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La historia de Belisario Domínguez es realmente trágica a la manera mexicana. Un opositor político contra una tiranía golpista pretende conmover a la patria con un discurso telúrico el cual distribuye antes de su pronunciación, en previsión de una captura cuya realidad él ya había hecho posible.

Desafió a la maldad y la encontró de frente. Huerta lo mandó matar y Urrutia le cortó la lengua.

El discurso jamás fue pronunciado y sin embargo es la pieza oratoria más famosa de nuestra historia. Quizá sólo sea superada por aquella famosa e interminable de don Mariano Otero, quien en varias horas de improvisación jurídica y política, nos habló de las semejanzas y la unidad de la patria. Nunca fue realidad.

Por cierto, en la interminable espiral de las discusiones mexicanas jamás resueltas, vale la pena mencionar ahora a Don Mariano, quien ya hablaba del papel de las policías y el Ejército, en una polémica hasta ahora continuada por la intransigencia chantajista del Secretario de Seguridad Pública, Alfonso Durazo, quien ha dicho, la Guardia Nacional Militarizada, o nada. ¡Uy!, cuánto miedo.

Pero mejor tomemos estas líneas de Otero:

“…En esta situación el Ejército Nacional si tal pudo llamársele, no tuvo que atender ni a la guerra extranjera, ni a las conmociones intestinas. Ocupado en parte en nuestras fronteras lo que quedaba en el interior, no tenía más que las funciones de la policía, y esto es uno de los funestos legados que nos dejó el Gobierno español, pues que examinando con atención lo que después ha pasado observaremos cuán funesta ha sido a la paz de la República y a la conservación de la libertad ese sistema que reunió los deberes del ejército con las atribuciones de la policía…”

Pero en esto, como en muchas otras cosas Otero (1842) ya no tiene vigencia. Quien ahora tiene vigencia es Durazo.

La verdad estas líneas no tenían como propósito señalar cómo nos pasamos los siglos sin resolver las cosas, sino más bien reflexionar en cómo ser ha desvirtuado el ejemplo del senador chiapaneco Belisario Domínguez, pues el reconocimiento senatorial instituido en su memoria tuvo como finalidad premiar condiciones de entrega cívica o social con riesgo aun de la integridad personal; inicialmente fue una presea no al mérito profesional o el éxito, sino a la renunciación y el heroísmo, circunstancias bastante escasas en nuestros tiempos, por cierto.

Por eso se le ha conferido a políticos de diversa condición (Heberto Castillo y José Ángel Conchello, por ejemplo) o artistas como Rufino Tamayo o Jaime Sabines. De ninguna de estas personas, puestas aquí sólo como ejemplos al azar, vi jamás actos heroicos. Mucho menos del señor Bailleres o de Don Fidel Velásquez.

Ahora la medalla ha ido al pecho de Carlos Payán.

Se la iban a entregar “post mortem”, también, a Julio Scherer, pero su familia se rehusó a recibirla.

Carlos Payán ha sido un buen organizador.

Inexperto en el oficio profesional del diarismo, adquirido en “unomásuno”, a donde llegó por sugerencia y presentación de Porfirio Muñoz Ledo, logró con el tiempo un equipo cuyo desgajamiento dejó a ese diario en la inopia intelectual y permitió el surgimiento de “La jornada”, con un perfil de militancia definido. Payán mismo fue senador. Miguel Ángel Granados, consejero electoral y candidato al gobierno de Hidalgo. En fin.

Carlos Payán es un hombre cálido, sensible y muy talentoso. La medalla Belisario le viene bien porque corona una vida de éxito y provecho. Su labor en “La jornada” le dio solidez al diario. Carmen Lira le dio continuidad y desarrollo empresarial.

No veo, sin embargo, heroísmo alguno como no haya sido el desarrollo de una vocación, quizá tardía por el periodismo, con una resistencia espartana. Pero no le han dado un premio de diarismo. Se lo han dado –quienes piensan como él–, por una aportación ideológica a la prensa mexicana. Bienvenido sea, estemos o no de acuerdo con esa línea editorial. Pero no confundamos lo gordo con lo hinchado.

Y una última digresión:

Si los Scherer hubieran aceptado la presea para Don Julio, nuevamente habría aparecido en la escena el rastro de Muñoz Ledo.

Cuando Scherer hizo (antes de Proceso) la agencia de noticias CISA, no había ni siquiera un télex para el servicio. Cuando hubo uno, fue prestado por el Partido Revolucionario Institucional. Lo mandó Porfirio y lo instalamos en la calle Dinamarca, en un edificio prestado por José Pagés Llergo.