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Amores, pérdidas, dolor, espiritualidad y memoria convergen en “De mis labios a tus ojos”, el libro en el que decidió contar a Enrique Gutiérrez aquello que por décadas permaneció detrás de la estrella

Durante meses, el guionista y cineasta Enrique Gutiérrez escuchó a Elsa Aguirre reconstruir una existencia marcada por los amores, las pérdidas, la muerte de Hugo, su único hijo, y una espiritualidad que terminó convirtiéndose en refugio. De aquellas conversaciones surgió un manuscrito de aproximadamente 260 páginas cuyo futuro editorial adquiere ahora una dimensión distinta. La confirmación de la muerte de la actriz llegó, precisamente, durante la madrugada de este miércoles, mientras el escritor y yo hablábamos por teléfono y todavía abrigábamos la esperanza de que las primeras informaciones que circulaban, fueran solamente rumores sin confirmar. Minutos después, una respuesta recibida por el propio autor, terminó por despejar cualquier incertidumbre

Sé, sin lugar a dudas, que fui un hombre afortunado. Con Elsa Aguirre mantuve durante muchos años una relación de amistad, afecto y cercanía personal que rebasó ampliamente los límites del simple encuentro ocasional entre un periodista y una de las grandes figuras del cine mexicano, de manera que la noticia de su muerte no llegó para mí como uno más de esos avisos que aparecen de pronto en las redacciones y obligan a reconstruir apresuradamente la biografía de un personaje famoso. También puedo decir que conocí a la otra Elsa, además de la actriz.

Bastaba escuchar el tono de su voz al otro lado del teléfono para saber inmediatamente que era ella. Por muchos años recibí también de vuelta las tradicionales Mañanitas, entonadas con su característico acento grave, ya que compartíamos el mismo mes y sólo dos días de distancia en nuestros respectivos aniversarios en septiembre. Mantuvimos largas conversaciones en persona o vía telefónica, visitas, fotografías, recuerdos familiares y tardes en las que terminábamos grabando y cantando canciones cuyas letras a veces se nos olvidaban, provocando estruendosas carcajadas que nunca aparecen en las biografías oficiales.

En alguna época me entregó alrededor de una veintena de fotografías familiares antiguas para que pudiera restaurarlas, un trabajo que entonces debía realizarse prácticamente de manera artesanal y que me tomó varios meses. También quedaron conversaciones grabadas e imágenes realizadas por mi hermano, el destacado fotoperiodista Antonio Caballero, además de otros testimonios de una relación que, como todas las amistades verdaderas, tuvo momentos de enorme cercanía y también algún desencuentro.

Y uno de ellos ocurrió precisamente alrededor de una idea que acompañó a Elsa durante muchos años: contar su vida.

Hablamos muchas veces de ello y una vez me buscó para abordar directamente el proyecto y, tratando de evitar conflictos con una persona que entonces era cercana a ambos y que residía en Cuernavaca, cometí la torpeza de sugerirle que recurriera a él para escribirla, debido a la relación que mantenían y a su cercanía geográfica. Elsa reaccionó inmediatamente y, muy molesta, me hizo entender, con esa manera tan directa que también podía tener cuando algo la incomodaba, que si hubiera querido que aquella persona escribiera su historia, se lo habría pedido ella misma.

Su respuesta me dejó sin argumentos y también provocó un distanciamiento entre nosotros durante algún tiempo, porque Elsa interpretó mi sugerencia como lo que probablemente fue en realidad una descortesía involuntaria hacia la confianza que depositaba en mí.


La madrugada de este miércoles, la noticia sobre la muerte de Elsa comenzaba ya a circular y yo necesitaba saber si Enrique Gutiérrez, uno de los hombres que había permanecido más cerca de ella durante el largo proceso de construcción del libro, tenía alguna confirmación.

Le escribí a esas horas, pidiéndole que me marcara. Me llamó. Se mostró muy sorprendido y afligido al otro lado de la línea.

Comenzamos entonces a hablar de Elsa mientras, vía WhatsApp, él intentaba comunicarse con algunas de las personas que habían estado cerca de la actriz en los últimos días. La conversación avanzó entre recuerdos y preguntas sobre su libro, pero, sobre todo, en medio de la aplastante incertidumbre de no saber si aquello que ya comenzábamos a leer en medios confiables era realmente verdad.

En algún momento, Enrique hizo una pausa.

Había recibido una respuesta.

—Ya me contestaron. Dicen que sí, que falleció hace unas horas, este martes por la noche —me dijo desanimado, con el alma en vilo.

Fue así como la muerte de Elsa Aguirre quedó confirmada para nosotros en medio de una conversación dedicada, paradójicamente, a la historia que ella había querido dejar escrita. Golpeados por la noticia, comenzamos a hablar sobre Elsa y el libro que Enrique finalmente logró escribir con ella.

Recordé inevitablemente aquel episodio de nuestra relación. Cuando él me contó que, después de conocerlo y comenzar a trabajar juntos, Elsa llegó a decirle que “tenía que ser usted” quien contara su historia, comprendí que no se trataba de una frase circunstancial; Elsa escogía cuidadosamente a la persona a quien estaba dispuesta a entregar una parte de su memoria.

Por eso, la conversación de la madrugada de este miércoles tuvo para mí un interés que iba mucho más allá de la curiosidad periodística.

Ahora yo quería saber qué había ocurrido con el libro, hasta dónde habían llegado, qué historias había decidido contarle Elsa y por qué, después de varios años de estar terminado, el manuscrito sigue sin publicarse.

A partir de ese instante la charla adquirió inevitablemente otra dimensión, porque ya no estábamos hablando solamente de un libro inédito ni de un proyecto editorial que llevaba años esperando una oportunidad, sino de un testimonio construido por una mujer que acababa de morir y cuya voz permanecía depositada en aproximadamente 260 páginas.

El libro biográfico de Elsa Aguirre se titula “De mis labios a tus ojos”, un nombre que surgió después de que Enrique Gutiérrez —de 52 años y originario de la Ciudad de México, quien inició su carrera en el teatro como alumno del dramaturgo Antonio González Caballero y posteriormente desarrolló una trayectoria como escritor de cine y televisión—, presentara numerosas propuestas sin conseguir entusiasmarla completamente.

El origen del título se encuentra en una de las experiencias relacionadas con el camino espiritual del yoga que ella siguió durante una parte importante de su vida. Según le explicó al escritor, en determinadas ceremonias un maestro podía transmitir directamente al oído de una persona un mensaje que permanecía exclusivamente entre ambos.

Gutiérrez tomó aquella imagen y la trasladó al sentido mismo del libro; las palabras que habían salido de los labios de Elsa ya no estarían destinadas al oído de una sola persona, sino a los ojos de todos aquellos lectores que algún día se acercaran a su historia.

Así nació “De mis labios a tus ojos”

El trabajo redaccional comenzó a desarrollarse entre 2019 y 2020 y encontró durante la pandemia un espacio inesperado para profundizar en conversaciones que difícilmente habrían podido realizarse con la misma intensidad en otras circunstancias.

Elsa había hablado incontables veces de su carrera cinematográfica, de Pedro Infante, Jorge Negrete y muchas de las grandes figuras con quienes compartió escenarios y películas, pero Enrique entendió pronto que repetir aquellas historias conocidas significaría desperdiciar la oportunidad extraordinaria que tenía frente a él.

Su propósito era llegar a la mujer que existía detrás de la estrella.

Por eso insiste en que el lector no encontrará un libro suyo construido alrededor del chisme de farándula ni una recopilación de anécdotas destinadas simplemente a alimentar la curiosidad sobre la llamada Época de Oro del cine mexicano.

“Es un libro honesto”, me dijo.

La definición resulta particularmente importante porque la honestidad, en este caso, significó regresar a territorios de la memoria que Elsa no siempre había querido visitar públicamente y reconstruir acontecimientos que, en algunos casos, parecían adquirir un significado distinto al ser observados desde la distancia.

Enrique relacionaba fechas, nombres y circunstancias, encontraba vacíos o contradicciones propios de quien intenta reconstruir casi nueve décadas de existencia y, a partir de aquellas preguntas, Elsa comenzaba en ocasiones a mirar de otra manera episodios que había vivido sin detenerse demasiado a interpretarlos.

De ese proceso surgió también una de las definiciones que mejor resumen la visión que el escritor terminó construyendo sobre ella.

—Elsa Aguirre fue una campeona sin corona —me dijo.

La expresión establece una asociación inevitable con “Campeón sin corona”, la película de Alejandro Galindo convertida en uno de los clásicos del cine nacional, pero, aplicada a Elsa, adquiere un significado enteramente personal.

A juicio de Enrique —quien es también compositor de más de 200 canciones, algunas de las cuales han formado parte de distintas producciones cinematográficas—, Elsa tuvo las condiciones necesarias para ocupar permanentemente un lugar en el primer nivel de las grandes figuras de su generación, porque a una belleza excepcional sumó recursos como actriz, cantante y bailarina, además de una capacidad para transitar entre distintos géneros cinematográficos.

Lo que no tuvo fue la ambición de construir alrededor de sí misma una permanente campaña para defender el título de diva.

Elsa poseía un carácter muy diferente al de otras grandes estrellas que entendieron perfectamente la necesidad de administrar su propia leyenda y defender públicamente el sitio conquistado. Ella, por el contrario, conservó una sencillez y una modestia que Enrique define como “una modestia grandiosa” y que probablemente explican por qué su nombre no siempre fue colocado con la misma insistencia en el lugar que merecía.

Yo mismo pude comprobar esa contradicción en muchas ocasiones, porque detrás de una mujer cuya sola presencia podía modificar el ambiente de cualquier lugar, aparecía inesperadamente una persona sencilla, confiada y, en determinados aspectos de la vida, poseedora de una ingenuidad difícil de conciliar con todo lo que había vivido.

Enrique llegó exactamente a la misma conclusión.

—Fue ingenua hasta el último día de su vida —me reiteró.

No hablábamos, por supuesto, de falta de inteligencia. Hablábamos de una disposición emocional para confiar en las personas que terminó exponiéndola también a decepciones, malentendidos y relaciones en las que no siempre fue capaz de advertir oportunamente las intenciones de quienes se acercaban a ella.

Con el paso de los años aquella confianza comenzó a convivir con una creciente desconfianza, probablemente inevitable después de comprobar que alrededor de una figura famosa aparecen intereses que no siempre tienen relación con la amistad o el afecto.

Esa contradicción también formó parte de los últimos años de Elsa y, según Enrique, tuvo consecuencias sobre algunos de los proyectos que intentaron desarrollarse alrededor de su historia, incluido el propio libro.

Pero la dimensión más profunda de “De mis labios a tus ojos” aparece cuando el relato se aleja definitivamente del personaje público y entra en los episodios que marcaron a la mujer.

Uno de los más estremecedores se relaciona con una confesión que recibió de su propia madre.

El desafío de venir al mundo

Muchos años después de haber nacido, Elsa supo que su madre había intentado interrumpir el embarazo porque la familia vivía en condiciones de extrema pobreza y enfrentaba enormes dificultades para alimentar a sus hijos.

De acuerdo con lo que la actriz contó a Enrique, su madre recurrió a una mujer que le proporcionó diferentes preparados de hierbas con los que esperaba provocar el aborto, pero el intento no funcionó.

Elsa nació.

La noticia le fue revelada décadas después, cuando podía comprender perfectamente las circunstancias económicas que habían llevado a su madre a tomar aquella decisión, pero comprender las razones no necesariamente elimina el impacto emocional de descubrir que la propia existencia estuvo a punto de ser interrumpida antes de comenzar.

A Enrique le impresionó tanto aquella historia que decidió convertirla en uno de los elementos fundamentales de la estructura narrativa de su libro.

El manuscrito comienza con una recreación en la que Elsa se encuentra todavía dentro del vientre materno, percibiendo las voces y la agitación del mundo exterior sin entender lo que sucede, mientras la verdadera explicación de aquella escena llegará mucho después, cuando aparezca la confesión de su madre.

Es uno de los muchos momentos que permiten entender por qué el libro puede ofrecer una mirada muy distinta de la mujer cuya imagen pública estuvo asociada durante décadas con la belleza.

Su vida sentimental también ocupa un espacio importante, pero Enrique asegura que nunca quiso convertirla en un catálogo de escándalos.

Aparecen los matrimonios, los amores, las decepciones y circunstancias particularmente difíciles relacionadas con algunos de los hombres que formaron parte de su vida.

En los recuerdos y las sospechas que Elsa confió a Enrique existen incluso episodios que, observados a la distancia, podrían hacer pensar en actividades ilícitas como tráfico de drogas, vinculadas con alguna de las personas con quienes estuvo relacionada, además de comportamientos extraños y situaciones violentas que ella misma nunca terminó de comprender por completo. Enrique sitúa entre esos recuerdos algunos pasajes relacionados con su primer esposo, el periodista-publirrelacionista Armando Rodríguez Morado, con quien se casó en 1959; se trata, conviene subrayarlo, de las percepciones y sospechas que Elsa le relató, no de hechos acreditados judicialmente. A lo largo de su vida tuvo un total de tres matrimonios; su segundo esposo fue el cineasta José Bolaños, de quien ella siempre refirió con reconocimiento y benevolencia, y el tercero fue el maestro de yoga José Rafael Estrada Valero.

El libro, sin embargo, mantiene esos acontecimientos en el terreno exacto en que deben permanecer: como recuerdos y testimonios de Elsa, no como acusaciones judiciales ni como afirmaciones que pretendan resolver décadas después aquello que ella misma nunca pudo esclarecer.

Lo importante es comprender las consecuencias que aquellas experiencias tuvieron sobre su vida. Pero entre todas las pérdidas hubo una que terminó por dividir su existencia: la muerte de Hugo Rodríguez, su único hijo.

Enrique me relató durante nuestra conversación uno de los episodios más dolorosos incluidos en el manuscrito y que permite comprender hasta dónde llegó la necesidad de Elsa de encontrar alguna prolongación de aquel hijo perdido.

Después de la muerte de Hugo llegó a preguntarse si podría existir en algún lugar un hijo suyo cuya existencia ella desconociera, un nieto que representara la posibilidad de que una parte de él hubiera continuado viviendo en otro ser humano.

Entre las mujeres que habían formado parte de su vida sentimental existió una joven de la que estuvo profundamente enamorado y a la que Enrique identifica literariamente como “la libanesa triste”.

Hugo y aquella mujer habían planeado formalizar su relación, pero la familia de ella se oponía y, el día en que ambos debían encontrarse para avanzar en el compromiso, mediante la entrega del anillo de compromiso, sus padres decidieron enviarla fuera de México.

Recuerda el cineasta y escritor que Hugo regresó aquella noche completamente ebrio y Elsa, según le contó años más tarde, no necesitó preguntarle demasiado para comprender que le habían roto el corazón.

Mucho tiempo después, cuando su hijo ya había muerto en un accidente automovilístico en Cuernavaca, Elsa volvió a encontrarse con aquella mujer, de padres prósperos y conocidos, que iba acompañada de dos niños por las calles de Cuernavaca.

Mientras conversaban, ella no podía evitar observar los rostros de los pequeños intentando descubrir en alguno de ellos un gesto, una mirada o cualquier rasgo que le recordara a Hugo. La mujer comprendió lo que estaba buscando y terminó por decirle que ninguno de aquellos niños era hijo suyo.

La escena es dolorosa en sí misma, precisamente porque no necesita retoques dramáticos. Es la historia de una madre que, después de perder a su único hijo, buscaba en los rostros de dos niños la posibilidad de que algo de él hubiera permanecido en el mundo.

Para Enrique, esa sucesión de pérdidas permite entender también la importancia que la espiritualidad terminó adquiriendo en la vida de Elsa.

El yoga y las disciplinas que practicó durante tantos años no fueron simplemente una faceta pintoresca de una estrella cinematográfica interesada en caminos alternativos, sino una estructura interior a la que pudo aferrarse después de atravesar acontecimientos que habrían quebrado emocionalmente a muchas personas.

Por eso el libro “De mis labios a tus ojos” parece construir simultáneamente dos historias que en realidad son una sola, como la de la mujer observada durante décadas por millones de personas y la de aquella que, cuando se apagaban las cámaras, intentaba encontrar una explicación para su propia existencia.

El regreso a los escenarios de Elsa y López Tarso que nunca pudo concretarse

La relación entre Enrique Gutiérrez y Elsa Aguirre tampoco comenzó con el libro. Antes existió un guion cinematográfico titulado “Lo que amo de ti”, concebido para reunirla con Ignacio López Tarso en una nueva producción.

Según relata Enrique, cuando Elsa recibió el texto le advirtió inicialmente que ya no tenía intención de volver a actuar, pero aceptó leerlo y después cambió de opinión porque la historia logró entusiasmarla. López Tarso también conoció el proyecto y se mostró interesado, pero la película nunca llegó a realizarse.

Aquel guion, sin embargo, terminó teniendo una consecuencia mucho más importante para la relación entre Elsa y Enrique, porque la actriz encontró en él a la persona a quien finalmente estaría dispuesta a entregar su historia. No hubo, sin embargo, una petición solemne.

La idea apareció gradualmente durante las conversaciones, cuando ella comentó que deseaba contar su vida y que otras personas habían mostrado interés en hacerlo, aunque había rechazado esas propuestas. Entonces Enrique se ofreció a escribirla.

Cuando Enrique me contó que Elsa había llegado a decirle que él era precisamente la persona que debía escribir el libro, recordé aquel antiguo desencuentro que yo mismo había tenido con ella cuando se molestó porque le sugerí el nombre de otra persona para contar su historia.

Comenzó entonces un trabajo de meses con Enrique, durante el cual la actriz regresó a acontecimientos que, en algunos casos, llevaba décadas sin revisar y que, al ser colocados unos junto a otros, parecían adquirir nuevos significados.

Entonces comprendí con mayor claridad algo que quizá había entendido demasiado tarde; que Elsa no solamente quería que su vida fuera escrita, sino también quería decidir a quién se la entregaba. Y a Enrique terminó entregándole una parte sustancial de ella.

El resultado es un manuscrito construido a partir de numerosos capítulos breves con los que el escritor buscó mantener agilidad y permitir que cada episodio tuviera su propio espacio dentro de una historia mucho más amplia.

Algunos capítulos pueden concentrarse en apenas unas páginas antes de conducir al lector hacia otro momento de su existencia, pero la intención del autor fue mantener una secuencia capaz de explicar el proceso mediante el cual aquella niña nacida en condiciones de pobreza terminó convirtiéndose en una de las grandes presencias del cine mexicano y, muchos años después, en una mujer que buscó dentro de sí misma las herramientas necesarias para sobrevivir a sus pérdidas.

Hasta este momento no existe una fecha definitiva para la publicación de “De mis labios a tus ojos”.

El manuscrito lleva varios años terminado y Enrique asegura que fue registrado el 4 de junio de 2021, pero la muerte de Elsa abre necesariamente una nueva etapa en la que deberán resolverse los procedimientos y acuerdos correspondientes antes de establecer cuándo podrá llegar a las librerías. No entraré aquí en reseñar disputas, diferencias ni asuntos jurídicos o relacionados con los derechos de autor, porque hacerlo desviaría la atención del verdadero asunto que es hasta cierto punto muy simple y directo. Simplemente Elsa quería que el libro se publicara.

Durante años existieron diferentes posibilidades para editarlo y algunas estuvieron aparentemente cerca de concretarse, pero por distintas circunstancias el proyecto siguió esperando.

Ahora la situación es necesariamente diferente porque Elsa ya no podrá intervenir en las decisiones finales, revisar las últimas pruebas ni realizar personalmente la selección completa de las fotografías que acompañarán su historia. Y precisamente las fotografías constituyen también una parte importante de los recuerdos que dejó a quienes tuvimos la oportunidad de acercarnos a ella.

Yo aún conservo varias imágenes familiares que restauré para Elsa, muchas otras imágenes de encuentros y reuniones personales y Antonio Caballero, mantiene en su archivo otras fotografías realizadas durante distintos momentos de nuestra relación y decenas de fotos de su archivo captadas a través de los años. Enrique Gutiérrez también posee imágenes de sus encuentros con ella, incluso algunas correspondientes a los momentos en que formalizaron los acuerdos alrededor del libro.

Todo ese material podría conformar un archivo capaz de mostrar a la mujer, más allá de las imágenes ampliamente conocidas por el público. La responsabilidad de quienes participen en la etapa final de “De mis labios a tus ojos” será, por esa razón, mucho mayor de lo que habría sido si el libro hubiera aparecido mientras Elsa permanecía viva.

Ya no será posible preguntarle qué fotografía habría preferido, qué palabra habría querido modificar o qué episodio habría considerado necesario matizar, y quedará entonces una obligación elemental: respetar la voz que decidió entregar. No construir otra Elsa Aguirre ni fabricar una versión conveniente para alimentar la nostalgia por el cine mexicano, sino permitir que apareciera la mujer que existió detrás del personaje.

Ése fue siempre, según Enrique, el propósito del proyecto.

En las páginas de ese libro estará inevitablemente la actriz, pero también la niña que nació después de sobrevivir al intento de interrumpir el embarazo; la mujer que atravesó relaciones difíciles y circunstancias que nunca consiguió comprender completamente; la madre que perdió a su único hijo y buscó la posibilidad de encontrar un nieto desconocido; la mujer que encontró en la espiritualidad una manera de reconstruirse y aquella estrella que, pese a haber vivido durante décadas bajo la mirada pública, conservó hasta el final una extraña combinación de ingenuidad, desconfianza, fortaleza y sencillez.

Enrique Gutiérrez comenzó acercándose a Elsa Aguirre por admiración hacia la actriz y terminó descubriendo a una mujer mucho más compleja de lo que había imaginado.

Yo llegué a conocer otra parte de ella a través de los años, las conversaciones, las visitas, los momentos de cercanía y hasta los desencuentros que inevitablemente aparecen cuando existe una relación verdadera.

Por eso, mientras escuchaba a Enrique reconstruir aquellas confidencias, reconocía en muchos momentos a la misma Elsa que yo había conocido y, en otros, descubría historias que nunca me había contado.

Esa es probablemente una de las mayores virtudes que puede tener el libro, porque ni siquiera quienes estuvimos cerca de ella conocimos todas sus vidas.

Cuando le pregunté a Enrique qué esperaba conseguir con la publicación, no habló de ventas, éxitos editoriales ni posibilidades comerciales. Me dijo que deseaba que la historia pudiera producir en algunos lectores el mismo impacto que había provocado en él mientras la escuchaba y la escribía.

Que alguien pudiera encontrarse a sí mismo dentro de las experiencias de una mujer aparentemente tan distante de la vida cotidiana y descubrir que, detrás de la belleza, la fama y el reconocimiento, su existencia estuvo atravesada por los mismos territorios esenciales de cualquier ser humano, como el amor, el miedo, la pérdida, la decepción, la esperanza y la necesidad de encontrar una razón para levantarse después de cada golpe. Tal vez por eso aquella expresión de Enrique termina resultando tan precisa.

La diva que nunca reclamó la corona

Él y yo —y algunas personas que compartieron espacios de su intimidad—, consideramos que Elsa no necesitó proclamarse constantemente como una de las grandes para ocupar un sitio en la memoria del cine mexicano, pero una parte mucho más íntima de su historia permanece todavía fuera del alcance del público, depositada en las conversaciones que sostuvo durante meses con el hombre a quien finalmente eligió para escribirla.

Para Enrique Gutiérrez, el término “diva” ha terminado por utilizarse con demasiada ligereza, como si bastara pertenecer a una determinada generación del cine mexicano o alcanzar una edad avanzada para recibir automáticamente ese tratamiento. En su opinión, ella reunía con mayor legitimidad las condiciones asociadas a esa palabra, aunque paradójicamente nunca se asumió como tal ni mostró interés en reclamar ese sitio. Al compararla con figuras indiscutibles como María Félix, Dolores del Río o Silvia Pinal, Gutiérrez sostiene que Elsa poseía una versatilidad artística excepcional porque no solamente actuaba, sino que también cantaba y bailaba con solvencia, y podía desenvolverse con la misma naturalidad en la comedia, el melodrama o el drama.

Sin embargo —mientras otras grandes estrellas entendieron la importancia de construir, defender y proyectar públicamente su propia leyenda—, la extrema modestia y sencillez de Elsa terminaron jugando en su contra, pues, como señala el escritor, nunca exigió una corona que quizá por méritos artísticos le correspondía; de allí también su definición de aquella mujer extraordinaria como una auténtica “campeona sin corona”.

La muerte quiso, además, que yo hablara con Enrique precisamente cuando la noticia todavía buscaba confirmación y que fuese durante aquella misma conversación, mientras recordábamos a Elsa y tratábamos de imaginar el futuro de su libro, cuando llegara la respuesta definitiva.

Por eso nunca olvidaré aquella pausa. Estábamos hablando de la vida de Elsa Aguirre cuando Enrique recibió la confirmación de su muerte.

Mientras redacto estas líneas, me pregunto si quizá exista en esa coincidencia algo que explique mejor que cualquier otra cosa la importancia que el manuscrito adquirió desde ese momento.

Comprendo que la mujer que durante meses habló para reconstruir su pasado acaba de quedarse en silencio, pero sus palabras permanecen aún allí, ordenadas en unas 260 páginas cuyo título, elegido muchos años antes, parece adquirir de pronto un significado distinto.

“De mis labios a tus ojos”.

Elsa terminó de contar su historia. Ahora falta que podamos leerla —le digo a Enrique, hoy el custodio de sus memorias más sentidas.

Fotos: Alberto Carbot y Toño Caballero