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La PF creció al amparo de gobiernos panistas, sobre todo, el de Calderón en la guerra contra el narco

NÚMERO CERO/ EXCELSIOR

La vida de las reformas en el país, desde la seguridad hasta la justicia, es como la de las frutas que se marchitan antes de caer del árbol. Sin tiempo para madurar, se desprenden un gobierno tras otro en vidas efímeras como la PF y fracasos de políticas como la reforma penal. En tiempos de la 4T, la ruptura con el pasado es mayor por el propósito confesado de querer hacer tabla rasa para superar el “régimen corrupto y despiadado”. El emplazamiento obliga a los viejos responsables a salir a la defensa, pero en ausencia de apoyo de la oposición, sus voces se prestan a corroborar la condena con que se quiere justificar ahora la nueva transformación.

A diferencia de las formas presidenciales de otras demoliciones, el expresidente Calderón salió en defensa de la PF que creció al amparo de gobiernos panistas y especialmente el suyo en la guerra contra el narco. La descalificación oficial a esta corporación como una policía “echada a perder” sin mayor replica de la oposición, no le dejó opción o representó la oportunidad para ocupar el vacío opositor ante las protestas de los policías hacia la GN. La promesa de cambio de régimen que reitera el Presidente sacude viejas prácticas, como el silencio de expresidentes, aludidos todos los días como responsables de la “putrefacción” institucional, particularmente los panistas, aunque los partidos de oposición parecen no escuchar. En su caso, no son dueños sino rehenes de sus silencios por sus complicidades con casos como Odebrecht o Fertinal.

En medio de la parálisis de sus opositores, el Presidente avanza rápido en sus reformas a cuenta del juicio sumario a los gobiernos del PAN y del PRI sin contrapesos políticos, ni fuerza que rebata la útil condena al pasado que pavimenta su marcha. La confrontación interna que dividió al PAN inhabilita hoy la defensa de sus gobiernos, de los que prefieren distanciarse aunque carguen el estigma del pasado. El resto de la oposición guarda silencio o avala tácitamente la descalificación como en las recomendaciones de Calderón sobre la PF por el fracaso de su política de seguridad que dejó al país en un baño de sangre. Ningún partido la defiende.

Tampoco el PRI está dispuesto a rebatir la condena, por ejemplo, al gobierno de EPN en seguridad o justicia, incluso a proteger acusados por corrupción como Lozoya. Ha sido el exdirector de Pemex el que involucra a su anterior jefe, EPN, y a su secretario de Hacienda, Luis Videgaray, en la estrategia de su defensa. Los priistas poco han dicho de las denuncias de corrupción en la PF en el periodo de Osorio Chong en Segob con el caso de la compra de equipo de inteligencia “Rafael” a sobreprecio en 2015.

Tampoco han sido capaces de defender las reformas estructurales ahora congeladas, como la Energética, o la parálisis de los juicios orales, mientras el gobierno las relega en los hechos con una nueva estrategia de rescate petrolero con recursos públicos o desestima su eficacia como en la reforma penal de Calderón y Econ la condena de no haber impedido que la imagen del país sea de absoluta impunidad.

La división interna y culpas del pasado desactivan a la oposición, lenta y torpe, como el que carga un pesado fardo del pasado. El gobierno tiene tomada esa medida y apunta al pasado cada vez que necesita responsabilizar a alguien de conflictos como el de la PF o cubrir su impotencia para controlar el delito por la herencia de corrupción y fallas en la seguridad aunque profundice la estrategia de militarizar la seguridad. Ni siquiera la negación del regreso de los militares a los cuarteles les ha servido para sacudirse las derrotas del pasado o cuestionar las fallas de la estrategia de la GN al avalar las contradicciones de su diseño institucional.

El mejor aliado de la promesa de transformación de la vida pública y de todo lo que ahí quepa, paradójicamente, el sentimiento de culpa de la oposición y la cuentas que nunca se atrevió a rendir de abusos y complicidades en el poder.