COMPARTIR

123 total views, 5 views today

NÚMERO CERO/ EXCELSIOR

La decisión de visitar a Trump es consistente con la visión política de López Obrador basada en criterios pragmáticos, al margen de ideología o del discurso racista sobre México y los mexicanos de su anfitrión. Se inscribe en la lógica del juego de poder asentado en la confianza personal de los “hombres fuertes”, más que en los modos de las instituciones. Va a Washington a mostrarse con el representante de la primera potencia mundial en reciprocidad a los favores recibidos en la crisis sanitaria y energética, más allá de principios de la diplomacia. Viaja por primera vez a EU en visita oficial en un momento en el que necesita alejar la atención de los graves problemas nacionales que socavan su popularidad.

No hay más justificación, aunque se quiera envolver en el hito de una nueva era en la relación bilateral con el T-MEC. Los riesgos son evidentes dada la posibilidad de que la visita y el tema “mexicano” se manipulen con fines electorales por un presidente en campaña y necesitado de recuperar terreno para la reelegirse. Pero en su cálculo, el riesgo de apoyar a un Trump debilitado es menor que el beneficio de proyectar fuerza de la relación bilateral y personal con quien todavía ostenta el mayor poder y responsabilidad en el mundo. Son cálculos cortoplacistas con altas posibilidades de errar si, como indican las encuestas, en noviembre próximo sale de la Casa Blanca.

Pero la contingencia se desdeña por las mutuas seguridades que se ofrecen dos prototipos de “hombres fuertes”, sin importar que el mundo comience a hacerle el vacío por su xenofobia y respuesta a las protestas contra el racismo. La visita consiste, básicamente, en una reunión entre ellos, eso es suficiente —creen— para dar el mensaje de la pujanza bilateral a sus audiencias internas. Ni siquiera puede llamarse de Estado, no incluye contacto con el Congreso, ni la pluralidad política. Sólo ellos, tampoco el canadiense Justin Trudeau asiste al acto por la entrada del T-MEC.

Las voces más diversas llaman la atención sobre lo inoportuno del viaje y el alto costo para México por aparecer en la campaña estadunidense con indisimulado agravio para los demócratas. Pero lo que cuenta son consideraciones de circunstancias en un pretendido realismo político en el que el respaldo a un poder fuerte sirve como punto de partida para recobrar fuerzas ante una crisis sanitara y económica que sobrepasa al país. Sin detenerse en nociones diplomáticas, morales y a pesar de ser la “piñata” antimexicana de Trump con su narrativa antiinmigrante y los “muros” contra el vecino. La realpolitik indica que no se puede desairar a un poder fuerte como el de Trump, quien golpea al país, pero ofrece un trato personal deferente al “buen tipo que vendrá pronto a visitarme a la Casa Blanca”. Menos cuando la principal apuesta de su gobierno contra la crisis es la relación con EU, la cual busca profundizar con mayor integración.

Sus cálculos son errados. El problema es que el mundo y EU no se mueven sólo por la voluntad de los “hombres fuertes” o, en todo caso, que hay otros poderes a los que manda el mensaje de que México ya tiene candidato en la campaña estadunidense. Eso hizo Peña Nieto cuando recibió a Trump en la campaña de 2016 porque su canciller, Luis Videgaray, también calculó que las relaciones personales son más importantes en la diplomacia que las institucionales. Trump recibió un trato de jefe de Estado que lo catapultó a la Casa Blanca, con vana promesa de que contendría su discurso nativista, su exigencia de que México pagara el muro y no cancelar el TLCAN.

El entendimiento de las relaciones de fuerza y el interés nacional no depende sólo de la voluntad de un gobernante, menos en un país de instituciones como EU. Su reunión en Washington es considerada por los demócratas como falta de respeto en la relación bilateral. Y el problema es que el mal cálculo derive en una concreción anormal como las que se forman en la bilis de los demócratas que se perfilan para ganar o retener el Congreso. A la postre exhibirá el error que cometen los “hombres fuertes” cuando buscan imponer su voluntad precipitando su futuro, aunque las consecuencias negativas para la relación bilateral sean perdurables.