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La Cineteca Nacional recordó a la actriz recientemente fallecida con un conversatorio encabezado por Francisco Peredo y Elisa Lozano, seguido por la proyección de la película Cuatro noches contigo

El homenaje reunió a autoridades, especialistas, amigos y admiradores de Elsa Aguirre. Francisco Peredo dedicó su intervención a recuperar la dimensión artística de una mujer a quien el cine y la prensa juzgaron durante demasiado tiempo por la hermosura de su rostro.

La Sala 7 de la Cineteca Nacional se encontraba llena la tarde del miércoles 22 de julio. Amigos, estudiosos del cine mexicano y admiradores de Elsa Aguirre acudieron a la sede de Xoco para recordarla, ocho días después de su fallecimiento.

La Secretaría de Cultura del Gobierno de México, la Cineteca Nacional y el Instituto Mexicano de Cinematografía organizaron el homenaje, que comprendió un conversatorio y la proyección de Cuatro noches contigo, película dirigida por Raúl de Anda en 1951, estelarizada por Elsa Aguirre, Luis Aguilar y Domingo Soler.

Marina Stavenhagen, directora de la Cineteca Nacional, agradeció la respuesta del público y destacó la presencia de Daniela Alatorre Benard, titular del IMCINE, así como la de Mauro Godoy y Marisol Rico, amigos cercanos de la actriz.

Stavenhagen recordó la elegancia, el carisma y la contribución de Elsa Aguirre al cine mexicano. Habló de una figura que permanece en la memoria cultural del país y cuya trayectoria forma parte del periodo más reconocido de nuestra cinematografía.

El conversatorio estuvo a cargo de Francisco Peredo y Elisa Lozano. Cada uno eligió una ruta distinta para aproximarse a Elsa. Lozano recorrió su filmografía a través del vestuario, la moda y la evolución de los personajes femeninos que interpretó. Peredo concentró su exposición en el talento que la industria mantuvo durante años bajo la sombra de su belleza. Su participación tuvo el carácter de una reivindicación.

La belleza convertida en “sino”

La exposición de Francisco Peredo se apoyó en revistas, periódicos, fotografías y comentarios críticos publicados a lo largo de varias décadas. El material proyectado en la pantalla permitió observar la persistencia con que los medios presentaron a Elsa en comparaciones con otras grandes actrices.

Dolores del Río, María Félix, Silvia Pinal y Elsa Aguirre aparecían con frecuencia dentro de confrontaciones que reducían la conversación a los rasgos del rostro, el cuerpo, la mirada o la elegancia. La capacidad interpretativa recibía una atención mucho menor.

El fenómeno acompañó a Elsa desde sus primeros años en el cine. La industria descubrió muy pronto el efecto que su imagen causaba en la pantalla y construyó alrededor de ella una promoción basada, casi por completo, en el deslumbramiento físico. Peredo describió aquella belleza como un “sino” artístico.

La palabra resume una contradicción difícil. Su extraordinaria presencia le permitió ingresar a los estudios y alcanzar rápidamente los papeles estelares, pero también fijó una idea limitada de lo que podía ofrecer como actriz.

Productores y publicistas encontraron una figura capaz de atraer al público desde una marquesina o una portada. Esa eficacia comercial terminó condicionando los personajes que le ofrecían y la manera en que la crítica evaluaba su trabajo.

Durante años se escribió más sobre los ojos de Elsa que sobre su manera de construir una escena.

Peredo llevó el análisis hacia la actriz que aparecía detrás de aquella imagen. Recordó sus aptitudes para la comedia, su sensibilidad dramática y la firmeza con la que enfrentó personajes alejados de la joven decorativa concebida para acompañar al protagonista masculino. Su apreciación estaba relacionada también con una experiencia personal.

El recuerdo de Francisco Peredo

Francisco Peredo conoció a Elsa cuando era muy joven y trabajaba en el Departamento de Extensión Académica de la Dirección General de Actividades Cinematográficas de la UNAM, institución vinculada con la actual Filmoteca de la UNAM. Aquel encuentro dejó en él una impresión duradera.

“La conocí cuando era muy jovencito y trabajaba entonces en el Departamento de Extensión Académica de la Dirección General de Actividades Cinematográficas de la UNAM, la Filmoteca UNAM. Recuerdo que, además de su gran belleza, me impresionó también su don de gentes, su sencillez y su amabilidad”, me confió al término del homenaje.

Las tres cualidades mencionadas por Peredo pertenecen a una zona de la vida de Elsa que rara vez ocupó las portadas.

La belleza podía percibirse desde una butaca, una fotografía o una pantalla. Su sencillez requería el trato personal. Aparecía en la conversación, en la atención que prestaba a los demás y en la cordialidad con la que recibía a quienes se acercaban a ella.

Durante los muchos años en que tuve el privilegio de contar con su amistad, encontré en infinidad de ocasiones esa misma naturalidad. Elsa conocía el poder de su presencia, aunque jamás necesitó utilizarlo para establecer una distancia frente a los demás.

Peredo conservó aquel recuerdo y lo relacionó con el propósito central de su participación en la Cineteca. “Por eso quise recordarla y reivindicarla como lo que fue, una mujer talentosa y sensible que en su ejercicio profesional no todos, y no siempre, supieron apreciar como era debido”, añadió en la conversación que sostuvo conmigo.

Su frase señala una insuficiencia histórica. Elsa recibió reconocimiento público, ocupó portadas, obtuvo papeles estelares y formó parte de una época privilegiada del cine nacional. A pesar de ello, la valoración de su trabajo quedó rezagada frente al culto a su apariencia.

El problema pertenecía también a una forma de entender a las actrices. La industria mexicana construía tipos femeninos con funciones muy precisas. La mujer hermosa despertaba el deseo, provocaba conflictos entre los hombres o servía como recompensa del protagonista. Dentro de ese esquema quedaba poco espacio para examinar el temperamento, la inteligencia o la complejidad de quien interpretaba el personaje.

La actriz detrás de la imagen

Elsa logró escapar en distintas ocasiones de ese molde. La comedia le permitió desplegar una cualidad poco atendida por la crítica. Poseía ritmo, sabía reaccionar frente a sus compañeros y encontraba con naturalidad el tono necesario para sostener situaciones construidas alrededor del absurdo, la ironía o el equívoco.

Elisa Lozano —historiadora del arte, investigadora independiente, curadora y editora especializada en cine mexicano—, coincidió con Peredo en ese punto. Durante su intervención recordó que varios cineastas reconocieron el don natural de Elsa para la comedia y lamentaron que aquella capacidad se aprovechara de manera esporádica.

Mencionó que su entendimiento con Mauricio Garcés ofrece una prueba visible de ello.

La presencia de Garcés imponía un estilo muy definido. Sus personajes avanzaban mediante la arrogancia, el artificio verbal y una seguridad cuidadosamente exagerada. Elsa podía acompañar ese juego, responder con precisión y modificar la relación de poder dentro de una escena.

La belleza seguía presente, pero funcionaba como parte de la comedia. El personaje femenino conocía el efecto que causaba y podía utilizarlo para poner en aprietos al seductor.

Peredo encontró otra demostración de su capacidad en el teatro. Comentó que en 1968 Elsa interpretó a Inés de Castro en Corona de amor y muerte, obra de Alejandro Casona. Inés de Castro fue una noble gallega y amante del infante Pedro de Portugal, con quien habría contraído matrimonio en secreto. El rey Alfonso IV ordenó asesinarla en 1355 al considerar peligrosa la influencia política de su familia. Cuando Pedro llegó al trono, la reconoció como esposa, desenterró su cadáver y lo sentó en el trono. La leyenda la consagró como “la reina después de muerta”. El personaje exigía intensidad, firmeza y una presencia dramática sostenida a lo largo de la representación.

El escenario colocaba a la actriz frente a una prueba distinta de la cinematográfica. La voz, el cuerpo y la concentración debían mantener al personaje durante toda la función, bajo la mirada directa de los espectadores.

La crítica reconoció entonces su garra, su temperamento y el dominio que había alcanzado como intérprete. Aquel trabajo resultaba significativo porque desmontaba una antigua simplificación. La mujer admirada por su fotogenia podía sostener una obra teatral y asumir un personaje trágico de gran exigencia.

Francisco Peredo incorporó este episodio a una lectura más amplia de su carrera. A su juicio, Elsa demostró con el paso del tiempo que su talento alcanzaba una dimensión mucho mayor que la concedida por la industria en sus primeros años.

La tardanza de ese reconocimiento revela también los prejuicios que rodearon a las actrices de su generación. Una mujer de belleza excepcional como ella despertaba admiración inmediata, pero esa misma reacción podía convertirse en un obstáculo para el análisis. El público contemplaba el prodigio físico y la crítica repetía esa contemplación en palabras.

Las revistas alimentaron el fenómeno con titulares destinados a enfrentar a las grandes estrellas. La pregunta sobre quién era la más hermosa resultaba más rentable que cualquier examen de sus recursos dramáticos. Elsa quedó atrapada durante una parte de su vida en ese concurso permanente.

Peredo recuperó los documentos de aquella época para mostrar la forma en que se construyó esa imagen pública. Su revisión permitió comprobar que la reducción de Elsa a su apariencia obedeció a una política de promoción sostenida por productores, fotógrafos, editores y periodistas.

El material también permitió apreciar la resistencia de la propia actriz.

A lo largo de su carrera —dijo—, aceptó personajes distintos, exploró la comedia, trabajó en el teatro y regresó a la actuación después de periodos en los que prefirió ocuparse de su vida personal. Su trayectoria siguió un curso ajeno a la necesidad de permanecer constantemente bajo los reflectores.

Con los años, el público comenzó a conocer otros aspectos de Elsa. La disciplina, la práctica del yoga, la espiritualidad, la lectura y el cuidado del cuerpo adquirieron una presencia creciente en su vida.

Aquella evolución permitió que las nuevas generaciones se acercaran a ella desde un lugar diferente.

En sus redes sociales compartía recuerdos, cantaba, recitaba y hablaba de la respiración, la serenidad y el conocimiento de uno mismo. La antigua estrella conversaba con jóvenes que habían descubierto sus películas décadas después de su estreno.

El investigador consideró que Elsa llegó a construirse como un ser humano de enorme belleza interior. Esa apreciación enlazaba a la actriz estudiada en los archivos con la mujer amable que él había conocido durante su juventud.

El tiempo hizo visible una dimensión que ya existía, aunque el resplandor de la estrella impidiera advertirla con claridad.

Su intervención concluyó con una idea que permaneció durante el resto del homenaje. Elsa Aguirre había sido una mujer sensible y talentosa cuyo valor profesional merecía una revisión más justa.

La deuda pendiente de Chihuahua

Después del evento, Peredo me confió una observación que trasciende el ámbito cinematográfico. “Lo que no puedo comprender es que se les haya pasado hacerle un homenaje también en Chihuahua, su tierra natal”, me comentó.

La omisión merece ser atendida, porque Elsa nació en Chihuahua y llevó el nombre de su estado a una de las etapas más importantes del cine mexicano. Su trayectoria ofrece razones suficientes para que las instituciones culturales chihuahuenses organicen un reconocimiento de alcance semejante.

El homenaje de la Cineteca tuvo una respuesta numerosa. La Sala 7 se llenó con personas de distintas generaciones, unidas por el recuerdo de una actriz que conservó la atención del público durante ocho décadas.

Entre los asistentes se encontraban algunas de las jóvenes colaboradoras de la actriz, quienes la apoyaron con esmero y cariño hasta el día de su fallecimiento, entre ellas Jazmín Domínguez, Angélica Moreno, Isabel López y Laura Ramírez.

Coincidí con Peredo en que Chihuahua posee la oportunidad de recuperar esa memoria desde una perspectiva propia. Su observación queda planteada como una responsabilidad cultural.

Un acto en su tierra natal podría reunir su historia familiar, los primeros años de su vida y el vínculo de una figura nacional con el lugar donde nació. También permitiría acercar su filmografía a públicos jóvenes y propiciar una revisión crítica de su legado.

Los homenajes adquieren verdadero sentido cuando contribuyen a conservar una obra, localizar materiales, proyectar películas y estimular nuevas investigaciones. La memoria de Elsa puede crecer todavía mediante esas tareas.

El estilo y la evolución de una mujer

Elisa Lozano presentó una lectura complementaria. Comenzó con el recuerdo del día en que conoció a Elsa. Dijo que la vio con el cabello rizado a la altura de los hombros, grandes arracadas, una camiseta blanca escotada y un saco corto de piel roja. Aquella combinación de naturalidad y elegancia sintetizaba, a su juicio, el magnetismo que siempre la había distinguido.

La historiadora había crecido viendo cine mexicano por televisión. La imagen de Elsa formaba parte de su educación sentimental y de su acercamiento posterior a la investigación cinematográfica.

Recordó que en aquella expresión convivían el misterio, la ternura y la sensualidad. El encuentro le permitió pedirle un autógrafo y tomarse una fotografía que aún conserva como testimonio de uno de los días más felices de su vida.

Su intervención recorrió varias décadas a través del vestuario de las películas. Comenzó con El sexo fuerte, realizada cuando Elsa tenía 15 años. La película imaginaba una sociedad gobernada por mujeres y utilizaba minifaldas, tejidos metálicos y diseños geométricos adelantados a su tiempo.

Desde aquella aparición temprana, la imagen de Elsa quedó asociada con la transformación de la moda cinematográfica.

Durante los años cincuenta, su rostro ocupó de manera constante las portadas de las revistas especializadas. Los diseñadores utilizaron su figura para presentar vestidos, trajes de baño, joyería y prendas inspiradas en las tendencias internacionales.

El vestuario también ayudó a definir a sus personajes. En películas como Lluvia roja, la apariencia contenida de Elsa acompañaba a una mujer de gran fortaleza moral. En otras producciones interpretó personajes vinculados con la emancipación femenina, el trabajo profesional y la resistencia frente a la autoridad masculina.

Los años sesenta trajeron una imagen más audaz. Las minifaldas, los materiales plásticos, las botas, los estampados geométricos y los colores intensos acompañaron a mujeres que discutían el matrimonio, las labores domésticas y las reglas heredadas de generaciones anteriores.

La también editora especializada en cine mexicano observó que Elsa se sentía cómoda con esos cambios. Su elegancia admitía el riesgo y la experimentación. Podía aparecer con un vestido de noche de líneas clásicas o con un atuendo cercano a la estética psicodélica sin perder la identidad que el público reconocía.

El vestuario constituía una parte de la interpretación. Cada prenda ayudaba a situar al personaje dentro de una época, una clase social y una concepción particular de la feminidad. Elsa comprendía esa función y utilizaba la ropa como un recurso expresivo.

Lozano sostuvo que su trayectoria permite estudiar también la evolución de la mujer mexicana en el cine. La adolescente intimidada por una cámara se convirtió en una estrella, después en una mujer moderna de la comedia y finalmente en una figura madura que hablaba de disciplina, espiritualidad y servicio.

Su retiro del cine abrió una etapa de búsqueda personal. Elsa dedicó tiempo al yoga, la salud y el estudio. Esa disciplina se reflejó en la forma en que envejeció y en la lucidez con que hablaba de su experiencia.

Elisa recordó una reflexión de la propia actriz, quien decía sentirse una persona como cualquier otra y consideraba que la respuesta a su vida se encontraba en la manera en que vivía, pensaba y trataba a los demás.

También destacó su presencia en las redes sociales. Elsa utilizó esas plataformas para acercarse a un público nuevo, compartir anécdotas y ofrecer ejercicios de relajación. Pocos días antes de su fallecimiento todavía había publicado un video sobre técnicas de respiración.

Lozano la consideró un icono femenino por su capacidad para inspirar, influir y trascender su tiempo. Su permanencia en la conversación pública comprendió alrededor de ocho décadas, desde sus primeras apariciones cinematográficas hasta sus mensajes finales en internet.

La lección que encontró en Elsa se relacionaba con la posibilidad de mejorar como personas y poner las capacidades propias al servicio de los demás.

Cuando Elsa volvió a la pantalla

La proyección de Cuatro noches contigo cerró el homenaje. La película permitió regresar a la Elsa Aguirre de 1952, en plena consolidación de su carrera y cuando su imagen comenzaba a ocupar un lugar central en el cine mexicano.

Las palabras pronunciadas por Francisco Peredo y Elisa Lozano modificaron la mirada del público.

Después de escuchar la reivindicación de su talento y el recorrido por la construcción de sus personajes, cada gesto adquiría un significado distinto. La belleza seguía dominando la pantalla, acompañada ahora por la atención puesta en la actriz.

El homenaje de la Cineteca Nacional cumplió así una función necesaria. Reunió la investigación, el recuerdo personal y la proyección de una obra que permite estudiar directamente aquello que se dijo durante el conversatorio.

Para quienes conocimos a Elsa, la tarde tuvo además un sentido íntimo. La amistad permite recordar detalles que escapan de una filmografía. La voz durante una conversación, el humor, las preocupaciones, la generosidad y esa manera suya de acercarse a las personas forman parte de una historia que difícilmente cabe en los homenajes oficiales.

Durante muchos años conocí a una mujer consciente de su trayectoria y, al mismo tiempo, capaz de conservar una sencillez que sorprendía a quienes esperaban encontrarse con una estrella inaccesible.

Francisco Peredo —maestro en Historia de México y en Historia Comparada por la Universidad de Essex, doctor en Historia por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y con estudios posdoctorales en Análisis Cultural en la Universidad de Ámsterdam—, reconoció esa cualidad desde el primer encuentro.

Su participación en la Cineteca ayudó a colocarla junto al talento, la sensibilidad y la disciplina que definieron la vida de la actriz. Esa lectura ofrece una base más completa para estudiar su lugar dentro del cine mexicano.

La belleza de Elsa Aguirre permanecerá ligada a su nombre. Fue una de las mujeres más hermosas que conoció nuestra cinematografía y cualquier revisión de su trayectoria deberá reconocer ese hecho.

Una revisión justa de su carrera debe avanzar hacia todo lo demás. Allí aparecen la intérprete teatral capaz de asumir a Inés de Castro, la actriz que dominaba la comedia, la mujer que reconstruyó su dura vida personal en distintas etapas y la amiga cuyo trato dejaba una impresión tan profunda como su presencia.

Cuando la sala quedó a oscuras, ella volvió a caminar frente a nosotros. Su voz llenó el recinto y su imagen bella y traviesa pareció saltar de la pantalla.

En aquella aparición, tan joven y tan viva —Elsa filmó Cuatro noches contigo en 1951, cuando apenas rondaba los 21 años—, cabían la actriz que Francisco Peredo reclamó para la historia, el icono de estilo que Elisa Lozano siguió a través de sus personajes y vestuarios, y la amiga inolvidable cuya ausencia apenas comenzamos a comprender y que duele en lo profundo.

Foto principal: Cineteca Nacional

Fotos interiores: Alberto Carbot