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Los símbolos jugaron un papel central para reforzar esa pretensión de cambio profundo de la vida política del país

NÚMERO CERO/ EXCELSIOR

Andrés Manuel López Obrador fue investido como Presidente en una toma de protesta que ofreció como inicio de un cambio de régimen, aunque sin el necesario llamado a la reconciliación, en un país dividido entre la esperanza y la incertidumbre, que exigiría una empresa de tal magnitud. El primer gobierno de izquierda nacionalista llega a la alternancia con un mensaje de ruptura con las “calamidades” del pasado y una promesa de un nuevo ciclo histórico que, sin embargo, empieza con el indulto a la corrupción anterior y la profundización de la estrategia militar contra la violencia. El denominador común, un mensaje con contradicciones que a nadie dejó tranquilo.

Los símbolos jugaron un papel central para reforzar esa pretensión de cambio profundo de la vida política del país, bajo el Santo Grial de la Cuarta Transformación, para mutar la relación entre el poder y la ciudadanía respecto a las formas de la partidocracia de gobiernos anteriores. Los objetos, materias y formas expresivas para representarlo fueron cuidadosamente seleccionados: el traslado en el automóvil utilitario de la campaña versus el convoy blindado que trasladó a Peña Nieto, como signo de la austeridad del mandatario con mayor apoyo popular de la alternancia (66%), en contraste con privilegios y fueros de su antecesor, el peor calificado de la historia moderna.

Antes, la apertura de la Residencia Oficial de Los Pinos a la ciudadanía, como señal de ruptura con la clase política tradicional, que fue vapuleada por una revolución de votos en la elección presidencial. Y el mensaje en el Zócalo, a ras de piso y ya no desde el balcón presidencial, como señal de cercanía con el pueblo, al que ofrece “consultar” permanentemente para gobernar y pide “no me dejen solo”.

En sus constantes referencias a la purificación de la vida pública, no faltó la denuncia al enemigo que deja atrás de la nueva etapa y el punto de diferenciación con los gobiernos de las últimas tres décadas: el “desastre del neoliberalismo”, señalado como el culpable de la “inmunda corrupción de gobernantes y empresarios”.

A esta “perversión” opone “honestidad y fraternidad” como compromiso de gobierno. Poca cosa de lograr en solo un sexenio, en un país encumbrado en los índices mundiales de corrupción y con la convivencia desfigurada por la violencia. Aunque sí en la línea de las enormes expectativas de cambio que abrió su triunfo en las urnas y que hoy son la principal presión para dar resultados rápidamente. “No tengo derecho a fallar”, dijo.

Tanto en el discurso de toma de protesta como luego en el Zócalo, se recogieron muchas de las propuestas de campaña, la diferencia es que ahora fueron dichas por el Presidente del país. Su manera y tono también recordaron en muchos momentos al político opositor de las últimas tres décadas, especialmente cuando convirtió el acto en denuncia contra gobiernos anteriores por la corrupción, la Reforma Energética, el endeudamiento excesivo y, sobre todo, por convertir al Estado en “un comité al servicio de una minoría rapaz”, en alusión a su vieja idea de la “mafia del poder”.

Una ausencia en la oferta de “cambio profundo y radical” que dominó su discurso fue el llamado de reconciliación a un país polarizado por el propio discurso político y quebrado por la violencia. El ánimo de confrontación repercute en incertidumbre sobre el futuro, que ya desde la transición le han reclamado empresarios e inversionistas por decisiones como la cancelación del NAIM o por los recursos para financiar las promesas de política social sin déficit o endeudamiento. Si bien trató de enviar un mensaje para tranquilizar al poder económico, el careo y las imputaciones corren en sentido opuesto a la búsqueda de concordia.

En ese marco, es positivo que haya asegurado que, bajo ninguna circunstancia, se reelegiría, a fin de calmar los temores por la concentración de poder y la fragilidad de las instituciones formales. Sus compromisos de gobierno están claros, no así la forma de cumplirlos, pues un proyecto tan ambicioso como el cambio de régimen no puede confiarse al carisma y voluntad de un hombre.