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Las imágenes de la batalla campal de la Guardia Nacional con la caravana de hondureños en la frontera con Guatemala terminan de echar por tierra el discurso de derechos e inclusión de la política migratoria y, en cambio, reflejan que, en los hechos, se edifica un muro virtual para frenar la migración centroamericana. El primer desplazado en el regreso del péndulo hacia posiciones de fuerza es el principio de congruencia, que el gobierno no puede mantener entre la presión migratoria centroamericana y las medidas de contención que pactó con Trump.

La disconformidad entre sus pronunciamientos y esas imágenes que circularon profusamente en el mundo esta semana no dejan lugar a demasiadas dudas sobre el giro completo de la política migratoria del gobierno de López Obrador, aunque trate de sostener la narrativa como un sesgo contra la comprensión. Ante la visión de los hechos, trata de defender su actuación conforme a los principios del Pacto Mundial de Marruecos para una migración “ordenada, segura y regulada”, pero, en realidad, nos devuelve al caos de la primera caravana de octubre de 2018, cuando la Policía Federal trató de evitar su entrada al país en el gobierno de Peña Nieto. ¿Qué significan esos principios frente a las fotos en el Suchiate? ¿Dónde queda el derecho y las posibilidades de migrar?

En esas nuevas escenas volvimos a ver a cientos de hondureños tratando de internarse en el país después de negarles la autorización oficial y la confrontación con la Guardia Nacional, que la voz solitaria de Muñoz Ledo no tardó en calificar como “salvaje agresión” y violación al artículo 11 constitucional sobre el refugio y tratados internacionales signados por México. El único complacido con la reyerta fue el gobierno de EU, que “apreció que México haya hecho más de lo que hicieron el año pasado para interceptar a las caravanas”, señaló el secretario del Departamento de Seguridad. Y, en efecto, esta vez la caravana fue frenada por un cuerpo militar más grande que la PFP, que desde junio de 2019 se desplegó en la frontera sur como primera medida del acuerdo con EU para desactivar las sanciones económicas si México no giraba a una política de contención migratoria.

Si la salida sólo fuera perder el verdadero nombre de las cosas, aunque las imágenes lo recuerden, el gobierno trató de apuntalar su narrativa reduciendo la confrontación a un hecho “aislado”. En realidad, es un reto difícil encontrar una expresión política que manifieste la igualdad de los restos de la división entre la presión por la eficacia de la política antiinmigrante de Trump sin la ruptura de los criterios de inclusión, solidaridad y refugio de las leyes. Ninguna experiencia en el mundo ha tenido éxito en sostener posiciones de fuerza contra la migración sin destruir depósitos valores que atemperan la xenofobia y el racismo. Tampoco en nuestro caso, como muestra las crecientes expresiones antiinmigrantes en el imaginario cultural del país.

El giro migratorio genera una desconexión entre el discurso de los derechos, de migrantes y refugiados, y la forma como considera esos derechos más allá de enunciados retóricos. Cada vez más se reduce la política migratoria al derecho a decidir quién entra a las fronteras, promete control y ofrece regalos discrecionales a quienes exigen acciones antiinmigrantes.

¿Hacia dónde llevan estos choques? La migración no sólo es un problema bilateral, sino un fenómeno internacional, que marcará el siglo XXI. Por supuesto que la problemática se origina en condiciones estructurales de pobreza, desigualdad y violencia en Centroamérica, pero a México le toca una parte. Prepararse para ser un país de migración, pero eso no es posible sin recursos e infraestructura. Algunos esfuerzos como plantear un programa de inversiones e infraestructura en Centroamérica y el sureste del país o de mitigación, como Sembrando Vida, parecen entender esa necesidad de migrar, pero son de largo plazo. Al tiempo que cerrar fronteras, como exige EU, sólo conduce, en sentido contrario, a levantar muros virtuales que nunca han funcionado para una migración ordena y segura. Y, aunque México hace lo que puede y no lo que quiere con la política migratoria, esas murallas son la antesala de la violencia y el caos.