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NÚMERO CERO/ EXCELSIOR

Los resultados de la economía no serán muy distintos con López Obrador respecto a los gobiernos “neoliberales”. Las expectativas son mediocres y recortan límites a sus promesas sociales. Podría conformarse con crecer poco y repartir otro poco, en ausencia de una reforma fiscal. También buscar revertir los mensajes inciertos de su 4T, aunque no hay señales de rectificación por su lectura política de la economía como teatro de resistencias y oposición a su proyecto.

Detrás de las bajas perspectivas de crecimiento, el presidente ve intereses “conservadores”, por ejemplo, en el retraimiento de la inversión o en el reclamo de falta de certidumbre de sus decisiones. Los pronósticos le sirven para confirmar que la 4T pasa por separar el poder político del económico, como si se tratara de la gesta juaristas de desligar Iglesia y Estado para que el país avance. Ve la economía como terreno de sus enemigos y foco de presión de una “minoría rapaz” por mantener privilegios con las reformas o corrupción en la cancelación del NAIM, como corrigió a Jiménez Espriú.

Pero el hecho es que la meta oficial de crecimiento de 4% al cierre del sexenio se esfuma con la revisión a la baja del FMI para 2019 y el próximo año. La percepción interna comienza también a resentir la reducción de expectativas como indica la caída de la confianza del consumidor en febrero al nivel más bajo del nuevo gobierno, en línea con el comportamiento de las principales variables económicas.

A pesar de datos y pronósticos económicos, el Presidente prefiere apagar controles de vuelo y mantener la ruta conforme a su parecer o dictado, como si se trataran sólo de presiones de adversarios contra su proyecto. Se van a equivocar, desestima a calificadoras y organismos internacionales, como si sólo fuera propaganda enemiga. Tampoco se contiene en desautorizar a su equipo si pone en duda la viabilidad de alguna de sus promesas. Pareciera querer decirles que sólo él va al mando y le bastan sus datos para llevar la nave al puerto.

El recurso de desacreditar a sus funcionarios genera incertidumbre. El desmentido al subsecretario de Hacienda, Arturo Herrera, sobre revivir la tenencia federal para los automóviles debilita la confianza en la política económica y en las condiciones fiscales para el gasto social. Ya antes lo había desautorizado cuando dijo que se postergaría el proyecto de la refinería de Dos Bocas, sin conjurar las críticas.

Hacienda ha tomado la difícil postura de mantener prendidos los focos del tablero para impedir mayor desconfianza de inversores. Su posición es complicada dado que las contradicciones con el Ejecutivo también dejan confusión, pero conocen los estragos de la incredulidad en las decisiones de política económica como dejó la cancelación del NAIM o los planes para rescatar a Pemex.

El bosque que no ve Hacienda es que el Presidente considera a la economía como un teatro de batalla con sus detractores. Si las críticas conducen a estar con los oponentes, los malos datos económicos son tantos para entorpecer su proyecto. La guerra está en la economía, a tal punto que puede dar trato de adversarios a su equipo si sus opiniones contradicen sus promesas. Considera las reticencias de inversionistas o las exigencias del empresariado como resistencias a su mandato por considerarlos un flanco de presión que no puede controlar. Igual consideración le merecen los pronósticos de organismos internacionales y mercados, que mira como principales amenazas a su popularidad sin detenerse en el impacto de sus decisiones políticas sobre la economía. Ahí su obsesión por los conservadores.