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Me da mucho gusto en estar nuevamente con todos ustedes queridos lectores, atrás han quedado los festejos, la algarabía de diciembre, un mes que llegó muy rápido, o al menos así me pareció. No bien había empezado el 2019 cuando ya estábamos cambiando páginas al calendario, de tal manera que cuando menos lo pensamos nos encontramos colocando los arreglos en el pino.

Sí, el calendario anunciaba el último mes del año y pronto se anunciaría la llegada de uno nuevo, el 2020 (dos mil veinte, dicen los expertos y no veinte veinte) y la discrepancia de si es nueva década o no. Lo importante es que bendito Dios, aquí seguimos, en pie de regreso a la realidad, nuestra realidad, la de cada uno y la de todos.

Por más propósitos o deseos que hayamos formulado cada uno de nosotros, quedarán sin verse realizados si no hacemos el esfuerzo desde el primer día para convertir en algo real lo que nos propusimos hacer.

Terminamos un año con violencia y el que iniciamos no “pinta” nada bien por lo que se ve. La violencia en diferentes ciudadanos de nuestro México debe preocuparnos, porque no es para sentarse a lamentar lo que está ocurriendo.

Observando con tristeza que los grupos criminales han tomado poblados, ciudades grandes o pequeñas para imponer su “ley”. Las autoridades han sido rebasadas en algunos casos, más bien en la mayoría. Basta ver los noticieros para darnos cuenta del riesgo tan grande que existe ya en el país.

Lo más triste que se observa es la participación de jóvenes, caso niños que han crecido en medio de la violencia, la que ha terminado de atraparlos.

Niños de 12 años o menores, que han cambiado los juguetes propios de la infancia por armas reales.

Armamento utilizado en asaltos, en emboscadas y en todos los actos delictivos. ¿Cuándo dejarán de ser niños para convertirse en delincuentes? Es una pregunta que deberíamos hacernos para encontrar la solución.

Hoy una noticia se está difundiendo en los diferentes medios. Un menor ingresó a su escuela en la ciudad de Torreón, Coahuila portando dos armas, matando a una maestra e hiriendo a otras personas más. El agresor, un niño de apenas 11 años, después de haber causado la tragedia, se suicidó.

Es realmente lamentable y doloroso que esos acontecimientos se den en cualquier parte, pero indudablemente que afecta muchísimo cuando un centro escolar es el blanco del desquiciamiento de estudiantes y se atente contra la vida de maestros y alumnos.

¿Quiénes son los héroes de nuestros niños y jóvenes? ¿Con qué y a qué juegan hoy en día? ¿Saben los padres qué piensan y sienten sus hijos?

Es una triste la que están viviendo los chicos y jovencitas en la actualidad. Se ven expuestos con cierta frecuencia al llamado “bullying”; a la burla por tonterías que reflejan el grado de descomposición moral de quien ejerce cualquier grado de violencia.

¿Qué está sucediendo en nuestros hogares? Acaso ¿niños y jóvenes están creciendo en la imitación de lo que ocurre en video-juegos?

Los padres –algunos con sacrificios- envían a sus hijos a buenos colegios, a instituciones privadas con el propósito de brindarles una mejor educación. Nadie se detiene a pensar que la violencia ya está en todas partes, por lo que ninguna institución está exenta de verse expuesta a algún acto donde la agresividad se manifiesta.

Este acontecimiento doloroso y lamentable nos recuerda a lo sucedido en 1999 en Estados Unidos, en el instituto Columbine de Littleton, Colorado, donde dos estudiantes armados con escopetas ingresaron al plantel, abriendo fuego indiscriminadamente en contra de sus compañeros. El saldo en esa ocasión fue de 12 estudiante y un profesor fallecidos.

¿Coincidencias? No lo creo. Es quizás el fanatismo, el deseo de trascender a cualquier precio lo que influye en mente de algunos jóvenes. Lo cierto es que el joven estudiante del Colegio Cervantes de Torreón debe haber planeado lo que iba a hacer en contra de sus compañeros. Llevaba dos armas ¿Cómo las obtuvo? ¿Desde cuándo? No solo las llevó, las usó.

¿Cuántos niños y jóvenes habrá que estén en conflicto emocional? No lo sabemos, pero sí lo sucedido debe alertar a los padres de familia, a maestros, a todos como sociedad para crear ambientes sanos.