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Se habla de la nueva “normalidad” a la hora de que salgamos del confinamiento. ¿En qué consistirá realmente? ¿Qué nos espera?

No lo sabemos. Tal vez nos tengamos que esperar un tiempo razonable para irnos adaptarnos o construyendo la llamada nueva modalidad. Sin duda no será fácil después de que nos hemos mantenido en casa por nuestra propia seguridad, por el temor, muy legítimo, al contagio si llegamos a salir.

Llevamos ya un poco más de dos meses “guardaditos” en el hogar, sin recibir a nuestros seres queridos, sin abrazarlos y besarlos.

Dentro de un encierro, llamémosle, necesario, hemos podido compartir a distancia gracias a la tecnología, eventos familiares. Cumpleaños, graduaciones, fin de cursos, donde el ingenio de maestros y padres de familia han estado presentes.

La maravilla de la tecnología nos ha permitido disfrutar eventos importantes y significativos para cada familia. Momentos irrepetibles porque corresponden a una etapa en la vida de los seres que amamos.

No hemos perdido la comunicación con nuestras amistades a las que extrañamos, ¡Por supuesto que sí! Porque a través de los años nos hemos acompañado no solo en la alegría sino en la pérdida también.

Hoy, todo ha sido diferente en la distancia. Cada quién en su hogar, con la esperanza de que pronto, todo esto que nos ha tocado vivir y que parece una pesadilla termine, y nos permita volver a darnos el abrazo y a retomar la convivencia.

Sin embargo, hay algo más que nos espera al regresar a la “nueva normalidad”. El empobrecimiento de miles de familias que han quedado sin empleo; el cierre de pequeñas y medianas empresas a la que la testarudez de un gobierno federal se niega a apoyar.

Hombres y mujeres, humildes, que realizaban antes del confinamiento oficios que, aunque sencillos, les permitían ganar honradamente unos pesos para vivir, hoy han visto desaparecer como arte de magia, la seguridad de un sustento.

Nos encontramos con la otra cara de la pandemia. La de la verdadera transformación tan cacareada: la del empobrecimiento; la del desprecio a la vida humana de los mexicanos; la del desempleo y cierre de negocios provocados por malas decisiones provenientes de quien hoy malgobierna.

La falta de sensibilidad, los oídos sordos al clamor generalizado, el desprecio a quienes nacimos en esta hermosa tierra y amamos a México, es lo que se ha manifestado en quienes por la buena o por la mala pretenden apoderarse del país. Desprecio a la clase médica y a quienes desde un principio han estado en la primera línea, al no proveerlos del equipo e insumos necesarios, no se puede negar.

La actitud prepotente de quien gobierna el país, al cerrarles las puertas a empresarios y otras más acciones tomadas desde Palacio Nacional, nos damos cuenta de las verdaderas instituciones de un grupo político que miente y que poco o nada le importa México.

“Primero los pobres” no es más que una fachada perversa no una intención humanista para rescatarlos de la pobreza.

Los caprichos más, que proyectos reales y necesarios del presidente López Obrador, están causando más daño que el beneficio que dice traerán.

Perder el empleo no debe ser nada agradable para nadie. No se trata de dar limosna, sino de conservar las fuentes de trabajo digno para ayudar a quienes quedan como en un desierto, sin nada. Y todo por el resentimiento y la maldad de quien no tiene conciencia, menos corazón.

En plena pandemia donde se va incrementando el número de pacientes en hospitales, aún hay reclamos de que no reciben el equipo necesario para la protección del personal y la atención a los enfermos de Covid-19. Es inaceptable.

Estamos ante una pesadilla que aún no termina y que requiere toda la atención. Lo urgente es velar por conservar el mayor número de empleos. Así que ya dejen de inventar proyectos inútiles que a nadie convencen y tratar de apoderarse de recursos que no les pertenecen.