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Se apropió del escenario y de los reflectores. La política nacional convertida en monólogo, excepto unas cuantas intervenciones de los miembros de su pre-gabinete. Algunos de estas, por cierto, muy desafortunadas, como la falsa noticia del viaje del papa Francisco a México y la también desmentida acerca del futuro diálogo del padre Alejandro Solalinde con el Ejercito Zapatista de Liberación Nacional. Salvo estas declaraciones surgidas desde la segunda fila de comparsas, todo el libreto es de él, suyos la totalidad de los parlamentos y el foro entero.

Solamente se dejan oír de cuando en cuando los contrapesos mediáticos. Los demás actores, o enmudecieron o bajaron impúdicamente a las galerías para unir sus frenéticos palmoteos al aplauso casi general del auditorio.

Los partidos derrotados en las en las pasadas elecciones parecen haber perdido la voz. Enmudecieron. El Revolucionario Institucional empezó a dar señales de vida con el reacomodo de sus cuadros directivos, pero de Acción Nacional no se sabe nada. “No se ven ni sus luces”, dirían mis abuelos. Aún no salen del pasmo tras la inmisericorde vapuleada electoral recibida el pasado 1 de julio.

Con la mayoría asegurada en la Cámara de Diputados y en el Senado, Morena y su dirigente ocupan prematuramente los espacios. “No existen contrapesos”, opinan los analistas. Y es cierto, no se ven casi por ningún lado.

Es verdad que solo tendrá aliados en dos de los tres poderes de la República, pero eso no significa que la oposición deje de existir: Si bien el triunfo de Andrés Manuel López Obrador y los suyos fue apabullante, aun así, muy cerca de la mitad de los electores les negaron su voto. ¿A estos millones de mexicanos quién los va a representar? ¿Quién dará voz a sus opiniones o a sus inconformidades?

En efecto, los dos partidos tradicionales, PRI y PAN, tendrán una raquítica representación en ambas cámaras y se les fue de las manos más de media docena de gobiernos y congresos estatales. Sin embargo, a pesar de ello, esos partidos no desaparecieron, a menos de que sus dirigentes y miembros decidan liquidarlos, lo cual constituiría un suicidio y también una traición a quienes les dieron su respaldo en las urnas.

Hoy pueden estar cuantitativamente disminuidos, pero, ¿también lo están cualitativamente? En ocasiones, los opositores no basan su fortaleza únicamente en el número, sino en la inteligencia y en la pertinencia de sus señalamientos. Como caso extremo se puede citar al novelista Emilio Zolá, a quien bastó su sola firma bajo un texto titulado Yo Acuso para exhibir la podredumbre del aparato judicial de Francia, obligándolo a enmendar sus errores y su reprobable antisemitismo en el célebre caso Dreyfus.

Nadie, que sepa, firmó un cheque en blanco a los triunfadores de los pasados comicios para que hagan y deshagan a su gusto o capricho. Nadie tampoco hizo un voto de silencio después de perder la elección. Una oposición congruente responsable, constructiva, resulta indispensable en una coyuntura como la que atraviesa hoy el país.

La prensa escrita y electrónica ya dan muestra de cumplir su parte, aunque no faltan las claudicaciones de feroces críticos de ayer convertidos de un día para otro en melosos aduladores. (“Se arriman a donde calientan gordas”, dicen en el rancho). ¿Pero los partidos? ¿Dónde quedaron los políticos opositores? Es necesario que se hagan oír, pues hay momentos de la historia en que el silencio se vuelve complicidad.