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Nos hemos dado cuenta del comportamiento inadecuado de personas que acuden a eventos oficiales y lanzan consignas a gobernadores, alcaldes y funcionarios que pertenecen a otros partidos.

Pero el trato que se le dio al gobernador de Durango, José Rosas Aispuro durante la gira del presidente López Obrador, resulta verdaderamente inaceptable.

No es casualidad lo que estamos viviendo; no es casualidad que en cada visita de AMLO se presenten y abucheen, no permiten que digan su mensaje el gobernante estatal o el funcionario designado.

¡Por supuesto que no son casualidades! Y tampoco es aceptable. Esos individuos muestran el cobre con su comportamiento inapropiado.

Estaría bien decirlo ¿Qué se puede esperar cuando quien gobierna, polariza? ¿Acaso no comprende el presidente que la campaña electoral ya terminó? ¿Qué a partir de salir triunfador en las elecciones, debe gobernar para todos los mexicanos, no para su partido?

Me es difícil creer que el rencor, el protagonismo y vaya usted a saber qué más esté influyendo en la mente del presidente; qué a mi modo de ver, no está gobernando. Sino que continúa polarizando con sus palabras, con sus argumentos deprimentes y su actuación que se asemeja a un activista más no a un político que se supone ya gobierna.

¿Ese es el pueblo sabio? ¿El que lo acompaña a cada entidad federativa con el propósito de obstaculizar proyectos? ¿El que decide levantando su “manita” sin razonamiento alguno? ¡vaya sabiduría!

¿Qué nos podemos esperar de quien siempre ha despreciado a las instituciones?

Por eso he escrito y hoy lo repito, yo no creo en quien manda al diablo a las instituciones, las que fueron creadas con un fin determinado. No son las instituciones las que han fallado sino quienes se han apoderado de ellas. Y no son todos, de eso estoy seguro.

Como no son los partidos políticos los que han decepcionado al pueblo sino ciertos hombres y mujeres. Esos que un día se beneficiaron dentro de determinado instituto político y que hoy ingresan a otro, creyendo que serán mejores, traicionando sus propios principios.

No nos engañemos, la destrucción de instituciones equivale a pretender adueñarse del poder absoluto, en una descarada maniobra de oportunismo político. ¿Cómo? Culpando a los que se fueron, de todos los males. ¿Con que fin? Para eliminar a sus adversarios (no enemigos) e implementar un autoritarismo.

¡Por favor! No diga usted que no lo está viendo venir.

Lo sucedido recientemente en Durango, no me agradó para nada; es una escena más que se ha repetido cuando llega el presidente: no dejar hablar al gobernador y lanzarle abucheos.

¡Qué bueno! Que respondió el gobernador Rosas Aispuro como lo hizo. Hay que tomar en consideración que la tolerancia tiene un límite. ¿Cómo respetar a quien no respeta?

El gobernador de Coahuila, Miguel Riquelme también ha respondido y con justificada razón ha dicho: “por Coahuila aguantamos, pero tenemos un límite y también merecemos respeto”.

Por supuesto que sí. Todo tiene un límite y lo que se ha venido viendo no es nada benéfico
Para la democracia del país. Quien le apuesta a destruir los proyectos de otros gobiernos. Solo porque pertenecen a otra corriente política, está muy mal.

Ni todo lo bueno está de un lado, ni todo lo malo está de otro. Lamentablemente hoy se percibe un ambiente hostil hacia los que no pertenecen a un determinado círculo.

No se han detenido a pesar que van de error tras error, con pérdidas millonarias para el país. ¿Hacia dónde vamos? Nos preguntamos con frecuencia y no parece haber respuesta.

La avalancha de migrantes que equivale a una auténtica invasión ha rebasado a las autoridades y puestos en riesgo la seguridad de todos los ciudadanos. Los migrantes no piden, exigen, fundamentando derechos en un país que no es el suyo. ¿Por qué no lo hacen en su país de origen?

México no puede ni debe creer que va a resolver los problemas ajenos. Primero tiene que resolver los que aquejan al país. Ante todo, los asuntos de seguridad para dar certeza a los ciudadanos.

México siempre ha sido un país respetuoso y tolerante; pero hay que tener presente que todo tiene un límite.