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elcristalazo.com

Pocas cosas en el mundo pueden ser tan elusivas, relativas y anheladas y —quizá por eso mismo— tan necesarias como la libertad.

Ya sabemos, ella es junto con la fraternidad y la igualdad, el anhelo instituido por la revolución de los Derechos del Hombre, cosa tan arcaica como machista porque los revolucionarios de La Bastilla olvidaron en su proclama a las mujeres y también a los no binarios y LGTetc y más.

O al menos eso dirían quienes han hecho del feminismo y la “diversidad” la industria política más rentable de los últimos años y también quienes acusan de misoginia a Delacroix por haber pintado a la libertad como una despechugada con gorro frigio, con una bandera tricolor mientras arenga (cosificada) y conduce al pueblo (como estereotipo sexista) al paraíso mientras a sus pies se marchitan los muertos en la defensa de los oprimidos.

Aun cuando he mencionado en el párrafo anterior la Toma de la Bastilla, Delacroix no pintó la alegoría de la libertad con las tetas al fresco (la frase es de Carpentier, en “Concierto barroco”, por si alguien le quiere reclamar), con la bandera en alto y el gorro frigio bien puesto, en ocasión de ese levantamiento, sino de otro, ocurrido poco después, la llamada Insurrección Burguesa, la cual –como todos sabemos— ocurrió entre los días 27 y 29 de julio de 1830 para echar a Carlos X quien además de haber suprimido el parlamento iba tras la libertad de prensa.

Ya tenía listos sus lineamientos cuando el pueblo se le vino encima.

Y Delacroix lo dejó plasmado en un magnífico cuadro de cuya historia, explicación, análisis, simbolismo y significado cualquiera puede enterarse con todo detalle, si acude al Museo del Louvre (así sea virtualmente, si le da pereza ir a París).

Ahí le cuentan todo y le proporcionan información sin opinión y con derecho de réplica, pues en ese museo (cuando no está cerrado, en huelga; remodelación o lo acaban de robar), hay un defensor de las audiencias y los espectadores, porque además de ver los cuadros, se rentan audífonos para oír las visitas con guía de I.A.

Bueno, pero la libertad es muchas cosas y no es nada, a fin de cuentas. Es una ilusión, una palabra inalcanzable, un anhelo, una condición a veces onírica y un derecho humano largamente acariciado -casi siempre disfrutado relativamente, como la felicidad– pero limitado como ningún otro.

Vivir en sociedad (o en familia o en comunidad o en grupo o bajo el rigor del Estado), es perder trozos de libertad. Y su más grande enemigo es el gobierno. Cualquier gobierno.

Como decía George Orwell a quien de unos días para acá he citado varias veces: vivimos en el vientre de la ballena, cómodamente instalados en el acto de mayor irresponsabilidad imaginable.

En este sentido, aquella horrible advertencia de los años 40 nos lleva a reconsiderar estas ideas: “casi con toda seguridad nos adentramos en una época de dictaduras totalitarias, una época en la que la libertad de pensamiento en primera instancia será un pecado mortal. Y después una abstracción carente de sentido. El individuo autónomo va a desaparecer de la faz de la tierra…”

Si quitamos la pena de muerte, el peor castigo y el más frecuente es la pérdida plena y real de la libertad. La prisión, el bote, el apando, pues. Quien pierde la libertad lo pierde todo; la dignidad, la humanidad, el respeto, el albedrío.

Pero sin llegar a los escenarios horrorosos de Blair y en tanto aún no vivimos (todavía) en una dictadura totalitaria hay aspectos de nuestra vida cotidiana por los cuáles nos deberíamos preocupar mucho porque son jirones de nuestra imaginaria libertad, rasgados con el alambre de navajas de la burocracia en el gobierno.

No hace falta perder la libertad plenamente. Nada más lo conmino a buscar una cita en el sistema danés de salud cuya excelencia nos domina.

Sus decenas de horas de trámites, filas, colas, papeleo, son casi, casi como una temporada en el castillo de If donde Edmundo Dantés purgaba una prisión injusta de la que solo pudo escapar disfrazado de cadáver, para seguir con otro ejemplo francés.

Si usted quiere atención médica muérase y el forense le hará la autopsia con la velocidad no vista cuando hacerlo de modo diligente, le habría ahorrado el viaje al Mictlán, aunque de todos modos ni muerto se salvará de esperar un turno.

Hablar de la libertad es una maravilla cuando usted no puede comprar un automóvil o una casa o cualquier cosa con metálico ni deducir fiscalmente la gasolina de su auto (una vez satisfechas dos inútiles verificaciones anuales), si ha pagado con efectivo. El dinero contante y sonante se ha convertido en objeto de sospecha, no en moneda de curso legal y usted dejó de ser un ciudadano (sin gorro frigio), para convertirse en un sospechoso. El fisco recibirá el pitazo de la concesionaría automotriz, el banco o la inmobiliaria. ¿Quén pompo?, le dirán, excepto sin usted recauda fondos para su hermano y se los ministran en sobres amarillos. Ahí sí, ni pío dicen.

En este país todos somos sospechosos.

Si usted se dedica a este oficio (por su bien espero otra cosa), usted vive bajo la acusación poco libertaria del rencor chayotero, excepto si se vuelve yutubero aplaudidor mañanero o se sabe al dedillo las obras completas del circo Ataibo, las reinas chulas o Carlitos Monsivais con todo y estanquillo.

Todos somos limpiadores de capitales, mientras no demostremos lo contrario. No importa si en el extremo de la inteligencia financiera declara mes a mes y año con año los impuestos por su trabajo (o sus trabajos). Le gravarán su pensión y pretenden también gravar su herencia, si alguien le deja algo después de la vida.

Además, usted debe registrar su número telefónico, dispersar sus datos para facilitarle el trabajo a quien quiera meterse a su casa, apropiársela y entregarla al beneficio del “Cártel del despojo” (tolerado). Además, debe avisarle al banco dónde está y confirmar su ubicación mediante una App de geolocalización en su banca móvil.

Si no; no puede usted hacer uso de la tecnología porque para eso están sus datos biométricos en la CURP y la credencial del INE y la cartilla militar y la licencia de conducir, porque la huella digital es también un dato físico. Y todo eso lo tienen también en sum poder los gringos, le hayan dejado o retirado a usted la visa.

Esas son también limitaciones a la libertad bajo el pretexto del combate al crimen organizado, lo cual a veces sirve para que ese mismo crimen le meta el talento del hacker (y del banco) a su cuenta móvil y lo deje tan encuerado de arriba y de abajo (lo peor), como la alegórica libertad del gran pintor Delacroix de quien ya hemos citado aquí.

No hay libertad cuando se pagan tributos (como tlaxcalteca a Moctezuma– ni antes, porque de niño lo harán leer los libros mal hechos de la Nueva Escuela Mexicana. Tampoco la tuvo –desde chiquito— cuando sus padres lo confirmaron y lo llevaron a misa. Tampoco la tuvo si lo bautizaron con el nombre de Andrés Mamerto Eulogio Catarino.

Pero, en fin, la vida humana es una larga lucha entre la realidad y la ensoñación de ser libre. La vida cotidiana contra el fantasma de la libertad. No hablaremos de otros yugos porque para eso existe la palabra cónyuge.

No explicaremos ahora como un bache cada metro y un tope de a tres por cuadra alteran el sentido de libertad. Tampoco diremos ahora nada de los precios al alza, ni los carriles para ciclistas, ni la invasión de las motocicletas, ni los idiotas con patín del diablo sobre las banquetas, mucho menos del linchamiento de dos pobres diputadas poblanas (devotas de la 4-T) quienes, por hacer un par de chistoretes sobre la vejez, han sido suspendidas en sus derechos partidarios por la Gestapo de Morena. Ya las veremos suplicando el perdón. Pobres, además del “oso”, el ridículo. En ese partido se puede sobrevivir y ser protegido si el Departamento de Justicia de Estados Unidos reclama la extradición, pero no cuando se es políticamente incorrecto sobre ninguna persona en particular.

Quizá por eso Sartre dijo: el infierno existe: son los otros.