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NÚMERO CERO/ EXCELSIOR

El pretendido desdén de Trump hacia México porque EU no lo necesita es realidad alternativa, y lo sabe. Tanto como la exaltación nacionalista para responder a la agresión comercial mientras se acumulan frentes abiertos en la economía mexicana o en la migración. A pesar de las asimetrías, la situación de ambos gobiernos es algo parecido a la codependencia de pareja por necesidades internas como la reelección para Trump y evitar barruntos de recesión respecto a López Obrador. Ambos están obligados, para ayudarse, a ejecutar algo como la crisis de aranceles y sobreactuar la respuesta política a una guerra comercial ficticia.

“Todo el mundo muy emocionado por el nuevo acuerdo con México”, dijo Trump para agradecer a López Obrador, como si le sirviera de pistoletazo hacia la reelección. A su vez, el mitin por la dignidad en Tijuana cambió a performance de celebración por el acuerdo y reafirmación de amistad. Los migrantes no fueron al festejo, en efecto, los sacrificados.

Trump y AMLO destacan por su percepción de los tiempos políticos y son duros negociadores, aunque a las conversaciones en Washington difícilmente pueden calificarse como una negociación. Trump usó esa palabrita mágica del arancel que ha desenterrado para obligar a cambiar los términos del comercio con otros países, y en este caso, como manotazo para que México deponga su política migratoria de brazos abiertos. Pero con el cuidado de que la escaramuza ni abriese confrontación, ni conculcase los votos de colaboración, amor y paz de sus gobiernos.

También cuentan con expertise para estirar la liga, aunque tampoco comen lumbre. El triunfo de Trump en clave de la preocupación electoral de la migración obliga a México a reforzar el control de la frontera sur con la Guardia Nacional, aunque ya lo hacía, sin mayor riesgo para su economía. Cerca de la mitad de los estados habrían acusado el impacto del alza de 5% arancelarias a las exportaciones mexicanas, desde automóviles, alimentos y compañías de energía. Y aunque Trump pudiera justificar una “guerra comercial” con cifras alarmantes del crecimiento de migrantes (144,000 detenciones en mayo), las tarifas habrían golpeado a los consumidores. Las críticas a su plan entre políticos y empresarios de su país lo tenían entrampado.

López Obrador nunca consideró realmente un escenario de sanciones espejo en caso de entrar las tarifas y siempre se manifestó confiado en un acuerdo, como si supiera que la mejor ayuda a su política interior es el aislacionismo y pragmatismo de Trump. Nunca consideró repeler el castigo de esa mezcla tóxica de comercio y migración –como lamentó– que finalmente le hace ceder a la opción de recibir las peticiones de asilo de los centroamericanos, al menos de los guatemaltecos, antes de llegar a Estados Unidos. Aunque el tercer país seguro de facto abre una nueva crisis para la Comar, es menos dañino que el precipicio de los aranceles sobre una economía que se desliza a la recesión y las notas de las calificadoras de deuda sobre México y Pemex en contra.

Pero el nuevo acuerdo deja una bomba de tiempo en la frontera sur, donde las solicitudes de migración tan sólo en los primeros cinco meses de 2019 se elevaron casi 300% respecto al mismo periodo del año anterior. En la Comar los tiempos de respuesta a las solicitudes se alargan más de un año cuando la ley establece 45 días y esa lentitud es dinamita si se cuenta que en lo que va del año hay 24,424 solicitudes de centroamericanos con estancias prolongadas en México, cuando en todo el año pasado sumaron 29,593 registros.

Ante ello, López Obrador necesitó una respuesta política para zanjar la pugna migratoria sin reconocer la capitulación y las decisiones o inacciones que llevaron a ella. El acto de adhesión contra la amenaza externa, sin embargo, no alcanzó para sumar a toda la oposición y empresarios porque, en el fondo, no la creyeron necesaria. Y más bien vieron que se trataba de las agendas presidenciales más que la de sus países.