COMPARTIR


Cuarenta y un años después, México conoce mejor lo que ocurrió aquella mañana, aunque todavía no sabe con certeza cuántas personas murieron

El terremoto cambió la manera de enfrentar los desastres en México, pero para quienes lo vivimos dejó además recuerdos que ninguna estadística puede contener. En mi caso quedaron una hija pequeña, una cámara, los escombros de Tlatelolco, una credencial de periodista que no servía contra una losa de concreto y varias lecciones que después de cuatro décadas siguen vigentes.

Quienes vivimos aquella mañana tenemos una historia, y no necesariamente la más dramática ni la más importante, pero sí una que quedó adherida a la memoria de una manera difícil de explicar. Recordamos dónde estábamos, quién estaba a nuestro lado, qué hicimos cuando comenzó a moverse el piso y, sobre todo, determinadas imágenes que cuarenta y un años después regresan con una nitidez que otros acontecimientos mucho más recientes han perdido.


El jueves 19 de septiembre de 1985, a las 7 horas con 17 minutos y 49 segundos, comenzó frente a las costas de Michoacán la ruptura que produjo un sismo de magnitud 8.1 y cuyo hipocentro estuvo a unos 15 kilómetros de profundidad. Las ondas tardaron todavía en alcanzar la Ciudad de México, donde alrededor de las 7:19 comenzó la parte de la historia que millones de habitantes recordarían para siempre. La distancia de aproximadamente 400 kilómetros respecto de la zona epicentral no protegió a la capital. Los sedimentos blandos del antiguo lago amplificaron el movimiento y explican en buena medida la destrucción que se concentró en determinadas zonas.


La ciudad despertó entre edificios derrumbados, hospitales dañados, incendios, cristales y un polvo espeso levantado por el colapso de las construcciones. Había personas llorosas, desencajadas, que caminaban tratando de llegar hasta sus familias, y otras que parecían avanzar sin rumbo, todavía incapaces de comprender lo ocurrido, mirando los espacios donde minutos antes habían estado sus departamentos o sus casas y que ahora eran únicamente montones de escombros.


No existían teléfonos celulares ni redes sociales y gran parte de las comunicaciones quedó interrumpida. La radio, algunos teléfonos que todavía funcionaban y el contacto directo con las calles fueron durante aquellas primeras horas las formas de enterarse de lo que estaba pasando.


Nunca llegamos a saber con certeza cuántas personas murieron. El gobierno manejó cifras de entre seis y siete mil fallecidos, mientras otras estimaciones históricas fueron mucho mayores. El Archivo General de la Nación ha recogido el cálculo de 26 mil atribuido a la CEPAL y el de 35 mil formulado por organizaciones de damnificados. La diferencia entre esas cantidades continúa siendo una de las zonas oscuras del terremoto. Podemos precisar hoy la hora en que comenzó la ruptura, su magnitud y su profundidad, pero seguimos sin saber cuántos mexicanos perdieron la vida.


La mañana que recuerdo


Nosotros vivíamos en la unidad habitacional Maravillas-Ceylán del FOVISSSTE, por los rumbos de Vallejo, que entonces me parecía particularmente bien lograda. Era uno de aquellos proyectos donde la vivienda todavía se pensaba como parte de un conjunto, con espacios comunes y una concepción urbana que procuraba hacer agradable la vida cotidiana. Nuestro departamento estaba en el cuarto piso de un edificio de 15 niveles y ahí nos encontró el terremoto.


Annick, nuestra primogénita, era todavía una niña de meses y, cuando comenzó aquella sacudida, Norma y yo hicimos lo que pudimos para protegerla. No tendría sentido atribuirnos ahora una serenidad que seguramente no sentimos porque estábamos realmente asustados. El edificio se movía con una violencia desconocida y durante aquellos segundos sólo importaba que nuestra hija estuviera protegida. No utilizamos el elevador ni intentamos precipitarnos por las escaleras mientras continuaba el movimiento. Recuerdo habernos quedado en el corredor hasta que finalmente dejó de temblar.


En la casa ocurrió algo que hoy parece una paradoja tecnológica de otro tiempo. Se había ido la electricidad, pero la línea telefónica continuaba funcionando. Fue a través de ella como tuve comunicación con la redacción del diario Unomásuno, donde entonces trabajaba como reportero. Después de cuarenta y un años no puedo asegurar si llamé yo o si me llamaron del periódico, y prefiero reconocer esa laguna antes que completar la memoria con una precisión inventada. Lo que sí recuerdo es que desde la redacción comenzaron a llegar datos sobre las zonas donde se reportaban los mayores daños.


Norma era asistente personal del director general del Instituto Nacional de Ortopedia, el doctor Luis Guillermo Ibarra Ibarra, nombrado para ese cargo precisamente en 1985. Aquel instituto sería años después uno de los antecedentes del actual Instituto Nacional de Rehabilitación, que lleva su nombre.


Su primera reacción fue quedarse con Annick, lo cual era comprensible, pero mientras comenzábamos a conocer la magnitud del desastre entendimos que su presencia en el instituto podía ser necesaria. Dejamos a nuestra hija al cuidado de Carmen y Marco Tulio Ortega, primos de Norma que vivían en la misma unidad, y la llevé en el auto al Instituto Nacional de Ortopedia, en la zona norte de la ciudad.


Allí se concentraron médicos, enfermeras y empleados para atender a los damnificados. Norma recuerda que comenzaron a llegar personas ajenas al hospital que se ofrecían como voluntarias para cualquier tarea y otras que acudían a donar sangre. Los pacientes que podían ser dados de alta salieron y distintas áreas fueron acondicionadas para responder a una emergencia que alteró por completo el funcionamiento normal de la institución.


La ciudad había perdido buena parte del transporte y en muchas zonas faltaban agua y energía eléctrica. Cuando posteriormente comenzó a recibirse ayuda internacional, el Instituto de Ortopedia participó en el dispositivo organizado por la Secretaría de Salud para distribuir medicamentos, materiales de curación y otros insumos en los lugares donde eran necesarios.


Yo salí con mi grabadora, mi libreta de apuntes y una cámara fotográfica. La redacción me había informado de la gravedad de lo ocurrido en Tlatelolco y pensé inmediatamente en Carlos A. Medina, periodista de Excélsior y uno de mis amigos más cercanos, prácticamente mi hermano, quien vivía en el edificio Miguel Lerdo de Tejada, atrás del cine Tlatelolco.


No pude comunicarme con él por teléfono. En aquella zona se habían quedado también sin electricidad y sin servicio telefónico, así que fui personalmente a buscarlo. Conduje hasta el edificio Miguel Lerdo de Tejada y subí a su departamento. Lo encontré angustiado, sorprendido todavía por lo ocurrido, pero, sobre todo, vivo.


La vivienda presentaba daños serios. Había objetos tirados por toda la sala y cuarteaduras en los muros. La azotehuela estaba especialmente afectada. Parte del muro construido con aquellos ladrillos huecos de figuras octagonales, que permitían la ventilación, había desaparecido y desde allí, sin esa pared de división, podía verse hacia el exterior, varios pisos abajo. Carlos permanecía tratando de asimilar lo ocurrido.


Lo reconforté con un trago y permanecí con él apenas el tiempo necesario. Después me despedí, dejé el automóvil en el estacionamiento de la unidad y desde allí caminé alrededor de kilómetro y medio hasta el edificio Nuevo León.


Tlatelolco


El Nuevo León era un enorme inmueble de 15 niveles dividido en tres secciones. Dos de ellas colapsaron durante el sismo y la restante tuvo que ser demolida al año siguiente. El edificio desapareció definitivamente del paisaje urbano. Hoy, en su lugar, se encuentran una explanada y un memorial/reloj de sol que recuerda la hora del sismo.

Todavía hoy las fotografías permiten apreciar la dimensión de aquella estructura y entender por qué su derrumbe terminó convertido en una de las imágenes del desastre.

Foto de Marco Antonio Cruz, de la imagen del edificio Nuevo León, en Tlatelolco. Minutos después del sismo del 19 de septiembre de 1985, decenas de rescatistas y voluntarios trabajan entre los escombros de las secciones colapsadas, mientras una parte del conjunto permanece en pie, severamente dañada. La escena reproduce la visión que tuvimos muchos de quienes llegamos a Tlatelolco durante aquellas primeras horas de la tragedia. (Foto Marco Antonio Cruz / Versión color A. Carbot)

Cuando llegué al Nuevo León había personas atrapadas entre las ruinas, voluntarios, rescatistas y familiares buscando noticias. La nube de polvo no había desaparecido por completo en algunos lugares y todo estaba cubierto por esa mezcla de concreto triturado, muebles, papeles y objetos domésticos que dejaba al descubierto, de una manera casi obscena, lo que minutos antes había pertenecido a la intimidad de cientos de familias.

Tomé varias fotografías del Nuevo León y de otros edificios dañados en Tlatelolco. Algunas aparecieron después en “19 de septiembre” una publicación especial de gran formato preparada por Unomásuno con testimonios, crónicas e imágenes de los reporteros y fotorreporteros que habíamos recorrido la ciudad. Muchas fueron agrupadas como parte de una cobertura colectiva y no llevaron crédito individual, de modo que hoy me resultaría imposible determinar con absoluta seguridad cuáles de las publicadas eran mías. Hay, sin embargo, varias imágenes cuya autoría sí puedo precisar. Las fotografías del Hotel Regis, todavía en llamas, que aparecen en aquella publicación son obra de Raúl Urbina, quien llegó hasta avenida Juárez a bordo de un camión de la Marina, que circunstancialmente abordó en el cruce de Patriotismo y Holbein, apenas unos minutos después del terremoto.

Fotografía de Raúl Urbina del Hotel Regis. Un bombero observa el incendio de un edificio en la zona de Balderas mientras una columna de humo cubre buena parte de la calle. La imagen de Raúl Urbina registra otra dimensión del desastre: no sólo los derrumbes, sino los incendios que comenzaron a propagarse entre construcciones dañadas y servicios interrumpidos. (Foto Raúl Urbina / Versión color A. Carbot)

Fotografía de Raúl Urbina. El Hotel Regis reducido a escombros. Entre los restos de la estructura sobresale todavía su enorme anuncio, vencido sobre la avenida Juárez. Raúl Urbina captó esta escena apenas unos minutos después del sismo, luego de llegar al centro a bordo de un camión de la Marina que había abordado circunstancialmente en Patriotismo y Holbein. (Foto Raúl Urbina / Versión color A. Carbot)

En los créditos generales de la publicación aparecen como fotógrafos Aarón Sánchez, Armando Salgado, Luis H. Borboa, Fernando Franco, Raúl Urbina y Lázaro González. Aquellas imágenes pertenecían a un esfuerzo colectivo de periodistas que tratábamos de registrar algo cuya dimensión todavía no comprendíamos. En esas circunstancias importaba bastante menos el nombre debajo de una fotografía que dejar constancia de lo que estaba ocurriendo.


Los testimonios fueron aportados por Alberto Aguilar, Gonzalo Álvarez del Villar, Sebastián Apodaca, Miguel Badillo, David Cano, Alberto Carbot, Ricardo del Muro, Amalia Frías, Francisco García Davish, Luis García Rojas, Mario García Sordo, Héctor A. González, Teresa Gil, Maribel Gutiérrez, Sergio Guzmán, Teresa Losada, Isabel Llinas, Jorge Monroy, Pino Páez, Fernando Ramírez de Aguilar, Javier Ramírez, Humberto Ríos Navarrete, Armando Satow, Benito Terrazas, Víctor Torres, Raúl Urbina, Emilio Vázquez y José Vilchis.


En Tlatelolco, a unos veinte o veinticinco metros del Nuevo León, que yacía de costado, mientras escuchaba gritos de auxilio que parecían provenir del fondo de la tierra, vi a una persona atrapada por la estructura. Una parte de su cuerpo, desde el tórax, había quedado hacia afuera y la otra permanecía aprisionada entre los restos del inmueble. Movía los brazos y, entre quejidos, pedía auxilio, pero remover las toneladas de concreto que lo aprisionaban era en ese momento imposible.


Cierro los ojos y la imagen que conservo es brutal. Parecía que el edificio se hubiera cerrado como una guillotina de concreto sobre aquel hombre. Los rescatistas intentaban trabajar alrededor sin provocar un movimiento que pudiera empeorar todavía más su situación. Con el paso de los minutos dejó de quejarse y quedó inmóvil, doblado como un muñeco de trapo sobre lo que había sido el marco de su ventana.


Me negué a tomar una fotografía. Sé que desde el punto de vista periodístico dejé escapar una imagen única, pero en aquel momento pensé antes en ese hombre que en la fotografía noticiosa. Imaginé que algún miembro de su familia podía llegar después a verla publicada. Me habría sentido culpable, sin entrañas, toda la vida. Ya bastante despiadado me parecía lo que el terremoto había hecho con él.


Quise acercarme más, recorrer el edificio, pero uno de los rescatistas, que recuerdo con casco rojo, lentes y parte del rostro cubierto con una franela para protegerse del polvo, me gritó que retrocediera. Mi reacción fue absurda y no tengo dificultad en reconocerla después de tantos años. Saqué mi credencial de periodista y se la mostré como si aquella identificación me otorgara algún derecho especial para permanecer allí.


—Soy periodista —le grité exaltado.


El hombre me puso en mi lugar.


—No me importa que sea usted periodista, pendejo. ¿Qué cree, que los periodistas no se pueden morir? Si vuelve a temblar y esto se viene abajo, ni su credencial lo va a salvar.


No puedo asegurar que ésas hayan sido literalmente todas sus palabras, pero así recuerdo el sentido de lo que me dijo y, sobre todo, la dureza con que me devolvió a la realidad. Durante unos segundos me quedé ahí, con la credencial todavía en la mano, hasta comprender que tenía razón. La guardé, le ofrecí disculpas y retrocedí hacia una zona más segura.


Nunca supe quién era aquel hombre del casco, los lentes y la franela sobre el rostro. Tampoco volví a verlo. Pero todavía recuerdo la lección. El oficio obliga muchas veces a acercarse al lugar donde ocurren los hechos, incluso cuando resulta incómodo o peligroso, pero una credencial sirve sólo para identificarnos y ejercer nuestro trabajo. No detiene una losa de concreto. De pronto me descubrí como él. Mi ropa entera, mis zapatos y, seguramente, también mi cara y mi cabello parecían haber sido rociados a propósito con el polvo de un extinguidor.


En las proximidades —y aun en zonas como la colonia Roma, Calzada de Tlalpan, Lázaro Cárdenas y Avenida Juárez— se repetían escenas que terminarían por formar parte de la memoria visual del sismo del 85. Una de ellas fue la del enorme reloj Haste del edificio H. Steele, frente a las ruinas humeantes del Hotel Regis, que había quedado detenido alrededor de las 7:19 de la mañana, la hora que terminaría grabada para siempre en la memoria de la ciudad.


En muchas zonas de la capital, hombres y mujeres que jamás se habían visto formaban largas cadenas para retirar escombros. Pedazos de concreto, ladrillos y cubetas llenas de cascajo avanzaban de mano en mano hasta despejar poco a poco los lugares donde podía encontrarse alguien con vida. No había organización suficiente para una tragedia semejante, pero la gente comenzó a crearla allí mismo.


De aquellos grupos espontáneos surgieron también los hombres y mujeres a quienes muy pronto se empezó a llamar los Topos. Eran voluntarios capaces de introducirse en espacios estrechos y peligrosos para buscar sobrevivientes debajo de los edificios. En febrero de 1986 la Brigada de Rescate Topos Tlatelolco se constituyó formalmente como asociación civil. Con el tiempo sus integrantes participarían en operaciones fuera de México y se convertirían en un referente internacional de búsqueda y rescate.


La mirada de Marco Antonio Cruz


El edificio Nuevo León, en Tlatelolco, quedó aquella mañana convertido en uno de los escenarios más terribles del terremoto. Dos de sus tres secciones se vinieron abajo y la tercera permaneció en pie, gravemente dañada. Sobre las losas vencidas avanzaban rescatistas, voluntarios y familiares que buscaban algún hueco por donde entrar, retiraban cascajo y trataban de escuchar voces debajo del concreto. Quienes llegamos hasta allí vimos pisos completos apilados unos sobre otros, habitaciones abiertas hacia la calle, muebles, ropa, papeles y objetos domésticos mezclados con las varillas y los restos del edificio.


Esa escena también pasó por la cámara de Marco Antonio Cruz. Era nuestro amigo desde los primeros años del oficio y uno de los fotógrafos que recorrieron la ciudad mientras todavía no alcanzábamos a entender la magnitud de lo ocurrido. Sus imágenes del terremoto conservan buena parte de lo que vimos entonces. Está el Nuevo León derrumbado, pero también las personas que permanecían frente a los edificios sin saber todavía qué había sucedido con sus familiares o con su propia casa.


Otra de sus imágenes registra el rescate de una mujer herida entre los escombros. Varios hombres intentan trasladarla mientras uno de ellos sostiene en alto una solución intravenosa. Alrededor hay policías, voluntarios y personas que ayudan como pueden. Se atendía a los heridos sobre las ruinas y muchas veces con los recursos que aparecían en ese momento.

Fotografía de Marco Antonio Cruz. Una mujer herida es evacuada entre los escombros por rescatistas, voluntarios y policías durante las labores posteriores al sismo del 19 de septiembre de 1985. La imagen, captada por Marco Antonio Cruz, forma parte del registro humano de una ciudad que aprendió a organizar el rescate mientras la emergencia seguía desarrollándose. (Foto Marco Antonio Cruz / Versión color A. Carbot)

Una de aquellas fotografías icónicas, muestra a una mujer costurera recargada contra un muro en Calzada de Tlalpan. Se cubre el rostro con las dos manos y detrás de ella se levanta una enorme columna de humo sobre una construcción destruida, donde se ubicaban los talleres de costura.


Marco pudo haber dirigido la cámara únicamente hacia las ruinas, pero incluyó a aquella mujer en primer plano. El resultado dice mucho más de aquella mañana porque permite ver, al mismo tiempo, la destrucción y a alguien tratando de soportarla.


Con Marco habíamos coincidido desde los años de la revista Interviú. Éramos jóvenes y comenzábamos entonces a abrirnos paso en el periodismo. La amistad sobrevivió a los cambios de trabajo y al paso del tiempo. El lunes 23 de agosto de 2010 nos envió, repartidas en siete correos, varias fotografías que le habíamos solicitado. En uno de esos mensajes escribió: “De mi parte, mi estimación por ustedes es profunda, juntos nos iniciamos en la aventura del periodismo y creo que han pasado años. Mando en 7 correos las imágenes que necesitan”.


Conservo esas palabras porque resumen una relación que había comenzado mucho antes. Marco siguió su camino en el fotoperiodismo, fundó y dirigió la agencia Imagenlatina y años después fue coordinador de Fotografía de la revista Proceso. Murió en la Ciudad de México el 2 de abril de 2021, a los 63 años.


Por eso aquellas fotografías tienen ahora para nosotros un valor distinto. Son documentos del terremoto, pero también pertenecen a la historia de un amigo con quien comenzamos a ejercer el oficio y que estuvo allí, cámara en mano, recorriendo la misma ciudad que nosotros recorríamos mientras todavía salía humo de algunos edificios y continuaba la búsqueda de personas debajo de los escombros.


La solidaridad no fue lo único que apareció entre los escombros. Vi también el reverso de aquella conducta. Hubo personas que aprovecharon el desconcierto para apoderarse de objetos de departamentos y comercios dañados, algunas presentándose como voluntarios o como elementos policiacos encargados de vigilar inmuebles. La rapiña existió y fue documentada por la prensa de aquellos días, mientras policías y militares trataban de distinguir entre miles de auténticos voluntarios y quienes utilizaban la tragedia para robar.


Es una de las contradicciones que conservo de aquellas horas. En una misma calle podían encontrarse personas arriesgando la vida por alguien a quien no conocían y, unos metros adelante, otras aprovechándose de quien acababa de perder su casa. Sería falso recordar el terremoto únicamente desde la solidaridad. Hubo grandeza humana, pero también una miseria terrible, capaz de aprovecharse de quienes acababan de perderlo todo.


El estadio convertido en morgue


Hay otra imagen que nunca he podido borrar. El Parque del Seguro Social, en la esquina de Viaducto y Cuauhtémoc, donde jugaban los Diablos Rojos del México y cuyo predio ocupa hoy el centro comercial Parque Delta, fue habilitado como morgue provisional. Aquel campo destinado al béisbol terminó convertido durante varios días en uno de los sitios donde se concentraban los cadáveres recuperados entre los escombros y adonde llegaban familias enteras buscando a quienes todavía no aparecían.


Lo que recuerdo es un espacio que había perdido por completo su significado habitual. Sobre el terreno había cuerpos y ataúdes, mientras hombres y mujeres avanzaban tratando de reconocer a un padre, una esposa, un hijo, un hermano o un amigo. Recorrer aquel lugar significaba mirar una y otra vez los rostros de los muertos con la esperanza terrible de encontrar entre ellos a alguien amado.


Antes de que un cuerpo fuera llevado a una fosa común transcurrían horas o días durante los cuales todavía era posible devolverle un nombre. Las familias recorrían las hileras buscando en el rostro, la ropa, un anillo, un reloj, una cicatriz o cualquier detalle que permitiera reconocer a la persona que llevaban buscando desde el terremoto. Conforme avanzaban los días y los cadáveres comenzaban a descomponerse, aquella espera tenía necesariamente un límite.


Mi colega, el fotorreportero Armando Salgado, quien también cubrió aquellos días, conserva el recuerdo de los traslados de cadáveres hacia un cementerio ubicado al poniente de la ciudad, por el rumbo de Tacubaya y Santa Fe. Su memoria coincide con los registros que señalan al Panteón Civil de Dolores, sobre avenida Constituyentes, como uno de los destinos de numerosos cuerpos que no habían podido ser identificados.


No fue el único. También hubo inhumaciones de víctimas desconocidas en San Lorenzo Tezonco, en Iztapalapa, donde se abrió una gran fosa común para los muertos del terremoto. Otros registros mencionan igualmente al Panteón Civil de San Nicolás Tolentino, también en esa alcaldía y considerado el segundo panteón más grande de la Ciudad de México, después del Panteón de Dolores.


Llegaba entonces una parte de la tragedia que rara vez aparece en las imágenes del terremoto. Se agotaba el tiempo para ponerle un nombre a un muerto. Quien continuaba sin ser reconocido abandonaba aquel campo de béisbol rumbo a una fosa común. Después quedaban familias que podían seguir buscando sin saber que la persona que esperaban encontrar había sido sepultada ya como desconocida.


El terremoto no terminó para todos cuando se retiraron los escombros ni cuando dejaron de aparecer cadáveres. Para algunas familias continuó en la ausencia de un cuerpo identificado, en la imposibilidad de despedirse y en la incertidumbre de no saber con exactitud dónde había terminado uno de los suyos.


Había visto escenas duras antes y vería otras después, porque ése es también uno de los costos de ejercer durante muchos años el periodismo. Ninguna se parece demasiado a entrar en un estadio y descubrir que las gradas, el diamante y el césped han perdido su significado porque el lugar está siendo utilizado para reconocer a los muertos de una ciudad. Y para algunos de aquellos cuerpos, el tiempo para recuperar un nombre también se estaba acabando.


El segundo golpe


Al día siguiente, el viernes 20 de septiembre, a las 7 de la noche con 37 minutos, ocurrió otro gran sismo, de magnitud 7.6. Edificios que habían quedado dañados terminaron de colapsar y una población que llevaba más de un día entre rescates, hospitales y noticias de muertos volvió a sentir que todo podía comenzar otra vez.


Yo estaba entonces en la Secretaría de Relaciones Exteriores, cuya sede se encontraba en Tlatelolco. Un pequeño grupo de reporteros acompañábamos al canciller Bernardo Sepúlveda Amor y a Manuel Compeán, responsable de prensa, buen comunicador y mejor amigo, que falleció hace poco. Descendíamos en un elevador desde los pisos superiores cuando comenzó el movimiento.


El elevador empezó a golpearse violentamente contra las paredes del cubo. La comparación que todavía encuentro es la del badajo de una campana lanzado de un lado hacia otro. Cada golpe hacía pensar que el mecanismo podía atorarse, desprenderse o dejarnos encerrados entre los pisos.


Durante aquellos segundos pensé que podíamos morir, pero no recuerdo gritos ni escenas de pánico. Recuerdo una especie de quietud impuesta por el miedo. El secretario de Relaciones Exteriores, sus colaboradores y los periodistas que viajábamos con él quedamos sometidos exactamente al mismo peligro. Allí dentro los cargos y las jerarquías carecían de utilidad.


Mi relación periodística con Sepúlveda tuvo después otro episodio que quedó ligado para siempre a mi memoria del terremoto. Ocurrió durante una conferencia convocada por la Cancillería para informar sobre la emergencia y la asistencia internacional. Yo tenía información recibida a través de la Embajada de Estados Unidos, con el apoyo de Arturo Montaño, entonces vinculado al área de prensa.


Según esos datos, había personal especializado, equipo y materiales dispuestos para auxiliar a México, pero del lado mexicano surgían dificultades para permitir su ingreso inmediato. Me parecía inaudito. Frente a una emergencia, el gobierno seguía aferrado a su conocida cantaleta de la “defensa de la soberanía” y la “no intervención”, como si aceptar ayuda extranjera implicara una cesión política. Aquella retórica ya resultaba absurda entonces, aunque todavía no alcanzaba los extremos casi risibles que ha adquirido hoy bajo el gobierno de Claudia Sheinbaum.


Se lo pregunté directamente a Bernardo Sepúlveda. Quería saber por qué, frente a una tragedia de esas dimensiones, México ponía obstáculos a la llegada de personal y equipo extranjero que podía contribuir al rescate.


—¿México es autosuficiente para hacerle frente a la tragedia? ¿Cree que aceptar la ayuda de Estados Unidos puede vulnerar de alguna manera nuestra soberanía? —le cuestioné.


—No entiendo —respondió el canciller.


Supuse que, entre el ruido, las voces y el movimiento de los reporteros o por un defecto del micrófono, quizá no me había escuchado bien. Esta vez repetí la pregunta, procurando formularla con mayor claridad. Sepúlveda volvió a mirarme y contestó exactamente lo mismo.


—No entiendo.


A la tercera ya no permanecí sentado. Me puse de pie y elevé la voz. Le planteé otra vez, con todas sus letras, cómo podía justificarse que México dificultara la entrada de ayuda especializada cuando podía haber personas vivas debajo de los edificios derrumbados y si el gobierno lo hacía porque se consideraba autosuficiente para hacer frente a la tragedia. Entonces Sepúlveda dejó claro que me había escuchado perfectamente desde el principio.


—Sí, ya lo oí —me gritó, casi molesto también.


Lo que decía era que no entendía por qué yo formulaba semejante pregunta.


Su respuesta fue que México tenía capacidad para enfrentar la emergencia con sus propios recursos y que no había razón para presentar al país como necesitado de auxilio exterior; eso era precisamente lo que yo estaba cuestionando. Y mientras se argumentaba sobre soberanía, capacidad nacional y procedimientos, debajo de toneladas de concreto había hombres, mujeres y niños para quienes cada hora podía significar la diferencia entre salir vivos o quedarse ahí.


La respuesta tuvo peso periodístico y Unomásuno la llevó destacada al día siguiente, al igual que el resto de los diarios y noticieros de radio y TV. Con el paso de las horas, la realidad comenzó a imponerse sobre aquella suficiencia oficial y el propio gobierno terminó reconociendo la necesidad de recibir equipos especializados, expertos y recursos provenientes del extranjero.


La ayuda terminó llegando. Brigadas, especialistas, medicamentos, perros de búsqueda y equipos procedentes de diversos países participaron en las tareas posteriores.


Años después tuve oportunidad de revisar la transcripción que la Cancillería publicó de aquella conferencia sobre los sismos de septiembre de 1985 y las acciones internacionales para solventar la emergencia. Busqué mi pregunta y no apareció. En un primer momento me sorprendió, sobre todo porque había provocado una respuesta que Unomásuno consideró suficientemente importante para destacarla al día siguiente. Con el tiempo dejé de concederle mayor importancia. Una transcripción oficial puede obedecer a criterios de edición que desconozco y tampoco tengo elementos para atribuir aquella ausencia a una decisión deliberada. Yo estuve allí, hice la pregunta y recuerdo perfectamente el intercambio con Bernardo Sepúlveda. Eso, para mí, basta.


Un gobierno rebasado


Durante muchos años se repitió que Miguel de la Madrid había tardado 39 horas en recorrer las zonas afectadas. Yo mismo recogí ese dato cuando escribí una versión anterior de este texto. Hoy sé que era incorrecto y corresponde rectificarlo.

+Documentación posterior de Protección Civil de la Ciudad de México señala que el presidente sobrevoló la zona entre las 7:30 y las 8 de la mañana y hacia las 11 recorrió en autobús el Centro y la colonia Doctores. Las 39 horas corresponden al tiempo transcurrido hasta su mensaje televisado a la población.


La corrección no modifica otro hecho. El gobierno fue rebasado por la dimensión de la emergencia y durante las primeras horas faltaron coordinación, equipo, medicamentos, ambulancias y mecanismos que hoy forman parte elemental de la respuesta a un desastre. La misma reconstrucción oficial de aquellos días reconoce esas insuficiencias y registra la aparición casi inmediata de brigadas espontáneas de ciudadanos.


Esa movilización adquirió una dimensión que México no había visto. Vecinos, estudiantes, trabajadores, médicos y personas que jamás habían participado en una emergencia comenzaron a organizar albergues, trasladar heridos, repartir alimentos, donar sangre y retirar escombros. Decir que la sociedad civil mexicana nació aquella mañana simplifica demasiado una historia que venía de antes, pero es difícil negar que el 19 de septiembre modificó la relación de miles de ciudadanos con un gobierno acostumbrado a ocupar casi todos los espacios de decisión.


También quedaron al descubierto realidades que el país prefería mirar de lejos. El derrumbe de talleres de costura en la zona de San Antonio Abad, sobre la Calzada de Tlalpan, mostró las condiciones laborales en que trabajaban muchas mujeres, algunas sin seguridad social ni garantías elementales. La organización que surgió después entre las costureras y la movilización de los damnificados demostraron que la reconstrucción iba a convertirse también en una discusión social y política.


El terremoto obligó al Estado a crear instrumentos que hasta entonces no existían. El 6 de mayo de 1986 se estableció el Sistema Nacional de Protección Civil. Dos años después se creó el Centro Nacional de Prevención de Desastres, CENAPRED, desarrollado con participación del gobierno mexicano, apoyo técnico y económico de Japón y colaboración académica de la UNAM. Sus instalaciones comenzaron a operar en 1990.


También comenzó a desarrollarse un sistema de alerta sísmica. El proyecto entró en operación experimental en 1991 y funcionó como servicio público desde 1993. El actual Sistema de Alerta Sísmica Mexicano, SASMEX, dispone de 96 sensores distribuidos en una amplia franja del Pacífico y envía avisos a varias ciudades. Desde el simulacro nacional de septiembre de 2025 se incorporó además el alertamiento masivo a teléfonos celulares, sin necesidad de instalar una aplicación.


Pero nada de esto significa que una ciudad quede a salvo por disponer de tecnología. Una alerta puede ganar segundos, pero no corrige un edificio mal construido; un reglamento puede ser técnicamente impecable, pero pierde sentido cuando se incumple. El sismo del 19 de septiembre de 2017 volvió a mostrarlo con una crudeza innecesaria para quienes ya habíamos vivido el de 1985.


Que ambos hayan ocurrido un 19 de septiembre alimentó supersticiones comprensibles, aunque científicamente insostenibles. CENAPRED ha reiterado que los terremotos no pueden predecirse y que septiembre no constituye una temporada sísmica. La coincidencia existe en el calendario, no en una regla geológica.


Cuarenta y un años después


Este 19 de septiembre de 2026 encuentra a México en condiciones muy distintas. El Segundo Simulacro Nacional está programado para el sábado a las 12 del día, tiempo del centro del país. Por primera vez se trabajará con cinco hipótesis sísmicas regionales y, para la zona centro, el escenario considera un movimiento de magnitud 7.7 con epicentro a 15 kilómetros al sur-suroeste de Tehuacán, Puebla. Que el aniversario caiga en sábado permitirá además revisar planes familiares y protocolos fuera del ambiente habitual de oficinas y escuelas.


Los simulacros, los sistemas de alerta, los reglamentos y las instituciones existen porque hubo una mañana en que muchas de esas herramientas faltaron y no deberían convertirse en una ceremonia que repetimos cada septiembre para cumplir con un calendario. Su utilidad comienza cuando una familia sabe dónde encontrarse después de un sismo, cuando alguien comprende que no debe utilizar un elevador durante una emergencia y cuando una autoridad acepta que la prevención cuesta mucho menos que retirar cuerpos de un edificio caído.


Yo aprendí algunas de esas cosas de una manera menos teórica. En aquel cuarto piso de la unidad Maravillas-Ceylán, próxima a Vallejo, entendí que durante los primeros segundos de una emergencia, la familia deja de ser una abstracción y se convierte en la persona que tienes entre los brazos. Aprendí después que, pasada la primera urgencia, cada quien tiene que hacer aquello para lo que puede ser útil.


El rescatista del casco rojo me enseñó que una credencial de prensa no convierte a nadie en inmortal y que el deseo de estar cerca de la noticia no justifica transformarse en otro problema para quienes están intentando salvar vidas. Aquel hombre me dio una gran clase de periodismo sin saberlo. Vio la credencial en mi mano, pero me ordenó retirarme y tenía absolutamente razón.


De Bernardo Sepúlveda y de aquella conferencia me quedó una lección diferente. Cuando una autoridad administra una emergencia, el periodista no está allí para facilitarle el discurso, sino para preguntar aquello que necesita respuesta, especialmente cuando una decisión pública puede tener consecuencias sobre personas que en teoría aún continúan vivas debajo de los escombros.


Quizá del Parque del Seguro Social me quedó la memoria más difícil, el que una ciudad puede acostumbrarse a las sirenas, al polvo, al ruido de las máquinas y a las cifras que crecen durante todo el día, pero cuesta aceptar la imagen de una familia caminando entre cuerpos para reconocer a uno de los suyos.


Han pasado cuarenta y un años. Puedo equivocarme acerca de quién hizo primero tal o cuál cosa, y por eso prefiero decirlo. La memoria familiar me ha permitido reconstruir partes de aquellos días que el tiempo había vuelto imprecisas; otras escenas, en cambio, siguen donde estaban.


Mi trabajo reporteril y las fotografías que tomé quedaron mezcladas con las de otros compañeros. Pero mis recuerdos más persistentes son los gritos de auxilio y aquella persona aprisionada en el Nuevo León; el hombre del casco rojo diciéndome que los periodistas también mueren y las manos pasando cascajo de una a otra. Recuerdo también a los incipientes Topos entrando donde otros no podían llegar, a los saqueadores buscando qué llevarse y al campo de los Diablos Rojos convertido en morgue. Después vienen un elevador golpeando contra las paredes y aquella pregunta incómoda frente al canciller.


Las primeras imágenes se concentraron en apenas dos días. Otras se acumularon durante las jornadas siguientes, pero todas forman parte del país que éramos.


Indiscutiblemente México está hoy mejor preparado que el 19 de septiembre de 1985 y sería absurdo negarlo. Cuenta con instituciones de protección civil, conocimiento científico, sistemas de alertamiento y, quizá lo más importante, una sociedad mucho más familiarizada con la prevención. Pero ninguno de esos avances permite confiarse porque vivimos sobre un territorio sísmico. Volverá a temblar con fuerza y nadie puede saber el día ni la hora.


Quienes estuvimos allí y sobrevivimos, como testigos de aquella mañana, sabemos también lo que ocurre cuando la tierra deja finalmente de moverse. Primero llega un silencio extraño, después comienzan las sirenas, las voces que llaman a alguien por su nombre y la búsqueda de quienes faltan: padres, hijos, hermanos, amigos, compañeros de trabajo que salieron de casa aquella mañana y no volvieron.


A cuarenta y un años de distancia, la única manera sensata de recordar aquel 19 de septiembre de 1985 es procurar que, cuando vuelva a ocurrir un gran sismo, encuentre a México mejor preparado que aquella mañana, cuando tuvimos que entender —demasiado tarde—, que un país no puede comenzar a prepararse cuando los edificios ya hayan caído y sus habitantes deban caminar entre los escombros y sus muertos.

Foto principal: Marco Antonio Cruz. Una mujer costurera se cubre el rostro frente a una estructura colapsada y todavía humeante en Calzada de Tlalpan. La fotografía de Marco Antonio Cruz muestra otra dimensión del terremoto de 1985: no solamente los edificios destruidos, sino el dolor de quienes tuvieron que contemplarlos después de perder en unos cuantos segundos una parte de su mundo. (Foto Marco Antonio Cruz / Versión color A. Carbot)