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Soy un periodista profesional, con casi medio siglo de trabajo. He sido maestro de la escuela Carlos Septién, la institución más antigua de periodismo en América y como profesor invitado, he disertado sobre el tema, lo mismo en la UNAM que en otros centros académicos universitarios, donde se cursa la asignatura de periodismo.

En mis clases, particularmente de reportaje, soy muy estricto y siempre obligo a mis alumnos a verificar lo que escriben o pretenden difundir en cualquier tipo de medio informativo. Es una exigencia. Y en esto soy implacable.

Cuando abordo casos de desinformación, continuamente me remito a los periodistas estadounidenses que tienen una máxima, atribuida al legendario Ben Bradlee, director de “The Washington Post”, que dice: “Si tu madre te dice que te quiere, ve y compruébalo” y lo obligado periodísticamente en este caso, es salir a comprobarlo.

Sé de las graves deficiencias que muchas veces origina el no haber estudiado periodismo de manera profesional, lo que a la postre ocasiona muchos problemas, entre ellos caer en la improvisación y la incompetencia, aunque reconozco que hay grandes periodistas que jamás traspusieron las puertas de una escuela o centro universitario de periodismo, pero que gracias a su gran necesidad de conocimiento -de forma empírica o didáctica-, se moldearon o forjaron una gran cultura y estilo para ejercerlo; debiendo subrayar, como premisa fundamental, que su ejercicio siempre debe estar regido por el respeto hacia los demás.

De manera específica, me irrita de sobremanera, cuando un “periodista” se refiere despectiva u ofensivamente hacia una persona, sólo con el fin de señalarla o acusarla de determinado hecho, sin que como periodistas profesionales primero hayamos agotado la investigación y se tengan las pruebas para hacerlo públicamente.

De esos, de los “periodistas” acusadores, abundan miles y de manera irresponsable, son ellos quienes critican, injurian, ofenden y acusan, sin reflexionar sobre el daño que provocan al no comprobar sus dichos o suposiciones.

Lo mismo ocurre, entre quienes gracias a su acceso a Internet –por desconocimiento, ingenuidad o lo peor, por mala fe-, reenvían información sin tomarse el cuidado de comprobar si ésta proviene de fuentes certificadas o de absoluta confianza.

La reciente pandemia del Coronavirus, ha posibilitado que la red se inunde por millones de textos falsos y alarmistas, que involucran a personas e instituciones y profundizan la brecha entre la información generada por verdaderos profesionales de la información y la emitida por charlatanes de toda laya, encubiertos por una supuesta labor periodística en Internet.

Desafortunadamente, quienes ejercemos el periodismo profesional y mantenemos esos valores, ya somos los menos o estamos, por razones de edad, en peligro de extinción.

Sin embargo, en contrapartida, proliferan hoy aquellos que -armados de un celular o una cámara y al amparo de la facilidad del internet, de una credencial o “un medio en línea, como ya se ha vuelto moda en algunos gobiernos”-, hacen de las suyas, autoproclamándose periodistas, sin serlo, puesto que de antemano nunca serían capaces de aprobar el más elemental examen de locución, ortografía, gramática y ya no digamos, sintaxis, como es el caso del periodismo escrito.

Particularmente, siempre he sido partidario de establecer un auténtico colegio nacional de periodistas, para que solamente aquellos que acrediten su honorabilidad, profesionalismo y probidad -formados en el ejercicio o escolarizados-, tengan cabida en este colegio y se les pueda llamar realmente periodistas.

De acuerdo a la Constitución a nadie se le impide la libertad de expresar sus ideas. Y en esa globalidad social, entre quienes tienen derecho a esa libre expresión, estarían comprendidos nuestros antepasados, bisabuelos, abuelos, padres, hermanos, esposos, hijos, nietos, primos, sobrinos y amigos, es decir: todos, pero no por ese derecho a todos se le puede llamar periodistas, porque vaya que abundan “periodistas” que no cumplen con los mínimos requerimientos para ostentarse como tales y si acaso, bien se les puede llamar coloquialmente pseudoperiodistas.

Comprendo que me extendí en esta reflexión, pero lo hice en el entendido de no particularizar, sino de clarificar un poco la labor de los auténticos periodistas, tanto la de aquellos veteranos que de alguna manera se formaron o se han formado en la calle, en el trabajo diario, y adquirieron gran experiencia y cultura, o de los mediana edad y aún la de jóvenes que se han forjado en la aulas universitarias.

En lo personal, los conmino a desconfiar o ser más prudentes con sus fuentes, para no transmitir información que no tiene sustento o no ha sido verificada.

Y como dijo Ben Bradlee, “Si tu madre te dice que te quiere, mi mejor consejo es que investigues y realmente lo compruebes”.

Soy egresado y he sido profesor de la materia Reportaje en Prensa, de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García, director de La Revista de México/Gentesur y columnista del portal LINEAPOLITICA.