En el centro del tablero reaparecen, el mismo día, dos fantasmas que no se han ido del todo: Andrés Manuel López Obrador, para apuntalar, tirar línea y tirotear a sus opositores; y Felipe Calderón, para advertir sobre el regreso de una “nueva versión de la dictadura perfecta”… mientras le “cortan” la cabeza en Los Pinos.
Los expresidentes vuelven cuando la mesa se pone caliente y lanzan sus trompos: uno, para sostener el relato; el otro, para cuestionarlo.
Y lo hacen en una semana de brujas, particularmente complicada para la 4T.
Cuando alrededor de Morena hay disputa por las candidaturas de 2027; cuando el hijo de AMLO, “Andy”, vuelve a estar bajo escrutinio por señalamientos sobre presuntos vínculos con el crimen organizado; cuando el caso Jorge Amílcar Olán –cuyo paradero fue descubierto en Suiza- no termina de apagarse; y cuando la captura del “Capitán Sol” vuelve a poner sobre la mesa el huachicol fiscal y el tsunami en la Marina.
En ese contexto vuelve López Obrador el miércoles 30 de septiembre.
Otra vez desde La Chingada.
Por sexta ocasión rompe el silencio desde que dejó la Presidencia de la República y lo hace como quien no puede evitar asomarse a la ventana cada vez que siente que el viento sopla en contra de su casa.
Sale en un momento crítico para su movimiento político, con el argumento de presentar un nuevo libro al que titula Pueblo. Dice que se jubiló de la política. ¿Y qué hace?
Lanza el rompetrompos con un mensaje cargado de política y burlas.
A su estilo clásico: zarandea y ofende a opositores, expresidentes, medios y periodistas. Los acusa de neofascismo y de ser “achichincles”. Asegura que Estados Unidos tiene una sociedad en decadencia y hasta anuncia que escribirá otro libro para aconsejar a los vecinos del norte.
Y, por supuesto, apuntala a Claudia Sheinbaum: “la mejor presidenta del mundo”, dice.
Hay un tema que abordó con reproches y más acusaciones: las redes sociales.
Para López Obrador ya no existen “la benditas redes sociales”, que así él mismo bautizó, porque ya no le son útiles a Morena y a la 4T. Porque perdieron buena parte de la narrativa.
Hoy, asegura, están controladas por potentados y grupos de poder económico, que usan granjas de bots, algoritmos e internet para difundir mentiras y manipular. Ya no es como cuando el macuspano dominaba la conversación.
Y por ello tiró línea: “mucho ojo, mucho ojo, primos hermanos” con lo que circula en redes y medios, porque —según su relato— los que antes se sentían dueños de México están enojados y usan esas herramientas para calumniar.
En su mensaje de una hora con 20 minutos en X y Youtube, da vueltas entre el populismo historiográfico y el respaldo a la sucesora.
Pero cuando se detiene, la pirinola cae siempre en la misma cara: el silencio espeso y deliberado sobre el hijo al que no menciona ni de refilón.
Ni una sola mención a “Andy”. Ni una sola referencia a los señalamientos de The New York Times sobre posibles vínculos con el crimen organizado y huachicol.
El silencio de AMLO es elocuente.
“Andy” López Beltrán, a su vez, sólo reaparece en redes para promover el libro del papá, compartir frases de soberanía y humanismo, pero se queda en el silencio paterno.
El padre no lo nombra. El hijo no se defiende.
Y la 4T sigue girando entre acusaciones, fracturas internas y el fantasma de los comicios de 2027.
La “cabeza” de Calderón
Mientras AMLO reaparece desde La Chingada para sostener el relato de la 4T, su enemigo político, Felipe Calderón, al que acusa de robarle la elección de 2006, vuelve a escena desde otro extremo del tablero.
El mismo miércoles 30 de septiembre, en el Foro América Libre 2026: Unidos por la Libertad efectuado en la CDMX, el ex presidente advirtió sobre el regreso de una “nueva versión de la dictadura perfecta”, ahora bajo el dominio de Morena.
Su argumento fue directo: las democracias no necesariamente mueren por un golpe de Estado; también pueden morir desde adentro, cuando quienes llegan al poder mediante las urnas utilizan esa legitimidad para debilitar contrapesos, someter órganos electorales, capturar al Poder Judicial y hostigar a la prensa.
También lanzó una advertencia a Claudia Sheinbaum: el mayor enemigo de los mexicanos es el crimen organizado y no la oposición.
La respuesta presidencial no tardó. Sheinbaum ironizó con que sería “una joya” escuchar a Calderón hablar de democracia y lo remitió a Genaro García Luna, a los homicidios registrados durante su sexenio y a otros episodios de su gobierno.
Calderón ha sido convertido por el oficialismo en uno de sus principales “villanos favoritos”. Recurre a él cada vez que busca confrontar el presente con el pasado y cada vez que busca justificar los errores del gobierno morenista.
Y si la Jefa del Ejecutivo dice que sus opositores tienen una obsesión con AMLO, el morenismo también la tiene con Calderón.
La ironía, esta vez, estuvo en Los Pinos.
La estatua de Calderón llevaba más de un año en el suelo, después de que un árbol la derribara en julio de 2025.
Los Pinos ya no es la casa presidencial. Desde 2018 es un complejo cultural de propiedad federal y su conservación está bajo responsabilidad de la Secretaría de Cultura.
Desde ahí permitieron que la estatua permaneciera en el piso. Entre hojas y lodo.
El miércoles pasado, mientras Calderón hablaba de democracia, poder y contrapesos, su estatua fue vandalizada por ex trabajadores de la extinta Luz y Fuerza del Centro, afines la 4T… y terminaron por decapitarla.
Así, en un solo día, dos expresidentes volvieron a ocupar el centro del tablero.
Uno para sostener su relato.
El otro para cuestionarlo… mientras una cabeza terminó rodando por los suelos.
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