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NÚMERO CERO/ EXCELSIOR

El primer año del nuevo gobierno empieza con pugnas de discursos antagónicos de lo que podemos esperar de este 2019. Las visiones catastrofistas de sus detractores anticipan en cada error situaciones desastrosas del futuro inmediato, mientras que sus defensores anuncian casi un amanecer diario de cambios positivos al hilo de la acción política de conferencias cotidianas de López Obrador. Se impone una narrativa de esquizofrenia sobre la coyuntura, que no permite responder a la pregunta de fondo: hacia dónde va el país.

El Presidente tiene el control de la agenda del debate público. Cada mañana interactúa con los medios en Palacio Nacional y dirige la atención de temas que, sin embargo, suelen agotarse en el curso de la coyuntura. El micrófono presidencial concentra la voz del gobierno y como su propio vocero marca el paso de acontecimientos por venir que desaparecen con los anuncios del día siguiente. Pero la frecuencia de sus llamados a la acción diaria resta perspectiva de largo plazo a su proyecto de Cuarta Transformación y queda atrapado en el acontecer diario. Hablar por los codos no despeja interrogantes de un año que, inevitablemente, será complicado por un bajo crecimiento, la desaceleración económica mundial y la acumulación de mensajes ambiguos y/o señales encontradas de sus principales planes y proyectos.

El caso de la expedición militar para recuperar la gasolina de las manos del crimen y su impacto en el mercado de combustibles es ilustrativo. A finales de diciembre, López Obrador lanzó una cruzada contra el huachicol casi con esa fe ciega de desactivar este negocio ilícito con tan sólo el retiro de las indulgencias que habrían tenido sus antecesores. No hacerse de la vista gorda como Fox, Calderón o Peña Nieto y declarar la guerra a las mafias sería suficiente para desmontar el mayor comercio ilegal después del tráfico de drogas, aunque los métodos sean similares a los que ellos usaron contra el narco. El Gobierno Federal mandó operativos militares para tomar instalaciones de Pemex, pero su implementación no se detuvo en elementos operativos como la capacidad de Pemex para distribuirla en pipas y su conexión con el mercado de gasolina provocando un grave problema de desabasto.

La narrativa de la vida cotidiana como gesta para la transformación del país es atractiva para la comunicación de todo gobierno, sobre todo, cuando el fin es recuperar riquezas nacionales del robo del crimen como en este caso. Nadie duda del objetivo, sino de la posibilidad de lograrlo con el épico chistar de boca del “me canso ganso”, que convoca a acciones de cambio para deslindarse, todos los días en conferencia de prensa. Pero dar tareas diarias al país para construir lo que viene es un recurso de la acción política, no de los ritmos lentos y graduales de la reforma y la política pública que exige también cualquier transformación institucional efectiva.

La comunicación fluida y constante es un acierto para revertir el divorcio con la ciudadanía, pero hablar todos los días de los cambios que van a ocurrir no hace que la realidad cambie, y por el contrario, dejar entrever a la ciudadanía, altísimos costos de llegar a ellos sin la seguridad de obtenerlos con un plan de implementación correcto. Ése es, por ejemplo el precio a pagar por la atropellada cruzada contra el huachicol, que los detractores del gobierno amplifican para justificar la preocupación por otros proyectos como el Tren Maya sin plan ejecutivo o el costo de la austeridad para la eficiencia gubernamental.

Las respuestas, también, recaen en la magia del discurso, como si de nueva cuenta fuera suficiente para moldear la realidad y anticipar un futuro diferente. Respecto al desabasto, el gobierno pone el enfoque en el ahorro histórico en el robo de combustible sin explicar la forma de resolver el impacto de la cruzada, o al menos, sin que el discurso permee o se viralice como otras veces. Mientras la oposición sólo destaca la incompetencia del plan, aunque ni unos ni otros hayan realmente discutido y analizado la estrategia más allá de la guerra de discursos. Vemos como otras veces las hojas, pero no el bosque.