Ya ni Juanito puede ir al estadio.
Porque la Copa del Mundo, aun cuando el futbol sigue siendo el deporte más popular del pueblo, ha sido diseñada para otro tipo de consumidor: para el turismo internacional, para los patrocinadores globales, para el streaming y el hospitality premium.
No es para el niño que juega en las canchas de futbol llanero del Deportivo Los Galeana o de la Magdalena Mixhuca; para el que patea la bola en una calle de Iztapalapa, Ecatepec o Nezahualcóyotl; o que todavía sueña, desde la Sierra de Oaxaca, con anotar en el Estadio Azteca.
Ya no es para el Juanito con sombrero y símbolo del México 70 que representaba al niño mexicano común. Al hijo del obrero, del comerciante, del empleado público o del maestro de escuela.
En 1970 fue la mascota oficial del Mundial. Medio siglo después Juanito ya no tendría lugar en las tribunas.
Porque ese mismo Juanito tendría que destinar una parte sustancial de su ingreso mensual para adquirir una entrada para un partido de la primera fase. Para la inauguración, simplemente sería inaccesible.
Según documentó ESPN Deportes, en la Copa del Mundo de 1986 los aficionados podían asegurar su lugar en un partido con medio día de trabajo.
Para el Mundial 2026 los precios oficiales, solo para la inauguración entre México y Sudáfrica, se ubicaron entre 370 y mil 875 dólares (seis mil 400 pesos y 31 mil 600 pesos).
Así, la ceremonia de apertura del 11 de Junio en el Azteca quedó prácticamente fuera del alcance de Juanito, porque el modelo de comercialización actual de la FIFA prioriza maximizar ingresos y deja al aficionado local de escasos recursos fuera de las gradas.
Entonces ¿cómo podemos seguir llamando fiesta popular a un espectáculo al que buena parte del pueblo ya no puede acceder?
Lo paradójico es que mientras el negocio del futbol acumula cifras récord, el aficionado que lo hizo posible ocupa cada vez menos espacio dentro de la fiesta en los estadios.
Porque la FIFA acabó dejando fuera a Juanito de la fiesta que ayudó a construir, incluso, de la propia televisión, porque ahora, para ver completo el Mundial, también tiene que pagar una plataforma digital.
Y la pregunta es: ¿Qué ocurre cuando un espectáculo nacido del pueblo deja de ser accesible para el pueblo?
¿Qué pierde primero: el negocio o el pueblo?
Pero mientras el balón sigue rodando sobre una alfombra verde, el trompo de millones de mexicanos no deja de girar sobre el piso cacarizo de las calles y las plazas.
Porque el balón podrá pertenecer al negocio. Pero la pasión seguirá siendo del pueblo.
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