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Ya se ha escrito y opinado mucho sobre el acuerdo que México ha concluido con los Estados Unidos. Quiero aclarar que este “acuerdo”, no tiene ninguna característica de tratado internacional vinculatorio para ninguna de las dos partes, ya que no reviste de ninguna formalidad sancionada por las leyes de ninguno de nuestros países, sino que es un mero entendimiento entre los dos poderes ejecutivos de nuestros respectivos países, ante la amenaza del ejecutivo de Estados Unidos, representado por el presidente Trump, de violar su propia ley y el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, aduciendo un supuesto privilegio que le da la ley estadounidense, por una supuesta situación de emergencia que supuestamente pone en peligro la seguridad nacional de los Estados Unidos.

Todos sabemos que el presidente Trump iniciará en este mes una etapa álgida para su campaña de reelección, que por cierto oficialmente inició desde principios de año, ya que notificó a las autoridades electorales estadounidense su intención de iniciar la campaña de reelección.

Es del conocimiento generalizado que la amenaza de Trump de imponer ilegalmente aranceles a las importaciones de productos mexicanos hacia los Estados Unidos no es más que una estratagema electorera de Trump para congraciarse con sus seguidores cuello rojo, aduciendo la historia exitosa de que México es el causante de todos sus males.

Así las cosas, el gobierno de López Obrador, ni tardo ni perezoso, mandó al canciller , a la Secretaria de Economía y a una basta delegación de altos funcionarios a “negociar” con el gobierno de Trump compromisos de México para que Trump no nos impusiera dichos aranceles, resultando, lo que todos sabemos, que Trump retiró su amenaza “de forma indefinida”, ya que México se comprometió, básicamente, a hacer cumplir sus propias leyes, a mandar a la Guardia Nacional a resguardar la Frontera Sur, y a convertir a nuestra Frontera Norte en una sala de espera para los migrantes que pidan asilo a los Estados Unidos, mientras sus solicitudes sean procesadas, y a recibir a los rechazados de las peticiones de asilo.

Dicho lo anterior, que hubiera pasado si:

• México se hubiera esperado a mandar una delegación a Washington, sino que únicamente se hubiera limitado a mandar llamar al embajador de EEUU para expresarle su preocupación de que Trump no esté dando cumplimiento con los términos del TLCAN.
• México hubiese convocado a las empresas estadounidenses que manufacturan en México y exportan a los EEUU para mencionarles que presionen a sus legisladores y gobernadores a evitar la violación del TLCAN por parte del presidente Trump.
• México hubiese manifestado su intención de imponer aranceles a los productos más sensibles para los productores estadounidenses, que dañasen más a los mismos con impactos menores a los importadores y consumidores mexicanos.
• México hubiera manifestado abiertamente que su política migratoria sería reforzada, para registrar a los migrantes del sur, resguardando fuertemente su Frontera Sur, e iniciar una política de cero tolerancia para las personas que deseen ingresar al país para solicitar asilo a los EEUU, impidiéndoles su ingreso a México a menos de que exhiban sus documentos de asilo hacia EEUU, en cuyo caso, darles sus visas de transmigrantes, o bien, a los que soliciten asilo a México, otorgarles dicho estado, si lo ameritan.

Pero, como todos ya sabemos, México cedió por completo a la extorción de Trump, y no me refiero a que tengamos que cumplir con nuestras leyes, sino a que tengamos que albergar, alimentar y mantener a los migrantes mientras esperan el asilo, y encargarnos de los rechazados, ya sea para que permanezcan en México o para deportarlos a sus países. Pero, sobre todo, le abrimos las puertas a Trump para extorciones futuras, que pueden ir desde la imposición de aranceles, cierres totales o parciales de fronteras, imposición de impuestos a las remesas que recibimos de los mexicanos residentes en EEUU, bloqueo de las mismas y hasta una invasión militar.

La postura de México nos ha expuesto a la ira, a las ocurrencias y al mal humor de una persona desquiciada como Trump, que lo único que le importa es su ego y salirse con la suya.

Si se hubieran adoptado las medidas que expresé arriba, quizás nos hubiera ido mal por un tiempo, pero hubiéramos hecho hincapié del viejo adagio romano: pacta sunt servanda, que significa que los “acuerdos se tienen que cumplir”, principio sobre el cual los tratados internacionales y los acuerdos rigen una relación civilizada.

Al romper Trump con este principio, y México al doblegarse ante una amenaza, literalmente echa abajo los principios base de los tratados internacionales que México tiene con los Estados Unidos. Esto es sumamente grave, pero si hubiéramos defendido el principio, ¿cuáles hubieran sido las consecuencias? No lo sabemos, porque “el hubiera no existe”.