COMPARTIR

62 total views, 1 views today

NÚMERO CERO/ EXCELSIOR

Por primera vez en décadas el ejército vuelve al centro de la escena para sostener o tirar gobiernos

La crisis política en Bolivia es otra amonestación de tarjeta roja a las clases políticas que en América Latina llegaron con la democracia hace tres décadas. ¡Así no! Viene a decir la protesta social ante estrategias personales y cortoplacistas, pero dispuestas a romper el orden constitucional y debilitar las instituciones hasta dejar a gobiernos democráticos a merced de la “opinión” de las fuerzas armadas como con el golpe de Estado a Evo Morales. Algo ha cambiado en la región, pero no todo para mejor.

El caso boliviano es una oportunidad para que los liderazgos políticos comprendan los riesgos de permitir que el estamento militar vuelva a posicionarse como máximo árbitro de democracias debilitadas por la desigualdad, como en Chile, por la corrupción que elevó a Bolsonaro en Brasil por la incapacidad de aceptar la alternancia en Nicaragua, Venezuela o Bolivia. A pesar de la variedad de casos, la caída, desestabilización o enquistamiento en el poder demuestran que por primera vez, en décadas, el ejército vuelve al centro de la escena para sostener o tumbar gobiernos como no se veía desde los ochenta.

Uno de los consensos básicos de la democratización, desde entonces, ha sido reducir el rol del ejército tras las dictaduras militares que ponían o tiraban gobiernos con el respaldo de EU. En algunos países como México la inseguridad les permitió tomar la calle y en otros, como en Bolivia, la búsqueda del apoyo de la cúpula militar abrió espacios de injerencia en el ámbito civil. En Perú una confrontación entre el Ejecutivo y Congreso se salvó gracias al ejército. En Venezuela el partido en el poder y el ejército están mimetizados, mientras que gobiernos de derecha, como el de Sebastián Piñera, recurren a ellos para reprimir protestas a un alto costo de violaciones a los derechos humanos. Y en Brasil el presidente gobierna con una camarilla de las Fuerzas Armadas que, entre otras, se pronunció contra la candidatura de Lula en la última elección.

Paradójicamente, al fantasma militar lo agita la incapacidad del liderazgo político para asegurar la gobernabilidad con más y mejores reformas democratizadoras, como reclaman las protestas en la calle. Por el contrario, la inmadurez democrática del poder civil ha sido la puerta giratoria de los militares en la escena política después de apoyarse en ellos para debilitar la trama institucional. Bolivia es ilustrativo, pero no un fenómeno aislado, y México no es excepción. Ahí está el Bonillazo reeleccionista en Baja California o recientemente el Culiacanazo o la deslegitimación de la CNDH para proteger los derechos humanos de las violaciones del Estado, como pequeños “golpecillos” al orden legislativo y constitucional que degradan la democracia y reducen libertades ciudadanas para cambiar gobiernos en las urnas. Activan las protestas.

¿Por qué un mandatario tan popular como Evo, querido, con buenos resultados de gobierno, decide que es una especie de necesario para perpetuarse mediante dudosas maniobras legales e irregularidades electorales? Él comenzó a trastocar las reglas democráticas desde 2016 con un referéndum que le impedía reelegirse y luego doblegar a la autoridad electoral para buscar un cuarto mandato, que se adjudicó en las urnas con fraude y protestas. El costo de la erosión de las instituciones democráticas es dejar el país en una crisis política sin otro freno que la cúpula militar para apuntalar al autoproclamado gobierno interino.

Los liderazgos latinoamericanos no están viendo que el funcionamiento de la división de poderes, contrapesos, instituciones autónomas y el balance de poder de la libertad de prensa son decisivas para defenderlos a ellos y a las democracias. Su demolición puede servir en el corto plazo a la concentración del poder, pero al final los vacíos que deja la desaparición del orden constitucional se llenan con las Fuerzas Armadas. Se equivocarían quienes piensen que México es la excepción porque el Presidente dice que aquí no habrá reelección, mientras también con el discurso agita el fantasma del golpe de Estado.