; y en cuarto, Jaime “el Bronco” Rodríguez Calderón, con el 5.23%

Para analistas nacionales y extranjeros, ya se esperaba el triunfo de López Obrador, sobre todo porque en los dos últimos procesos electorales la falta de transparencia en la elección evitó que ganara.

Esta vez, López Obrador estuvo muy a la delantera en las encuestas y esto fue, al final, confirmado por el voto. El candidato puntero ganó con 53.19% de los votos, mientras que el líder de la coalición de la derecha se quedó solamente con el 22.25% y el candidato del PRI con 16.40%.

La enorme ventaja ya se esperaba de acuerdo con las encuestas pre-electorales. No tomó a nadie por sorpresa. Los inversionistas ya conocían los cambios que vendrían en México. Por tanto, el peso mexicano solamente se depreció de forma temporal.

El cambio principal que provoca el tsunami lopezobradorista y su partido MORENA, es que su elección genera una ruptura política real en nuestro país. La izquierda no ha tenido el poder durante décadas y la gente ya deseaba un cambio real.

A pesar de las críticas y las dudas, se trata una transformación interesante. En muchos países donde se ha podido observar un sólido movimiento político, esto ha significado también un giro hacia un mayor populismo y hacia la derecha del espectro político. En México, se va hacia la izquierda.

Andrés Manuel López Obrador fue elegido por el enojo, el hartazgo de la ciudadanía con la clase política, priistas, panistas y perredistas, así como con el presidente de la República, Enrique Peña Nieto, pero también porque supo capitalizar este enojo con sus promesas de luchar contra el crimen, la corrupción, la pobreza y la propuesta de mejorar las condiciones de seguridad en México.

En contraste, el presidente Peña Nieto, más a favor de la empresa y el sector privado, no fue capaz de mejorar estos factores. Asimismo, se espera que el presidente electo pueda mejorar el poder adquisitivo de la población, el cual se ha estancado.

En su primer discurso, López Obrador, aseguró que respetaría a las instituciones, en particular a la autonomía del Banco de México y los contratos petroleros ya aprobados bajo la presente administración.

En otras palabras, no desea iniciar una revolución espontanea en las instituciones. Ha dicho también que no va a nacionalizar empresas o acabar con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) ya que es del interés de nuestro país mantener los actuales lazos, tanto con Estados Unidos como con Canadá y porque México es muy dependiente de sus socios comerciales como para salir del acuerdo.

En una primera consideración sobre lo que se puede interpretar de esta elección, es que el presidente electo no tomará posesión antes del próximo mes de diciembre. Es un proceso largo de transición, lo cual lleva a preguntar ¿Qué hará el gobierno actual en los próximos 6 meses? Probablemente nada porque lo que pudiera hacer no sería necesariamente consistente con la estrategia del nuevo líder.

La segunda consideración es la posible divergencia entre la estabilidad económica, el gobierno debe mantener el nivel de crecimiento y la aplicación del programa político propuesto durante la campaña.

Sin embargo, el proceso puede ser difícil cuando el presidente electo representa a un partido que nunca ha estado en el poder, esto ya se ha vivido en Francia con François Mitterrand al inicio de los 80’s (Mayo 10, 1981).

La izquierda llegó al poder y sus partidarios (ministros y presidente incluido) querían un cambio rápido en todas las áreas. Se aprobaron muchas leyes y se generó un desorden real en la arena económica con tres devaluaciones del Franco en 2 años. No fue sino hasta 1983 que el gobierno francés cambió de opinión.

Con México, se puede pensar en un proceso que podría imitar al anterior porque la nueva administración debe ofrecer garantías para su electorado y asegurar que el cambio político es más fácil de implementar que un cambio profundo en el aspecto económico.