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NÚMERO CERO/ EXCELSIOR

La renuncia de Medina Mora como ministro de la Corte y la publicación de la lista de personajes públicos beneficiados por el SAT rompieron esta semana la normalidad y dieron una sacudida al mundo político. Sacaron de su estado natural los escándalos de corrupción entre máximas autoridades del Estado. Abrieron la opacidad y las complicidades que sirven de regla para reproducirse. Se desajustan normas fijadas de antemano para asegurar privilegios e impunidad. Traspasaron el coto, el límite y los términos que en los últimos gobiernos han servido a la protección y salvaguarda del grupo en el poder político y económico como un estado de cosas habitual y ordinario de la cosa pública.

Las dos jugadas del gobierno de la 4T son un par de tantos, si la partida es alcanzar un país de reglas iguales para todos y no de excepciones. Si el objetivo es precisamente atacar la excepcionalidad que acabó por convertirse en normalidad en el ejercicio del poder o en la construcción de paraísos fiscales para el 1% de la élite (7, 900 nombres) en los últimos tres gobiernos. Por lo pronto, para interpretar el mensaje hay que partir de que fue López Obrador –según dijo— quien ordenó a la UIF denunciar a la Fiscalía las transferencias sospechosas a cuentas de Medina Mora y presumiblemente aceptar “soltar” los nombres de los “consentidos” del fisco, incluso los de la presidenta de su partido, Yeidckol Polevnsky, y Ana Gabriela Guevara.

Sin embargo, al “abrir el ostión” de las salvaguardas del poder corresponde una labor de enorme complejidad y que no depende sólo de separar, con más o menos violencia mediática, su caparazón para dejar fuera a sus huéspedes habituales. Las denuncias de corrupción en la cúspide del Poder Judicial o la exhibición de “favoritos” del fisco pueden servir para desbaratar grupos de interés, aunque sin romper con intereses y sobreentendidos que protegen a cercanos al poder. Es decir, la utilización de la justicia para dar cobertura a grupos políticos y dejar de hacerlo con otros en la también máxima juarista de ley y gracia a los amigos, pero a los enemigos sólo la última.

El titular de UIF, Santiago Nieto, responsable de la investigación del presunto lavado de dinero de Medina Mora, ha deslizado la acusación de que además usó el cargo para proteger a grupos ligados a Peña Nieto. El ministro llegó a la SCJN impugnado por su cercanía con el expresidente y desde esa responsabilidad trató de operar la protección “de la que hasta hoy goza” su amigo y exjefe, señaló el gobernador de Chihuahua, Javier Corral.

El golpe recae en el gobierno anterior y posiblemente en otros a los que también sirvió, como el de Fox y Calderón, pero también sobre la confianza en la justicia si la investigación queda en una vendetta o purga o sirve para deshacerse de un oponente. ¿Ese es el sentido de declarar que la SCJN no es un partido de oposición de su presidente, Arturo Zaldívar?

Medina Mora renunció sin revelar las “causas graves” que lo motivaron, como obliga el artículo 98 constitucional, para que el Senado pueda calificar, y en su caso, aceptar su dimisión. El asunto es grave, se trata de la primera de un ministro desde la reforma del Poder Judicial de 1994, que amplió la autonomía e independencia del Poder Judicial como máximo tribunal de control de constitucionalidad en actos de los Poderes en el país.

Fue López Obrador quien explicó que ésta era para enfrentar la investigación de la FGR, pero también podría haber optado por la licencia. Ante los señalamientos hacia su gestión es imprescindible que transparente su salida para evitar interpretar su silencio como pacto de impunidad que ahondaría el desprestigio del Poder Judicial y sembraría dudas en la elección de un relevo a modo, que inclinará la SCJN hacia los intereses del gobierno en decisiones graves como los recursos de constitucionalidad.

La investigación a Medina Mora, como los ahora desprotegidos del SAT, es una oportunidad para comenzar a romper los amarres de la corrupción “arriba” –como gusta decir a López Obrador–, pero de poco valdría si fuera sólo un encantamiento para anudar nuevas componendas a modo en una institución de la que cada día desconfían más los mexicanos.