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NÚMERO CERO/ EXCELSIOR

*El voto contra la clase política y su victoria arrolladora son un fardo para la oposición y la generación de liderazgos

Las protestas de mujeres por el desmantelamiento de políticas públicas de género son el mayor frente abierto para López Obrador en sus primeros 100 dias de gobierno, aunque ninguna oposición ni mala decisión han afectado la mayor popularidad de un mandatario en tres décadas. Con el control de la mayoría en el Congreso y 19 legislaturas locales, su gobierno ha sorteado el bloqueo de una débil oposición política, pero tiene más dificultades para domeñar liderazgos sociales y sujetar a las alas más radicales de su coalición de poder. Los contrapesos institucionales han sido límites permeables a sus designios, no así el contexto social de un país que no cabe en un pensamiento único.

Los grandes inversionistas mantienen cautela ante su proyecto de 4T desde la cancelación del NAIM, expectantes, ahora, por el cuidado de la disciplina fiscal. Los mercados han castigado decisiones erráticas y vigilan cada uno de sus movimientos, como refleja el marcaje de las calificadoras a Petróleos Mexicanos o el riesgo de la deuda del país. Pero ninguna de estas zonas de contacto ha incidido en el bono de confianza que mantiene la población desde su triunfo el 1 de julio de 2018.

No obstante, su gobierno ha visto irrumpir dos frentes desde latitudes más difíciles de neutralizar con el estigma del viejo régimen. En efecto, el voto contra la clase política y su victoria arrolladora son un fardo para la oposición y la generación de liderazgos que no se identifiquen con la derrota electoral. El discurso de López Obrador de transformar de raíz la corrupción de la “partidocracia” le ha permitido desactivar críticas al explotar la grave crisis de desconfianza hacia los viejos partidos que sentenciaron las urnas. Y más aún, utilizar la concentración de poder en la presidencia para llamar a limpiar la corrupción de las instituciones y construir un proyecto político–electoral de largo plazo con la configuración de una nueva geografía de control territorial con su política social de entrega de dinero directo. Es la lógica de esta política la que lo enfrenta a la sociedad civil más allá de sus descalificaciones.

Pero el movimiento feminista y otros liderazgos sociales se cuecen aparte. Las primeras tienen una larga lucha de reivindicación de sus derechos y saben reclamar el avance de políticas públicas de género entre los 61 millones de mexicanas que no se reflejan en el genérico “pueblo” al que destina López Obrador dinero directamente a la gente. Su impulso a la democratización desde la vulnerabilidad y la exclusión inocula la descalificación de la corrupción, aunque ponga en duda su oposición al viejo régimen. ¿Cuántos escándalos relacionados con mujeres además de Rosario Robles?

El otro lado flaco son los sectores más radicales de su coalición y el riesgo de que rebasen a su gobierno con iniciativas disruptivas en temas sensibles para la economía, como las comisiones bancarias, la regulación de las calificadoras, e incluso temas de derechos de las mujeres como las posiciones antiaborto de la senadora Lilly Téllez. También las facturas de viejos aliados como la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), cuyos bloqueos en defensa de prerrogativas laborales son una amenaza para su gobierno.

Los primeros meses muestran a un presidente en campaña, no sólo para mantener su popularidad, sino con los ojos puestos en su proyecto político de nación de largo plazo.

La oposición ha frenado cambios constitucionales que puedan servir al activismo político con fines electorales del Presidente, por ejemplo, la consulta y revocación de mandato. Por ello, el temor a que su política social conduzca a la formación de clientelas electorales con la entrega directa de recursos, lo que ha causado cortocircuito con las políticas de género que canalizaban recursos para organizaciones civiles, como en las estancias infantiles o los refugios contra la violencia.

En efecto, los programas que afectan a las mujeres como las estancias, más allá de revires sobre corrupción, chocan con la estrategia de su política social. Ve pocos réditos políticos en esos programas, aunque su desaparición le ha abierto la mayor oposición hasta ahora para su gobierno: las mujeres.