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Retrato de una vida dedicada al periodismo y a la familia, construida desde la responsabilidad, la lealtad y la certeza de que las acciones pesan más que las palabras

En el oficio periodístico hay una paradoja que uno aprende con el tiempo: dedicamos la vida a contar la de otros. Registramos hechos, reconstruimos biografías, damos contexto a trayectorias ajenas y relatamos despedidas solemnes. Pero cuando llega la muerte propia o la de un colega cercano, pocas veces queda una voz que deje constancia de lo que fuimos. Esa ausencia pesa. Por eso asumí el deber de escribir esta crónica: porque Francisco “Paco” Gómez merecía que su historia quedara contada con la misma dignidad con la que él narró tantas otras, y porque su vida no debe quedar reducida a un recuerdo disperso o a un anuncio fúnebre, sino a un testimonio que al menos haga justicia a su manera de transitar en el mundo

José Francisco Paco Gómez Flores, nació en la Ciudad de México, en una época en la que las familias numerosas eran un desafío cotidiano. Fue el tercero de diez hijos, una posición que le enseñó desde muy joven a convivir, compartir y negociar. En aquel ambiente, donde la vida transcurría entre tareas escolares, juegos callejeros y responsabilidades compartidas, él desarrolló un sentido natural de pertenencia y apoyo.

En la sala funeraria donde reposaba su cuerpo, conversé largo rato con su madre, Lina Flores Arreola, su esposa Sandra Ramírez Ávila y con sus hermanas Guadalupe y Juana Inés Gómez Flores. Entre la congoja que aún les oprimía el pecho, abrimos juntos el baúl de su memoria: recorrimos su estancia en la Colonia del Valle, el sobresalto del traslado a Santa Cruz Meyehualco, los años de estudio, sus primeras inclinaciones al periodismo, sus trabajos, sus viajes y los momentos que marcaron a la familia. Cada recuerdo surgía con la claridad de lo vivido hace apenas unos días, como si al evocarlo intentaran retenerlo un poco más frente a la ausencia reciente que todavía pesaba en todos.

Su infancia comenzó en la Colonia del Valle, un barrio estable y seguro en aquellos años. Su padre, Raúl Gómez Monroy, era mecánico y taxista, reconocido por su habilidad y honestidad. Su madre, Lina Flores Arreola, sostenía el hogar con disciplina y afecto. Pero ese espacio, que parecía destinado a acompañarlos toda la vida, cambió inesperadamente.

Con la instauración de los ejes viales promovidos por el entonces regente Carlos Hank González, la ciudad entró en un proceso profundo de reconfiguración urbana. Varias calles fueron intervenidas y numerosas viviendas terminaron expropiadas o demolidas. Entre ellas, la casa de los Gómez Flores.
Su madre recuerda cómo pasaron maquinaria y tiraron muchas casas. Ante la necesidad de reubicación, la familia aceptó trasladarse a Santa Cruz Meyehualco, donde les otorgaron un predio. Allí, en un entorno nuevo, Paco y sus hermanos crecieron, estudiaron y reconstruyeron su vida cotidiana.

Ese cambio marcó su adolescencia. Santa Cruz Meyehualco le ofreció un paisaje distinto, más rudo, más extenso, pero también comunitario. En ese escenario, Paco siguió siendo el joven alegre que hacía reír a todo un salón; a pesar de las transformaciones externas, su carácter se mantuvo firme.

Fue también en esos años cuando protagonizó una anécdota que su familia sigue recordando: cada vez que su maestro de nombre Bernabé pasaba lista y pronunciaba “Francisco Gómez”, él se levantaba los pantalones como caricatura, arrancando risas contenidas en el salón. Aun cuando el maestro lo sacaba del aula, lo hacía sin enojo real. Paco tenía ese don natural para la picardía sin malicia. Su madre recuerda que él era el centro involuntario del humor escolar. No era rebeldía; era espontaneidad. Pero esa espontaneidad lo llevó a no terminar la secundaria tradicional.

Cuando el sistema escolar cambió, el director de la Técnica 90 lo llamó para despedirse. Le dijo que lamentaba profundamente no poder conservarlo como alumno, porque veía en él responsabilidad y talento. Fue entonces cuando ingresó a una secundaria nocturna para trabajadores. Ahí tomó una decisión importante: demostrar que podía disciplinarse. Realizó sus exámenes con dedicación y obtuvo buenas calificaciones. Ese momento marcó el inicio de su autodeterminación.

Antes de ingresar a esa nueva escuela, le dijo a su madre: “Llévame, aunque sea, a una escuela de esas donde se estudia en las noches; yo quiero hacer la secundaria… me da pena, mamá”. Era vulnerabilidad, pero también una decisión firme de no quedarse atrás. El ambiente de la nocturna era duro: alumnos mayores, maestros cansados, disciplina irregular. A pesar de ello, Paco avanzó. Se concentró, cumplió, y lidió con un entorno que no facilitaba el estudio.

Después ingresó al CCH Sur. Le prometió a su madre que sacaría puros MB. Cumplió. Ese compromiso personal, basado en la responsabilidad silenciosa, sería una constante durante toda su vida.

“No sé hacer nada, salvo escribir”

Paco solía reírse de sí mismo cuando hablaba de sus habilidades prácticas. Su hermana Juana Inés recordaba que él mismo decía: “qué bueno que aprendí a escribir, porque no sé hacer ni poner un clavo”. Aquella frase, repetida con ironía, sintetizaba su relación con las tareas domésticas: no sabía cambiar un foco ni resolver los arreglos más simples, pero dominaba el oficio periodístico. “No sé hacer nada —decía—, salvo escribir”. Esa autocrítica amable se volvió, con los años, una de las anécdotas más citadas en su familia.

Por ejemplo, también me cuentan de su entrañable amistad con Armando Barragán, con quien desde niño conservó una gran identidad y actualmente vive en Canadá. A pesar de la distancia, se hablaban horas por teléfono; un vínculo de raíz, de los que sobreviven al tiempo.

Paco eligió estudiar Ciencias de la Comunicación en la UNAM cuando la carrera apenas comenzaba a definirse socialmente. Le explicó a su madre que, con el tiempo, entendería en qué consistía. La escritura sería su modo de expresión.

Su llegada al diario Unomásuno fue un punto decisivo en su vida profesional. Ingresó junto con su cuñado, Ernesto Zavaleta, y ambos creyeron que serían reporteros de entrada. Pero la realidad en aquel periódico, dirigido con rigor por Manuel Becerra Acosta, era otra. Yo y varios de quienes nos convertimos en sus colegas de larga data, le llevábamos algunos años más en el oficio y sabíamos que muy pocos ingresaban directamente como reporteros.

Los bisoños sólo podían hacerlo como aspirantes, modestos auxiliares conocidos como “huesos”. Su tarea era apoyar, aprender y esperar. Con constancia y disciplina, años después ambos jóvenes fueron promovidos a reporteros con plenos derechos, al igual que muchos de los otros aspirantes y entusiastas, como Óscar Vázquez, Javier Ramírez, Hilario Monroy y Emilio Vázquez, quienes transparentaban su vocación reporteril. Esa fue su verdadera graduación profesional.

Paco tenía un rostro franco, de facciones definidas y una mirada cálida. Sus ojos oscuros daban confianza. Llevó casi desde siempre una perilla recortada, una franja localizada únicamente en la barbilla. El vello formaba una pequeña franja vertical bajo el labio inferior y descendía hasta la base de la mandíbula. Era una perilla discreta, que enmarcaba su sonrisa y reforzaba esa expresión amable y tranquila que lo caracterizaba; su cabello negro, peinado hacia atrás, completaba una presencia accesible y amable.

Recordaron también algo que lo distinguía en lo cotidiano: Paco era extremadamente pulcro y ordenado. Tenía un ritual sencillo pero entrañable antes de salir de casa. Le gustaba oler bien. Se aplicaba generosamente la loción —a veces incluso en el bigote—, y si la sensación no le convencía, volvía a empezar. Lo mismo ocurría con la ropa: podía cambiarse dos o tres veces hasta sentirse cómodo con la camisa elegida. Aquella mezcla de cuidado personal y cierto perfeccionismo, le provocaba retrasos inevitables, pero también revelaba su extrema pulcritud.

Exhibía además una discreción inteligente y un sentido del humor que hacía más llevaderas aquellas largas jornadas. Su estilo era directo. Observaba antes de preguntar. Tomaba al teléfono las notas de los reporteros “mayores”, cumplía diversos encargos y cuando por fin le llegó la oportunidad de abandonar la condición de auxiliar, ya elaboraba notas claras y precisas. Sabía que en el diario no se competía por protagonismo, sino por rigor. Al paso del tiempo, como reportero en varios medios, viajó a España, Japón y otros destinos. Cada envío lo asumió como un ejercicio de responsabilidad. Fue un reportero disciplinado y confiable.

Trayectoria con estabilidad y profesionalismo

De esa época quedó una anécdota reveladora: en una reunión, el bromista Paco presentó a su cuñado Ernesto como si fuera “director del Reclusorio”, cuando en realidad era un reportero joven. Ese humor afectuoso era típico de él: engrandecía a los suyos con gracia y sin exageración hiriente. También participaron en muchas fiestas emblemáticas en el diario, donde los reporteros convivían más allá de la presión cotidiana. Esos encuentros consolidaron amistades que sobrevivieron décadas.

Tras su salida de Unomásuno, trabajó en el diario La Crónica y más tarde en El Universal, donde luego de ser reportero A, alcanzó el cargo de jefe de información. También fue colaborador de La Silla Rota. Su trayectoria avanzó con estabilidad y profesionalismo.

En 2012 y 2013 se sometió a operaciones cardiacas que marcaron una etapa distinta. La jubilación llegó poco después, alrededor de 2015, cuando su salud exigía otro ritmo de vida.

Años atrás había hallado un refugio esencial en su relación con la también periodista Sandra Ramírez Ávila, con quien contrajo matrimonio en 2007. Con ella formó una familia estable, cálida y respetuosa; sus hijos, Emiliano y Matías, se convirtieron en el centro de su vida. Nada lo conmovía más que acompañar su crecimiento, sus inquietudes y sus estudios. En ellos depositó una parte profunda de su identidad.

Sandra me relató que conoció a Paco en el comedor del periódico El Universal, cuando ambos trabajaban ahí. Ella tenía 26 años y él 43. Paco llegó acompañado de una editora amiga de ambos, vio a Sandra sonreír y quedó impresionado. Desde ese día preguntó quién era, la buscó en distintas áreas del diario y finalmente se presentó ante ella. Sandra dudaba por la diferencia de edades, pero Paco insistió con un temple tranquilo, sin presiones, hablándole de su oficio y mostrándose siempre respetuoso. Antes de aceptar una cita, ella preguntó entre colegas quién era aquel reportero, y todos respondieron lo mismo: “es una buena persona”. Ese consenso, dijo, fue decisivo.

La presentación formal la hizo el periodista Arturo Jiménez, a quien Paco buscó deliberadamente para propiciar el encuentro. Sandra recuerda con nitidez ese gesto y cómo Paco le agradeció durante años que Arturo hubiera tendido ese puente. Le impresionó descubrir que, dentro del diario, sus compañeros lo reconocían como un reportero firme, de los que tomaban los temas más difíciles, y también como alguien que sabía orientar y proteger a los jóvenes que empezaban. Esa mezcla de madurez profesional y trato respetuoso cimentó su relación.

Sandra me habló también de la importancia de la casa de San Bartolo, un proyecto que construyeron desde cero entre los cuatro miembros de la familia: Paco, ella, Emiliano y Matías. Eligieron materiales, hicieron arreglos y viajaban con frecuencia para supervisar la obra. No era un plan estético, sino una apuesta por un refugio familiar. Volvió un lugar querido. Por eso el último viaje —hecho por los cuatro, para despedirse de la casa ante la posibilidad de venderla—, tuvo un sentido especial. Ubicada entre Villa del Carbón y Atlacomulco, la casa ofrecía algo que ambos valoraban: calma absoluta. “A las ocho de la noche ya no hay nadie”, decía Sandra, y eso bastaba para entender la elección del sitio.

Ella también conversó sobre tipo de convivencia que mantuvieron como pareja: una relación sin disputas desgastantes, sostenida por el respeto y la consulta mutua. Paco no alzaba la voz. Prefería hablar, explicar, razonar. Antes de cada decisión importante, le preguntaba su opinión. Para Sandra era evidente que, más allá del oficio, él tenía claro que su prioridad era la familia. Lo recordó como un padre atento, cuidadoso, presente, firme sin dureza.

Compartió también detalles íntimos que retratan la manera en que Paco vivía la paternidad. Cada mañana preparaba el desayuno de sus hijos y no se limitaba a servir: se detenía a acomodar los platos “hasta que se vieran bonitos”. Disfrutaba ese ritual. También era él quien llevaba al pequeño Matías a los entrenamientos y partidos de futbol, bromeando siempre con la misma frase: el primer millón que ganara como futbolista tendría que ser para él. Ese humor sencillo acompañó su crianza durante años. Y cuando hace un año a Sandra le diagnosticaron lupus y estuvo hospitalizada un mes, Paco no permitió que nadie más se quedara a cuidarla. Durmió ahí todas las noches, atento, vigilante, fiel

El hermano que siempre abría puertas

El también Premio Nacional de Periodismo Pagés Llergo 2011, creció entre nueve hermanos —Miguel, Raúl, Guadalupe, Eduardo, Juana Inés, Rafael, Rocío, Angélica y Lina—, cada uno con una historia distinta que, sin embargo, se entrelazaba en los afectos y responsabilidades de una familia amplia. Esa estructura familiar lo formó desde niño y reforzó su inclinación natural a ayudar, mediar y acompañar.

Sus hermanos lo recuerdan como un hombre que siempre abría puertas. A uno lo recomendó para un tribunal; a otro, para el Ministerio Público. Era un mediador natural. Su madre también habla de sus visitas constantes, de los detalles que llevaba sin avisar, de la atención cotidiana. Paco ejercía la paternidad filial, respondiendo con acciones. Entre todos, ocupó un lugar singular: era el hermano que resolvía, que intervenía cuando era necesario y que nunca dejó de estar presente.

En lo personal era un hombre sobrio. No se aferraba a objetos; vivía con lo necesario. Prefería la mesura al exceso y uno de sus proyectos más queridos fue la casa que construyó en San Bartolo, en Morelos. Él mismo trazó los planos, eligió materiales y supervisó cada detalle. Aquella casa tenía significado profundo: piedra volcánica, pisos de madera, terraza amplia, árboles frutales. Para él, era un futuro posible. Pero su actual situación económica lo llevó a considerar venderla, hecho que lo resintió profundamente. Semanas antes de su muerte, viajó a la propiedad en compañía de su familia. Ese retorno tuvo un peso íntimo que hoy cobra otra dimensión.

Su deterioro físico comenzó en los pasados días, con un problema de características bronquiales que al paso de las horas se transformó en malestar y agotamiento extremo. Fue hospitalizado primero en el Hospital de los Venados, donde se habló de neumonía, pero su cardiólogo rechazó el diagnóstico. Le administraron algunos medicamentos y volvió a casa a recuperarse. Sin embargo, ante el recrudecimiento de sus malestares, al cabo de unas cuantas horas, ingresó esta vez al hospital Siglo XXI.

Estuvo ingresado desde el viernes 28 de noviembre. El sábado conversó optimista y el domingo hizo planes. No imaginaba su gravedad. El lunes amaneció muy débil, con dolores y un cansancio profundo. Ahí comenzó el colapso. Fue intubado, pero falleció pocas horas después, el 1 de diciembre.

Según el parte médico que me lee su esposa Sandra, su muerte fue debido a una endocarditis causada por una bacteria —proveniente quizá de una pequeña perrita que convivía con ellos—, que se alojó en el pericardio, derivando en un síndrome de dificultad respiratoria. Sandra, aun con el documento en mano, no lograba entender cómo aquella bacteria avanzó tan rápido.

La noticia de su fallecimiento permeó también las redes sociales y el espacio que los exreporteros e integrantes de aquel Unomásuno mantenemos en WhatsApp.

A su sepelio, acudieron muchos de sus antiguos colegas y familiares. El espacio en la funeraria Gayosso estuvo inundado de flores blancas, lirios y rosas que suavizaban la sala. El féretro color caoba reposaba bajo una luz tenue,

acompañado por dos cirios y una cruz floral. En el centro, una fotografía suya recordaba su serenidad habitual. Las coronas lo abrazaban simbólicamente en un semicírculo de afecto. Era un sitio pensado para la ternura, un lugar donde la despedida podía hacerse con calma.

Está por demás decir que la familia de inmediato resintió el golpe de la pérdida. Su madre, su esposa y sus hijos, cada hermano, cada sobrino, cada amigo, halló un recuerdo distinto para sostenerse.

Su cuñado Ernesto Zavaleta escribió un texto-homenaje, titulado “¿Y tú qué haces aquí?”, donde evocó la primera vez que habló con Paco y cómo ese encuentro fortuito los llevó a una amistad de cuarenta y cinco años.

Ambos estudiaban en la UNAM, compartían sueños, pero no cruzaron palabra hasta que se encontraron en la sala de la casa familiar de Paco, quien se mostró sorprendido por el noviazgo de Zavaleta con su hermana Guadalupe. “¿Y tú qué haces aquí? —le reclamó. Pero el encuentro fortuito se volvió destino. Recordó su ingreso conjunto al Unomásuno en noviembre de 1981. Ambos llegaron el mismo día, sin saber manejar una máquina de escribir Olivetti y sin imaginar que caminarían juntos en el oficio durante décadas.

Compartieron guardias, madrugadas, coberturas difíciles, y también las celebraciones familiares: bautizos, bodas, cumpleaños, navidades. Con el tiempo, cada uno tomó su rumbo profesional, pero la amistad no se rompió. Siguieron encontrándose, conversando, riendo, recordando.

La vida los alejó en lo laboral, pero jamás en lo humano. Se volvieron hermanos no por sangre, sino por vivencias. Zavaleta reconoce que, con la muerte de Paco, a los 63 años, pierde mucho más que un cuñado: pierde un hermano en la práctica, un compañero de ruta, un testigo de su vida adulta y un aliado silencioso que estuvo ahí durante cuarenta y cinco años.

El héroe, el mejor padre y los monstruos bajo la cama

Emiliano, su hijo mayor, describió a su padre con gran claridad. Dijo que había sido increíble, y que cada persona con la que había hablado coincidía en esa afirmación: amigos suyos y de su hermano Matías, padres de compañeros, colegas del oficio, familiares. Todos repetían la misma idea, como si fuera una verdad natural. Lo describió como un bromista nato, el más querido de todos. Para él, su padre siempre tuvo algo de héroe. Y cuando le preguntaban por qué, aclaró que no hablaba de fuerza física, sino de esa otra fuerza más silenciosa, que es la capacidad de resolver problemas con una facilidad que parecía inagotable. Recordó su fortaleza en los momentos difíciles, la manera en que sostenía la sonrisa incluso cuando la vida se volvía dura. “No hay mejor persona —dijo—, y mucho menos mejor padre que el que yo tuve. Esa es mi verdad”.

Matías, por su parte, evocó a su padre con una imagen que él mismo le había contado tiempo atrás: un lugar donde no llegan la lluvia ni la tormenta. Allí despertaba sin frío ni calor, caminaba hacia un bosque silencioso y encontraba una cueva cálida, capaz de hacerlo olvidar lo que pesaba afuera. En ese relato —que Paco narraba mientras desayunaba café y frutas—, aparecía una mujer que él no reconocía, y cuando su hijo le preguntó quién era, respondió con naturalidad: “creo que fue la Virgen, hijo”.

Reseñó que el mundo se sostiene en pilares silenciosos: la sonrisa, la empatía, el afecto y que quienes los encarnan no suelen hablar de ellos. Por eso su hijo eligió no mirar su muerte como una despedida, sino como el cierre de una lección. Recordó también la frase que su padre le pedía repetir cuando Matías quería pedirle un favor —“por favor, papito lindo”—, y concluyó que ahora le tocaría a él preparar el café de la mañana con la misma pasión, y buscar a sus propios monstruos bajo la cama. “Estaremos bien —aseguró—, hiciste lo suficiente. Una vez más, el bien triunfó sobre el mal, ¿verdad? —le preguntó.

Ese recuerdo, compartido en la sala del velatorio donde descansaba Paco, condensó lo que muchos sentían: que se iba un hombre bueno, como francamente hay pocos, que dejó huella en las personas, no por lo que dijo, sino por lo que hizo y por la forma en que se mantuvo presente con su familia y con sus ya viejos compañeros del oficio periodístico.

Ellos, los veteranos periodistas de hoy, le acompañaron en lo que fue su última tarea como ser humano: cerrar su tránsito terrenal con la misma entereza y discreción que caracterizó toda su vida. Descanse en paz.