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El envío de alimentos desde México reabre el debate sobre el embargo estadounidense y la dependencia alimentaria y energética de la isla, deudora de Pemex

Dos buques de la Armada mexicana transportaron 814 toneladas de alimentos desde Veracruz hacia La Habana en una travesía de menos de 48 horas. La ayuda humanitaria llega en medio de una crisis alimentaria y energética que refleja el deterioro productivo de la economía cubana, dependiente de importaciones de alimentos —incluidas las provenientes de Estados Unidos—, y de subsidios externos desde hace décadas, incluido el petróleo mexicano que Cuba, se asegura, no ha pagado

El pasado domingo, los buques logísticos Papaloapan e Isla Holbox de la Armada de México zarparon desde el puerto de Veracruz con destino a La Habana, transportando 814 toneladas de alimentos y artículos de higiene destinados a aliviar la escasez que enfrenta la población cubana.


El envío de ayuda humanitaria, revela una realidad incómoda que trasciende el gesto solidario: la incapacidad estructural de la economía cubana para garantizar el abastecimiento básico de su población después de casi siete décadas de revolución.


De acuerdo con la información oficial, el cargamento incluyó productos cárnicos, leche líquida y en polvo, arroz, frijol, galletas, aceite vegetal y artículos de higiene personal.


El Papaloapan transportó aproximadamente 536 toneladas de suministros, mientras que el Isla Holbox trasladó alrededor de 277 toneladas de leche en polvo.


La presidenta Claudia Sheinbaum había anunciado días antes el envío de ayuda humanitaria como respuesta a la situación económica y alimentaria de la isla.


La cercanía geográfica entre México y Cuba facilita este tipo de operaciones. La distancia marítima entre Veracruz y La Habana es de aproximadamente 806 millas náuticas, lo que implica una travesía de entre 36 y 48 horas para buques logísticos de la Armada.


Esa proximidad histórica y geográfica ha contribuido a mantener una relación diplomática constante entre ambos países a lo largo de distintas administraciones mexicanas. Sin embargo, la ayuda enviada desde Veracruz no puede analizarse únicamente como un acto de cooperación humanitaria.


La crisis cubana tiene raíces profundas y acumulativas. No se trata sólo de escasez temporal, sino de un deterioro productivo prolongado. Antes de 1959, Cuba era uno de los principales exportadores de azúcar del mundo, con producciones superiores a 6 millones de toneladas anuales. Hoy, la producción azucarera cubana se encuentra en niveles históricamente bajos, con zafras recientes por debajo de 500 mil toneladas, reflejo de la pérdida de capacidad productiva del campo cubano.


La isla importa actualmente entre el 70 y el 80 por ciento de los alimentos que consume, una dependencia alimentaria extremadamente alta. La historia energética muestra un patrón similar de dependencia externa.


Tras la desaparición de la Unión Soviética, Cuba perdió los subsidios que sostenían su economía durante la Guerra Fría. Décadas después, la economía cubana volvió a depender de los envíos petroleros de Venezuela, que disminuyeron conforme se profundizó la crisis de ese país. El resultado ha sido una economía frágil, con baja productividad interna y fuerte dependencia de importaciones.


Los mitos del «bloqueo» estadunidense


En este contexto resulta indispensable precisar un concepto central del discurso político cubano: el llamado “bloqueo”.
En términos jurídicos y económicos internacionales, lo que Estados Unidos mantiene contra Cuba es un embargo económico, comercial y financiero, no un bloqueo naval o militar. Un embargo implica restricciones comerciales y financieras; un bloqueo implicaría impedir físicamente la navegación y el comercio internacional, algo que no ocurre en la isla.
Existe además un dato frecuentemente omitido en el debate político:


Durante décadas, el gobierno cubano ha atribuido sus carencias al embargo estadounidense, pero la realidad es más difícil de negar: la improductividad agrícola, la escasez energética, la migración masiva y la dependencia de importaciones son el resultado de un modelo económico que fracasó en generar bienestar material para su propia población.


La revolución prometió dignidad y autosuficiencia. Terminó produciendo escasez, dependencia y pobreza estructural.
Los datos duros señalan que Estados Unidos permite la venta de alimentos a Cuba desde el año 2000, cuando el Congreso estadounidense aprobó la Trade Sanctions Reform and Export Enhancement Act. Desde entonces, las exportaciones agrícolas estadounidenses hacia Cuba han superado los 7 mil millones de dólares acumulados.


En 2024, Estados Unidos exportó a Cuba alrededor de 586 millones de dólares, de los cuales más de 433 millones correspondieron a alimentos y productos agropecuarios.


Entre enero y septiembre de 2025, Cuba importó aproximadamente 355 millones de dólares en productos agrícolas estadounidenses.


Estos datos muestran que Estados Unidos ha sido, durante años, uno de los principales proveedores de alimentos de la isla.
El embargo estadounidense ha limitado el acceso de Cuba a financiamiento internacional, pero no explica por sí solo la baja productividad agrícola, la escasez energética ni el deterioro económico general.

La deuda de Cuba con Pemex y los intentos por ocultarla

En una entrevista transmitida por Latinus, el consultor energético Gonzalo Monroy, director general de GMEC (Gas Energy Latin America) —firma especializada en análisis del sector petrolero, gasífero y regulatorio en América Latina—, cuestionó directamente la versión oficial de Pemex sobre los envíos de petróleo y combustibles a Cuba. Según el especialista, no se trata de ayuda humanitaria, como ha sostenido el gobierno, sino de operaciones contractuales cuyo pago no se realiza y que terminan convirtiéndose en deuda acumulada dentro de los estados financieros de la empresa productiva del Estado.

Monroy explicó que el argumento de que Cuba ha pagado por esos suministros resulta engañoso desde el punto de vista contable y financiero. Pemex puede registrar las operaciones como cuentas por cobrar, pero ello no significa que exista un pago efectivo. Cuando esos adeudos se vuelven incobrables y eventualmente se condonan por decisión política, el resultado práctico es un subsidio encubierto. La diferencia entre registrar un cobro y recibirlo realmente es fundamental, y en este caso —según el experto—, esa diferencia se está ocultando deliberadamente en el discurso público.


El analista también señaló que la creación de la filial Gasolinas del Bienestar habría permitido trasladar estas operaciones a un esquema con menor transparencia, donde los precios, condiciones contractuales y mecanismos de pago pueden clasificarse como información comercial reservada. Esto implica que ni la opinión pública ni los órganos de fiscalización pueden conocer con precisión el costo real de los envíos de combustibles a la isla, lo que abre un problema serio de rendición de cuentas en una empresa que depende de recursos públicos.


En conjunto, las afirmaciones de Gonzalo Monroy dibujan un escenario en el que el gobierno sostiene una narrativa política mientras los datos financieros cuentan otra historia. Si lo señalado por Monroy es correcto, la discusión deja de ser diplomática o ideológica y se convierte en un asunto de transparencia fiscal y responsabilidad en el manejo de Pemex.


En ese terreno, cualquier contradicción entre lo que se declara oficialmente y lo que muestran los registros contables no es menor: implica la posibilidad de que recursos públicos estén financiando compromisos externos sin claridad ni control.


El sueño del paraíso socialista que hundió a Cuba


Son ya casi setenta años de políticas ideológicas y económicas equivocadas, impulsadas por un gobierno que prometió construir un paraíso socialista y terminó empobreciendo al país.


La centralización económica extrema, la ausencia de incentivos productivos y la dependencia de subsidios externos han impedido el desarrollo de una economía autosuficiente. En ese escenario, la ayuda humanitaria enviada por México plantea una paradoja política evidente.


Los alimentos destinados a aliviar la situación de la población cubana serán administrados por el propio aparato estatal que durante décadas ha dirigido la economía nacional. La solidaridad internacional busca aliviar el sufrimiento de la población, pero al mismo tiempo refuerza el monopolio estatal sobre la distribución de bienes básicos.


La travesía de menos de dos días entre Veracruz y La Habana simboliza esa dualidad: la ayuda puede llegar rápidamente por mar, pero la recuperación económica de la isla sigue siendo una tarea pendiente después de décadas de promesas incumplidas.


Cuando un país depende de donaciones externas para alimentar a su población, el problema ya no es coyuntural, sino estructural. Y esa dependencia, más que cualquier embargo o sanción internacional, es uno de los indicadores más claros del fracaso económico del modelo instaurado en Cuba desde 1959.


La travesía de menos de dos días entre Veracruz y La Habana simboliza una contradicción profunda: la ayuda humanitaria puede cruzar el Golfo de México en cuestión de horas, pero la solución económica para Cuba sigue atrapada en un sistema que no ha querido reformarse.


Después de casi setenta años, Cuba sigue importando alimentos para sobrevivir. Y cuando una revolución necesita ayuda internacional para alimentar a su pueblo, la historia ya ha emitido su veredicto.