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elcristalazo.com

Una receta infalible de la política es prometer los dones de un improbable futuro casi nunca logrado en las dimensiones de la oferta inicial, y condenar las perniciosas circunstancias dejadas como lastre histórico por los antecesores, especialmente si se trata de antagonistas ideológicos. Cuando se trata de una herencia defectuosa, mezclarlo con el vacío.

La filosofía nos dice:

“[…] parece existir una armonía que permitiría pensar a los hombres, que han quedado atrás muchas cosas perniciosas y que existe un futuro mejor. […] La ilustración cree en la razón y en la perfectibilidad del hombre. Ve, por lo tanto, a la historia como el lento camino del hombre hacia la perfección.” (Vázquez, 1978 p. 85-86).

Obviamente eso suena como un optimista pensamiento feliz, pero en la crudelísima ciencia del engaño político (su materia prima) las cosas son muy diferentes.

No se necesita ser Hawkins con su teoría de los agujeros negros para darse cuenta de cómo en la política mexicana se ha producido un hoyo gigantesco en la continuidad del tiempo.

El pasado existe –en tanto se comprenda como una perniciosa tara– de 2018 hacia atrás. Después –por 6 años– es un limbo acrítico en sentido negativo y la antesala del paraíso transformador.

El presente es ahora mismo, el futuro –como promesa de bienestar– será cuando terminen los proyectos inacabados y largamente prometidos y en el medio del hoy visible y cierto y aquel pasado condenable hay una laguna luminosa: el sexenio pasado no ha existido excepto como incubadora de las grandes realizaciones ahora por alcanzar o por continuar.

Por eso cuando algo negativo en relación con el ayer (no con el anteayer) sucede, de inmediato el recurso justificante y la condena desaparecen los seis años iniciales de la rimbombante Cuarta Transformación y todo recae, no en el pasado sino en el antepasado.

Obviamente ni locos podríamos aceptar ahora aquellas ideas de Kant sobre un designio providencial del paso humano por la flexible historia.

“…Como nosotros sólo conocemos este mundo en una pequeña parte y, aún menos, podríamos compararlo con todos los mundos posibles, podemos, sí, concluir de su orden, finalidad y grandeza, un creador sabio, bueno, poderoso.” (Kant 2003b, p. 213).”

El único creador ahora reconocido por sabio, bueno y poderoso, es ya sabes quién.

Sin embargo, las inconformidades no reconocen tan difusas fronteras ni tan elásticos universos donde el tiempo se dobla y se desdobla como si viviéramos en la teoría de las cuerdas o los bucles del infinito. Eso es cosa de la astrofísica tan cercana a la ficción científica o a la difícil comprensión del universo. Eso, apenas George Gamow.

En muchas ocasiones las responsabilidades caen en el pretérito cercano. Si se viene abajo el metro en su línea dorada, en una ciudad administrada por los mismos políticos del día del desastre, no hay manera de culpar ni a Hernán Cortés ni a García Luna ( por citar dos villanos siempre a la mano). Entonces se urden peritajes, se enredan las conclusiones y se busca una solución aparente y temporal: apuntalar el puente roto. Ah, pero sin remuneración para quien lo hizo tan rompible.

En otros casos, cuando personajes del condenable pasado se incorporan al gobierno, la elasticidad del tiempo se convierte también en la elasticidad del discurso.

Hace unos días en Huajuapan, Oaxaca, Octavio Romero Oropeza (¡Oh! torpeza), director del Infonavit, describía la Arcadia de la vivienda del bienestar (el paraíso cabe en 60 metros cuadrados) cuando algunos quejosos lo interrumpieron. Hubo críticas también al ejercicio de Alejandro Murat quien además de gobernar el estado, cuando era priista, fue antecesor de Romero en el fondo de vivienda de los trabajadores, nombrado por Enrique Peña.

La presidenta lo defendió con argumentos extravagantes. Extravagante quiere decir, vago por fuera de algo, como lo excéntrico tiene un centro fuera de lo concéntrico.

Los ciudadanos molestos hablaban de viviendas y en el más acabado método Ollendorf la presidenta elogió la actual responsabilidad legislativa de Alejandro Murat. Mucho tiempo después de los hechos señalados.

“…La primera, votó a favor de la reforma al Poder Judicial; segunda, coordina la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, gracias a él se redujeron significativamente los impuestos que le iban a cobrar los paisanos por las remesas en Estados Unidos, él coordinó ese trabajo… y recientemente ha estado defendiendo a los paisanos en Estados Unidos, así que también hay que reconocer lo bueno de las personas. Así que mi reconocimiento al menos por esas tres acciones”, dijo la señora presidenta.

Vaya, por lo menos…

Si se descarrila un tren en la ruta soñada por el señor presidente Porfirio Díaz, no hay manera de culpar a Felipe Calderón o Vicente Fox, entonces se reconoce tácitamente la mala calidad de una obra supervisada (casualmente) por el hijo del promotor y con la cautela y prudencia del caso se le exonera con el argumento de su condición honoraria de “nini”.

Vistos los resultados ni cobraba ni supervisaba antes todo lo contrario. Ni cobraba ni supervisaba el muchacho López. ¿Entonces qué hacía? Nadie lo sabe. Y si lo sabe se callan.

El agujero negro cabe en esta definición:

“… es un objeto astronómico con una fuerza gravitatoria tan fuerte que nada, ni siquiera la luz, puede escapar de él.

“La “superficie” de un agujero negro, denominada horizonte de sucesos, define el límite donde la velocidad requerida para evadirlo excede la velocidad de la luz, que es el límite de velocidad en el cosmos. La materia y la radiación son atrapadas y no pueden salir.

“Se han estudiado extensivamente dos clases principales de agujeros negros. Los agujeros negros de masa estelar, de tres a docenas de veces la masa del Sol, se extienden por toda nuestra galaxia, la Vía Láctea, mientras que los monstruos supermasivos que pesan entre 100 mil a miles de millones de masas solares se encuentran en los centros de la mayoría de las galaxias grandes, incluida la nuestra”. ¡Órale!, diría Brozo.

Yo lo plantearía de manera más sencilla: un agujero negro es un discurso triunfal en un mitin de Morena.

ORTIZ PARDO

Circula ya la novela “Honrar nuestro amor”, una notable expedición por el mundo del erotismo, la culpa, el temor, la entrega y el deleite.

–¿Y tú de qué te defiendes?,

–De pensar que está ocurriendo no deberían ocurrir”, dicen sus personajes en uno de sus diálogos iniciales.

Todo un hallazgo de alguien cuyo tránsito del periodismo a la literatura –con la sociología como cimiento– es altamente prometedor. Enhorabuena.