COMPARTIR

253 total views, 1 views today

En los extremos de la semana que concluye, la ciudad de México ha sido escenario de dos momentos de violencia callejera, que hablan
mal de los mexicanos, en el concierto mundial. Primero fue la llamada “Ola verde” a favor de la despenalización del aborto, y
luego la marcha en memoria de la matanza de Tlatelolco. En ambas manifestaciones hubo infiltración de provocadores que se
dedicaron a vandalizar edificios públicos y privados, y que atacaron en forma directa a quienes –inermes y sin capacitación alguna-
intentaron contener tales actos violentos.

Les han llamado “anarquistas”, y algunos personajes públicos pretenden compararlos con los hermanos Flores Magón. Quienes
así se expresan ponen en evidencia su falta de conocimiento sobre historia universal y de México. La palabra “anarquista” es un traje
que les queda muy grande a estos vándalos de pacotilla. Dudo mucho, pero mucho, que actúen movidos por ideología alguna.
Más bien se comportan como un grupo de niños dentro de una cristalería, que tienen permiso para hacer cuanto destrozo deseen.
Nadie los frenará ni tendrá que rendir cuentas, algo así como traviesos a los que además les pagan.

Ahora bien: es obligación de todos los mexicanos entender qué genera ese cúmulo de ira con la que se les mira actuar. Me hace
recordar la técnica terapéutica de “la silla vacía”, en la que, bajo la supervisión del profesional, el participante, de frente a una silla
vacía, imagina al personaje de su vida que le genera conflicto.

Puede ser el padre, la madre, el cónyuge…Alguien cuya cercanía y forma de proceder causa conflicto en el participante. Este, bajo la
conducción del guía, se dirige a la figura que tiene frente a sí, volcando todo lo que ha podido verbalizar antes, hasta resolver el
conflicto, el tono de voz va subiendo, para generar una catarsis de emociones que finalmente provocarán alivio. Algo similar pareciera
ser lo que vuelcan los jóvenes violentos, en contra de íconos que simbolizan aquellos elementos -que ellos sienten- les han dañado.

La idea de los “cinturones de paz” de Claudia Sheinbaum representó una forma de poner a personas no capacitadas, a
ejercer funciones que son propias de las fuerzas del orden, con reproducir el modelo en futuras ocasiones, esperemos que no
sea así. Es una absurda paradoja tener un país militarizado hasta los dientes, pero con las manos atadas, y en lugar de que actúen las
fuerzas del orden, lanzar como carne de cañón a civiles ajenos a dicha función.

El conferencista Japonés Dr. Shinji Hirai, es un antropólogo social de carrera. Se ha dado a la tarea de contactar a descendientes de
segunda y tercera generación, de japoneses llegados a México durante el siglo pasado, con sus raíces en oriente. Dentro de las
maravillas que presentó de su tierra natal, dio un dato que me dejó impactado: Durante el 2018 en todo Japón, hubo un total de 10
crímenes. Esto es, menos de uno al mes, en un país cuya población en el 2018 fue equivalente a la de México para el mismo periodo de
tiempo.

Una terrible realidad es que, con la normalización de la violencia, no nos sorprenda si acá esos mismos 10 crímenes se reportaran en
un solo sector de una ciudad, en el curso de un mes.

Lo que sucede en las calles de la Ciudad de México para nada es “de pena ajena”, sino propia, muy propia. Es una responsabilidad de
cada uno de nosotros como mexicanos. ¿O vamos a esperar a que vandalicen nuestro domicilio, para pensar en actuar?