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NÚMERO CERO/ EXCELSIOR

Arropado por 30 millones de votos, el Presidente camina en solitario el ejercicio del mando fuerte que recibió de las urnas. En sus primeros 7 meses en Palacio Nacional, AMLO parece hacerlo todo él mismo como figura omnipresente de la vida pública y un personal estilo de gobernar que despierta temor por una regresión autoritaria en un país que, hace mucho, ni depende de un indispensable ni cabe en un membrete. Pero también se ve como un hombre solo sin el apoyo de un gabinete con el que comparta el guion de su gobierno y reciba ayuda para corregir fallas u omisiones estratégicas que pueden frenar el alcance de la 4T.

El examen de su primer tramo es espulgar una intrincada maraña de justificaciones de los problemas por la pesada y grave herencia del pasado; y las nostalgias de quienes quisieran regresar a una época anterior sin reparar en el repudio que expresó la elección presidencial. El voto de castigo contra la clase política aún juega a su favor y de su promesa de cambio de régimen, aunque hasta ahora no concrete un nuevo modelo de ejercicio del poder más allá de dudosos ejercicios de democracia directa como el que blandió contra el NAIM o para el Tren Maya. Más bien, refuerza el poder de decisión de un presidencialismo debilitado por el empobrecimiento de la economía, desigualdad y corrupción de los últimos tres lustros.

En la valoración también interfiere la polarización del mensaje presidencial, que profundiza la división de una sociedad de por sí desigual y fragmentada por la violencia, y a la que aleja de la pacificación y la reconciliación que prometió, aún sin cumplir, desde la campaña. La acción de polarizarse le impide sumar, como advierte el diputado Pedro Carrizales, El Mijis, y cercanos como Ricardo Monreal también sobre la falta de acompañamiento de gabinete y su larguísima curva de aprendizaje. El Presidente no comparte el script de su gobierno y proyecta incertidumbre entre empresarios e inversionistas, tanto como entre su propio equipo, pendiente de recibir instrucciones desde la mañanera o a través de informes como el de mañana en el zócalo a un año del triunfo.

En sus primeros 7 meses ha puesto el foco en el eje político y social, que visibiliza como pocas veces antes la dimensión de la pobreza y exclusión en el país. López Obrador ha puesto a los pobres en el centro, pero comete errores que ponen en riesgo las políticas de bienestar. Deja de lado la economía por creer asegurada su marcha con mantener finanzas públicas sanas. Sobredimensiona el recorte del gasto público por una mala planeación y menosprecia el impacto en la operación gubernamental y en la precarización del empleo. Tampoco esperaba la presión migratoria de Trump y creyó poder ganar tiempo con la firma del T-MEC. Desde distintos frentes advierten de los riesgos de brincar la legalidad, como la cúpula empresarial con el litigio del gasoducto de TransCanada con la CFE, o parcializar la justicia con coberturas de impunidad para el gobierno anterior como en Odebrecht y el caso Lozoya.

Pero en el aniversario de la victoria crecen las voces que piden rectificación, aunque podrían ser bateadas en su informe con la bola rápida de “las otras cifras”. Al menos en el discurso, que con frecuencia no coincide con sus acciones, como la guerra declarativa contra la corrupción sin responsables o la inacción en la investigación de crímenes de lesa humanidad como Ayotzinapa. Sin duda, dos de sus mayores pendientes.

El gobernante en streaming, sin embargo, tampoco come lumbre como mostró la capitulación con Trump para evitar la sanción arancelaria a pesar del alto costo que pagará su imagen. El problema entonces es el cauce para transmitir el mensaje de corrección y evitar que la complejidad del país lo lleve a replegarse sobre sí mismo, más allá de los límites que imponen las instituciones y la opinión pública. El desgaste del “bono democrático” y la baja en su aprobación, aunque mantenga altos niveles de popularidad, pueden ser el conducto descubierto o la acequia por donde corran las voces que lleguen a sus oídos.