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NÚMERO CERO/ EXCELSIOR

La concentración de poder en la Presidencia hace crujir el proyecto de la 4T, y no sólo por el rechinar de los cambios, sino también por las formas de ejercerlo. Los problemas que denuncia Carlos Urzúa en su dimisión desnudan el manejo sin suficiente sustento de políticas públicas desde Palacio Nacional. Su salida juega con el crédito interno y externo del país encomendado a la secretaría a su cargo, sobre todo porque acusa que la economía ha vuelto a la órbita de la política en el equipo presidencial.

La renuncia de Urzúa era previsible por sus diferendos con el Presidente y miembros del gabinete en la cancelación del NAIM, la refinería de Dos Bocas y, como ahora sabemos, en los impactos de la austeridad sin validación en la realidad. Pero sacude al gobierno porque revela los mayores riesgos internos que pueden hacerlo naufragar, junto con el castigo externo que pueda venir al plan de negocios de Pemex, a la calificación de la deuda y desaceleración mundial. Urzúa fue el artífice de la renegociación de la deuda de Pemex y arquitecto de la política de austeridad, que trató de ajustar con la realidad de la economía del país, a pesar de la falta de planeación de los recortes. Precisamente, advierte de peligros en el proceso de toma de decisiones sin bases en los hechos y, derivado de ello, que sean producto de imposiciones o pugnas de posiciones radicalizadas al interior del gobierno. Sus dardos fueron para el jefe del gabinete presidencial, Alfonso Romo; Margarita Ríos-Farjat, del SAT, y al propio Presidente. Hay otros con los que también chocó, como acusara Germán Martínez en su renuncia al IMSS por la intervención de Hacienda. Sus apoyos al interior del gobierno eran sin duda precarios y muchas sus desavenencias por el férreo control presupuestal y anticorrupción. Pero, sobre todo, la renuncia es el mayor revés al estilo de gobernar de López Obrador, quien difícilmente acepta un “no se puede” como respuesta de subordinados sin “convencerlos” de ajustarse a los designios del proyecto. Prueba de ello, como él mismo revelara, fue la presentación de dos documentos del PND, uno de Hacienda y otro de su equipo, por considerar al primero cerca del continuismo neoliberal. Aunque hubo “muchas discrepancias en materia económica” —Urzúa dixit—, su renuncia agrava la incertidumbre sobre la economía, no sólo por su inconformidad, sino también por acusar subordinación a criterios políticos capaces de desafiar realidades económicas.

Ante ello, el Presidente transparentó sus razones para aceptar la partida de un hombre que lo acompañó casi dos décadas desde la Secretaría de Finanzas de la CDMX. Pero sin acusar recibo de los problemas que reclama. Para muestra un botón, su confianza en convencer a su sucesor, Arturo Herrera, en caso de discrepar sobre la política económica. Aunque goza de prestigio en las finanzas internacionales y fue bien recibido por los mercados, Herrera ha sido desautorizado públicamente por declaraciones sobre la construcción de Dos Bocas o el regreso de la tenencia. ¿Lo escuchará ahora, podrá Herrera convencerlo de sus posiciones?

Tan preocupantes como las razones de su renuncia, las reacciones desde las filas de la 4T y del Presidente por evadir la autocrítica y acudir como en otros casos a la descalificación. Atribuyó la dimisión a “incomprensión, dudas y titubeos” con el modelo neoliberal. Mientras que otros, desde Morena, la acotaron a un asunto personal como la incapacidad a adaptarse al proyecto económico de López Obrador.

Si nadie acusó recibo de los factores que obligaron a la salida de Urzúa, más difícil pensar que puedan corregirse o desaparezcan con el nombramiento del nuevo secretario, a pesar de que se acompañan de la creciente incertidumbre respecto al manejo de la economía. El mensaje a la renuncia más bien pareció dedicado a advertir el destino que corren los que conserven el olor o el modo de andar de las ideas de los últimos 36 años que el Presidente quiere borrar de la faz de la 4T.