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Cualquiera en un momento determinado, puede convertirse en una más de miles de personas que se alejan de su lugar de origen para ir al encuentro de una mejor vida para ellos y sus familias.

Lo hemos visto a través del tiempo, donde eran contratados compatriotas nuestros para realizar tareas específicas en el vecino país del norte, Estados Unidos.

Al concluir los contratos regresaban al hogar, con sus familias, así fue, durante décadas. Con el tiempo, algunos tuvieron la oportunidad de arreglar sus documentos que les permitieran permanecer legalmente en la Unión Americana.

Sin entrar en detalles, lo que se está dando actualmente en cuestión de migración, resulta verdaderamente alarmante. No son nuestros compatriotas los que hoy se están yendo, no, estamos observando una población de diversas nacionalidades que buscan cruzar nuestro país vecino del norte.

Alarmante sí, porque no hay un control real de quien entra, cómo y por qué entran. Hay razones, por supuesto que debe haberlas, más no son precisamente las que mencionan. Al menos, yo no lo creo.

¿Cuánto cree usted que una persona aporta a los bolsillos de los llamados “polleros”, “pateros”, “coyotes”o el nombre que reciban quienes manipulan grupos de indocumentados?

Sumando y multiplicando, seguramente significa una fortuna.

Ahora pregúntense ¿Qué beneficio nos ofrece a nosotros, los mexicanos, la llegada de un gran número de personas a nuestro país? Nada o quizá muy poco.

Sí comparamos beneficios con perjuicios, la respuesta es obvia; tenemos más pérdidas que ganancias.

Dicen huir de la pobreza, de la violencia en su país de origen. Nos condolemos al verlos llegar sin nada, con niños, con bebés en brazos y algunas mujeres, embarazadas.

¿Cómo les pagan a los traficantes? No nos engañemos, para los delincuentes que trafican con humanos, lo que menos les importa es la persona. Lo que ellos quieren es dinero y no los traen para ver “si logran pasar”; vienen engañados y por supuesto con una cuota de por medio.

Esa es la forma de esclavitud que hoy se vive, y hasta cierto punto se propicia y se tolera.

Lo sucedido recientemente en el sur de la frontera México-Guatemala donde un grupo numeroso de individuos, integrantes de la caravana que se dirige a la frontera norte ingresaron por la fuerza, constituye un acto de provocación a las autoridades y falta de respeto a las leyes de un país que no es el suyo. La consigna o amenaza de “vamos a entrar como sea” es un llamado a las autoridades para que actúen ya conforme a derecho.

Que se dejen ya de “apapachar” a provocadores que actúan como delincuentes. México no les importa a ellos; solo les interesa como recurso para lograr un objetivo.

Permítame poner un ejemplo muy simple y sencillo: Si vemos a una o más personas romper la seguridad de nuestro hogar, destruyendo el portón para introducirse por la fuerza a nuestra propiedad so pretexto de pasar a la casa del vecino ¿es correcto? ¿nos aguantamos? ¿tenemos que soportar a quienes se atreven a violentar nuestra tranquilidad? ¡por supuesto que no!

Porque alguien que se atreve a entrar a una propiedad con cualquier tipo de violencia no es bienvenido en ningún lado y debe ser amonestado sin que le tiemble la mano a las autoridades.

Pues bien, México es nuestro hogar, nuestra casa común y tenemos el deber de defenderlo. Quienes invadieron nuestro territorio, sin esperar autorización para ingresar deberían ser detenidos y regresados a su país, lo mismo quien falsifique documentos y quien los acepte. No queremos más delincuencia.

¡Pobre México! Como si no tuviera sus propios problemas que resolver, ahora atrapado en el desorden de la migración.