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Hay personas que pretenden justificar su enojo, coraje y frustración, promoviendo y causando destrozos a su paso, que constituye una violencia a los derechos de terceros.

Eso es lo que ha pasado en cada manifestación que se realiza en el país. Aunque de sobra sabemos que la manifestación de ideas con desorden no solo corresponde al hartazgo de quienes se organizan, sino a las actitudes de desprecio a las autoridades y la falta de respeto a las instituciones.

Las marchas y plantones no iniciaron hoy; estamos conscientes que se han incrementado porque no ha habido autoridad alguna que ponga orden. No se atreven a tocar a quienes promueven el desorden.

No se atreven por una sencilla razón: no desean verse en actitud de represores.

No desean poner orden porque quienes hoy están en el gobierno, un día salieron a las calles y apoyaron marchas y plantones, provocando un caos en las calles de la hoy Ciudad de México. No hemos olvidado y los capitalinos tampoco quienes fueron los que hicieron de la avenida Paseo de la Reforma, su lugar de manifestaciones y de desorden.

Mienten al decir que todo lo hacían en forma pacífica ya que, desde el momento de realizar pintas, de bloquear calles, se convierte en agresión contra los ciudadanos. ¿Cuántas pérdidas económicas ocasionaron a comerciantes que tenían que cerrar sus negocios? ¿Cuántos daños causaron a edificios públicos?

Existen leyes que indiscutiblemente hay que aplicar; sin embargo, es algo que no se ha hecho. Por lo tanto, al permitirse el desorden en las calles, se va cayendo en una anarquía donde nadie respeta nada ni a nadie. Todo lo quieren justificar con “es nuestro derecho” olvidando que los demás también tienen derechos.

Así como libre tránsito no quiere decir entrar como “Pedro por su casa” a un país o a un edificio; ser activista no significa tomar las calles y ocasionar destrozos.

Los habitantes de la Ciudad de México han tenido que soportar toda clase de agresiones causada por personas inconformes que salen a las calles a manifestar su inconformidad por lo que sea.

Cómo no recordar los “plantones” de maestros disidentes, concentrados en un punto fijo: el monumento a la Revolución. Además del pésimo espectáculo que han ofrecido, han dado muestra de que los niños, a quienes se debe educar, poco les importa. Los han dejado sin clases sin que haya un castigo ejemplar para quienes se alejan de las aulas para exigir se cumplan sus peticiones.

Así, hemos observado cómo se van incrementando las marchas, plantones por lo que se quiera. Aunque hay que agregar que ha ido en aumento la agresión.

Esas actitudes de ninguna manera se justifican.

Recientemente, un grupo inconforme con las agresiones que han sufrido algunas mujeres salieron a las calles, gritando consignas. No obstante, no quedó solo en manifestar su indignación por lo que está sucediendo, sino que fueron más allá. Llegaron a la agresión, verbal, física lo cual representa un retroceso en cualquier relación.

La participación de esas mujeres que fueron agredidas o bien, fueron a apoyar a sus compañeras, mostraron un comportamiento agresivo que no se puede aplaudir.

¿Por qué lanzar diamantina a un funcionario que las estaba atendiendo? ¿Por qué las pintas a edificios públicos y propiedades privadas? ¿Por qué causar destrozos en oficinas públicas rompiendo cristales? ¿Por qué dañar monumentos como el Ángel de las Independencia? La brutal agresión a un reportero ¿se justifica?

¡Ah! Pero afirman que su participación en las calles es pacífica, por lo que continuarán con todas las manifestaciones como hasta ahora. Aunque sean legítimas sus demandas, la violencia de ninguna manera es aceptable.

¿Las autoridades? ¿Hay autoridades? Se amparan con un “no habrá represión” “no somos un gobierno represor”. Justificación por demás absurda, porque aplicar la ley no significa reprimir sino actuar conforme a derecho. Al no actuar están beneficiando a unos y perjudicando a la gran mayoría, a los ciudadanos y su patrimonio.

No entiendo una paz con violencia; porque lo que están haciendo es agresión, es violencia, es falta de respeto, algo que por supuesto, no se justifica.