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Número cero/EXCELSIOR

La política es orientarse en el tiempo. Elegir, en el momento correcto, entre dos opciones igualmente buenas o malas, el timing. Andrés Manuel López Obrador lo sabe y pide un año de gracia, por tercera vez, para dar resultados en seguridad o economía al cabo de su primer aniversario. El Presidente espera conectar un jonrón –para usar términos beisboleros– que le dé la vuelta a la partida con la realidad antes de que su popularidad descienda, aunque hoy conserva más apoyo que cuando ganó la elección. Su primer año ha abierto los dilemas de su gobierno antes de que se perciba el cambio que ofrece la Cuarta Transformación.

La primera entrada –para seguir con el argot deportivo– no ha sido el desastre que se pronosticaba, pero tampoco ha sido la llegada a Aztlán para reencontrar el paraíso perdido. El mandatario defiende que en ésta se sentaron las bases del cambio pero, como en aquel mítico camino, aguarda las señales para escoger la forma de dominar los problemas de la economía, la seguridad o la relación con EU. El Presidente está entre apostarlo todo a su liderazgo o repartir cartas a su gobierno. Ya no bastará con decir que mejorar sólo es cuestión de paciencia, menos desbarrar optimismo cuando expresa que el país “va muy bien”. La esperanza que despertó su gobierno surgió de la capacidad de cambiar el alicaído estado de ánimo social al presentar como alcanzable lo que desea el país: pegarle a la desigualdad y al privilegio, a la corrupción; generar desarrollo, atajar la violencia que desgarra la comunidad. Ahí las flamas del deseo, que, sin embargo, se apagan si no llegan los bienes prometidos, aunque se mantenga en campaña.

Por eso ahora su mayor error sería esperar que la aprobación en encuestas y la narrativa de la 4T pueda resistir la pérdida de confianza en las políticas de su gobierno. Algunos sondeos han comenzado a reflejar creciente disociación entre su popularidad y el respaldo a sus políticas; del distanciamiento del liderazgo como rostro y vocero del “cambio” con la valoración de su gabinete; de la caída de Morena como opción de transformación y su nivelación con el resto de los partidos; de la crítica al neoliberalismo, junto con medidas de austeridad que han hecho insostenible ese modelo en el mundo; de combate a la corrupción y abandono de la justicia sin aplicar el mismo rasero en la persecución y sanción de sus responsables; de un país que se mueve con energía, pero estancado en economía y pasmado en la violencia criminal.

A un año de su administración las preguntas que se repiten son: ¿tiene un modelo de seguridad distinto al pasado más allá del “abrazo y no balazos” con que confía aplacar la insurgencia delictiva? ¿Son sostenibles sus políticas sociales sin una reforma fiscal que lo obligue a abandonar su compromiso de no subir impuestos y arriesgar su popularidad? Y el argumento formado por proposiciones como el linchamiento mediático o el acoso de los adversarios conservadores se desgasta rápidamente si lo que pretende es patear hacia adelante la falta de respuestas.

Es cierto que su gobierno enfrenta una dura confrontación con una crítica que le reclama el año más violento de la historia o el “cero” de crecimiento de la economía en 2019, pero sería un error creer que la batalla es sólo por ganar la narrativa del cambio y la batalla de la percepción más que demostrar los logros de su gobierno. La 4T cree que hay un doble clima de opinión en donde las críticas no dejan ver los cambios en las comunidades por la repartición de recursos a través de pensiones a adultos mayores y becas a jóvenes, y el combate a la corrupción. Pero no repara en que ello no ha detenido el retroceso de Morena en las encuestas y el riesgo de que la popularidad del Presidente no alcance para mantener la mayoría en 2021.

Así, el más agrande dilema para el Presidente al concluir su primer año es optar entre profundizar la concentración de decisiones políticas en su liderazgo o revisar sus premisas y el funcionamiento de las políticas que no dan resultados. Optar entre la narrativa épica de la 4T o racionalizar el contenido y alcance de su gobierno para resolver los problemas más acá de su gesta histórica o la fantasía.