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NÚMERO CERO/ EXCELSIOR

El 2020 será decisivo para resolver la mayor interrogante sobre el futuro inmediato del país: si es verdad o no que la 4T puede despegar a mayor altura que los bajos vuelos de los últimos gobiernos. El escenario es incierto por el limitado alcance de los resultados del gobierno de López Obrador y las elevadas expectativas que generó la promesa de borrar dramáticamente los “males” nacionales con un discurso que inauguraba una nueva etapa en la historia de México, aunque con una marcha dudosa, insegura, y a veces hasta contradictoria, en la conducción de la agenda nacional.

El año tendrá consecuencias para el sexenio y las posibilidades de Morena de retener la mayoría en el Congreso, con que hoy ha sacado sus reformas sin mayores contratiempos y podido desplazar límites institucionales a la concentración de poder que le dieron las urnas, aunque no para demostrar la viabilidad de sus proyectos para una rápida y dramática transformación del país. Menos aún para asegurar que el liderazgo de López Obrador pueda suplir la debilidad de las instituciones que, en efecto, heredó del pasado, pero en las que encalla su mando fuerte. Pese a su discurso de confrontación y toma de distancia con los gobiernos “neoliberales” y el régimen anterior que tiene desde la oposición, el ejercicio del poder lo enfila hacia un nuevo status quo porque su prioridad ahora será ganar la elección de 2021 funcionen o no sus reformas.

La sacudida del país con la 4T es innegable, tanto la dificultad de aterrizar sus proyectos estratégicos. No obstante, el gobierno empieza su segundo año con sus prioridades legislativas cubiertas, aunque sin la seguridad de que alcancen para relanzar el crecimiento y recuperare la paz interna sin descargar su responsabilidad en el “desastre” de los gobiernos “neoliberales” en seguridad y en el empobrecimiento del país; para alcanzar un sistema de salud con estándares nórdicos en sus primeros dos años, pero sin pilares fiscales para el desarrollo y revertir la desigualdad y sin un plan claro frente a la crisis social que se cierne por el desempleo.

La 4T dice estar lista para generar crecimiento y empleo por el control de variables macroeconómicas y la corrupción en ruta de “extinción”, pero a contracorriente de las guerras comerciales internacionales, incluso con el T-MEC. Se tratan de condiciones halagueñas, pero insuficientes para lograr un 4% que el Presidente ofreció para distinguirse del desempeño de los gobiernos anteriores y evitar el despeñadero del mercado laboral. La mayoría que aprueba la gestión de López Obrador (72%, según la última encuesta de El Financiero) conserva la creencia de que lo conseguirá casi con la mera esperanza en el cambio, mientras que las minorías más optimistas esperan que con un mejor manejo del gasto público. En cualquier caso, el gobierno confía en que la política social y la redistribución del ingreso compensarán los puntos que la inversión escatime al crecimiento. Ninguna perspectiva ha logrado convencer a los inversionistas, que juegan un pulso contra las políticas de la 4T por falta de confianza en ellas.

Paradójicamente, la prioridad de la política social para atacar la pobreza sobre el crecimiento enfrenta una perspectiva hostil por una eventual caída de los ingresos tributarios y sobre todo al debilitamiento de la demanda interna por la destrucción de empleo. Un dato importante para las cábalas del año aparecerá próximamente con las cifras de empleo de Inegi. Hace un año en la transición del gobierno se registró un récord con la destrucción de 380 mil empleos en diciembre, pero la cifra podría ser superior el mismo mes de 2019. Los números podrían superar los 400 mil puestos, lo que supondría una destrucción de unos 100 mil empleos en el primer año de la 4T. Más sería muy delicado y se sumaría a las señales de alerta sobre las posibilidades de despegue de las posiciones más catastrofistas. Ya veremos.