COMPARTIR

50 total views, 1 views today

NÚMERO CERO/ EXCELSIOR

Con su mayoría parlamentaria, el nuevo gobierno entró con fuerza a impulsar una batería de reformas que revierten políticas centrales de sus antecesores en educación o salud, como prometía en campaña. Lo hace con urgencia de responder a la expectativa de cambio del hartazgo manifestado en las urnas y mostrar “músculo” para mover el estado de las cosas y enfrentar cotos e inercias institucionales. Pero la prisa, tono y el arrinconamiento de grupos de interés y otros poderes pueden deformar más que acelerar el proceso de la 4T. El presidente López Obrador trabaja en los linderos del viejo sistema de partidos que encalló en las elecciones y al que trata como modelo ya acabado con una frágil oposición, aunque sus propias fallas y las de Morena la resucitan. La falta de contrapesos le permite desplegar un mando fuerte sobre sus millones de votos y mayorías en el Congreso para plantear una reconducción de la vida política, anclada en el reforzamiento de la Presidencia y la presión de la consulta contra el poder de gobernadores o empresarios en proyectos como el NAIM.

Algunas de las reformas insignia de Peña Nieto, como la Educativa o el programa estrella del Seguro Popular en salud desde los gobiernos panistas, le duraron apenas unos quince días. En esas materias o en seguridad, incluso en la política energética, el sentido que siguen es centralizar la política pública y concentrar el poder en la federación, también en dirección opuesta a la descentralización hacia los estados de los últimos años. Algo fácil de vender en la opinión pública por la imagen de corrupción e ineficacia de los gobiernos estatales.

La 4T parte del diagnóstico del Estado “secuestrado” por grupos de interés y privilegios de “gobiernos ricos en un pueblo pobre”, que el poder público debe atacar como una especie de Robin Hood institucional para repartir riqueza, incluso antes de revertir el débil crecimiento de 2% como estima el presupuesto 2019, también a diferencia del modelo económico anterior. En esa lógica se inscribe la reforma a las remuneraciones de los servidores públicos y la exigencia al Poder Judicial de sumarse al plan de austeridad, así como también las confrontaciones con gobernadores que cargan con los mayores escándalos del mundo de la política. Los frentes abiertos con todos ellos y con parte del sector privado llevan el mensaje de cambio de las reglas de juego de la vieja clase política, aunque implique mayor enfrentamiento, violentar normas o subvalorar adversarios. Ahí la desconfianza y los riesgos de deformación.

El cambio institucional se produce con prisas y sin suficiente debate público, que incluso está distorsionado por la polarización entre aliados o adversarios. Las urnas recortaron la pluralidad política con el triunfo casi 2 a 1 de AMLO, pero eso no desaparece la diversidad de la sociedad, que tampoco cabe en dos bandos. El cambio, con base en su mayoría en el Congreso y en no pocas veces sin cuidado de los procedimientos legales o parlamentarios, tiene el alto costo de generar desconfianza, especialmente si se impone sin diálogo, consenso y negociación.

La vieja práctica del mayoriteo y acorralamiento de grupos de poder también ha activado a la alicaída oposición política, que trata de salir del batacazo de las urnas para hacer contrapeso al Ejecutivo y obligarlo a negociar, sobre todo, en cambios o nombramientos constitucionales, como el nuevo ministro de la Corte o el fiscal general. En el Congreso logró detener la aprobación automática de la iniciativa sobre el fuero constitucional y ante la Conago, que rectificara el papel de los superdelegados en seguridad pública en los estados. En unos cuantos días de gobierno, la agenda pública está abigarrada de conflictos y no son pocos los frentes abiertos por el Ejecutivo en su pretensión de sacudir al mundo de la política y diferenciarse de los gobiernos anteriores, pero sin ofrecer certidumbre y claridad del puerto donde quiere llevar su programa de reformas. De ahí, la falta de confianza que proyecta precisamente su mandato fuerte.