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elcristalazo.com/ LA CRÓNICA

Se dice “casquinha” en portugués, o sea cáscara fina en español; “cascarita” en lengua futbolera del campo tepiteño; juego sin rigor, entretenimiento lúdico, pasatiempo jocoso y sonriente con zapato de lona, asfalto en vez de pasto, calle sin estadio, así es el juego simple como el de Tepito hace unos días con viejos jugadores lusitanos y de alguna manera fue también el entretenimiento luso del sábado pasado ante una selección mexicana de futbol cuyo esfuerzo por jugar algo parecido al balompié se estrelló en los muros de su mediocre incompetencia (no pueden competir allá del entrenamiento portugués en un partido amistoso cómodo para ellos), ni siquiera cuando la localía los recibe y cobija con un estadio esplendoroso, bello como nunca antes, cuando no habían tantos recursos electrónicos de pantallas, y juegos de luz y sonido; pulseras iluminadas con cambiantes leds; karaoke mayúsculo del infaltable cielito lindo mejorado hasta el extremo del primer mundo a través de un sonido de concierto cuyas bocinas hicieron retemblar en sus centros la tierra cuando el himno resonó y nos envolvió con sus notas marciales y guerreras, conmovedor y solemne; pero ni así se puede si sólo hay un equipo de segunda categoría, dirigido por un vivales cuya apreciación del juego demuestra egocentrismo y negación: me siento contento con la respuesta individual como si la individualidad lograra el trabajo de conjunto, como si no supiéramos el requisito fundamental del deporte mismo: la asociación, el equipo, el acompañamiento, el trabajo de grupo, pero cuando no se tiene sentido colectivo entonces no se les imbuye el espíritu gregario a los “muchaches” y se pierde el futbol y ya no queda mucho, únicamente el parloteo de merolico vendedor de colchones, experto es describir la ineptitud con los tonos de la victoria; el optimismo inútil cuando un estadio lleno de luces y esperanzas les grita en “BUUUU mayor” a los jugadores, los ridiculiza con el ¡ole! de cara torería en favor del adversario y emputece al portero nacional (EEEEE…¡puto!, la gritaban al “Tala” para rubor de Infantino), quien poca culpa tiene de este rumbo inevitable por cuyo sendero los seleccionados nacionales no podrán evadir su permanente condición de ratoncitos correlones y desorientados de aquí para allá, como ocurrió el sábado aun cuando se haya cambiado el color porque en la reinauguración del estadio eran ratitas blancas desesperadas en la medianía del pase equivocado, la carrera sin fruto, el balón por los aires, sin la debida atención a posibles jugadas a pesar del apoyo de Rafa Márquez quien poco puede hacer en su resignada condición segundona del vendedor de tálamos, para naufragar juntos en un partido de bostezo o de sueño para gloria de su farsante Director Técnico (vulgo entrenador) a quien la prensa untada llama estratega, maravilla, triunfador de Europa y mentiras de ese jaez, impropias para describir a quien ya ha fracasado en ese mismo encargo aquí y regresó de España hasta señalado por actos de corrupción en los medianos equipos bajo su dirección, sin haber alzado nunca una copa (deportiva, no de las otras), ni de liga, ni del Rey (perdió con el Osasuna y el Mallorca, grandes potencias, como se sabe); o de Europa, o de Champions, porque todo se va en hábiles campañas de relaciones públicas, pero no tiene caso abundar en lo evidente: el equipo nacional no ganará nada (ni soñar con la Copa del Mundo) si juega como lo hizo anteayer y no hay esperanza de cambio porque los factores –y los actores–, son los mismos, los jugadores los mismos, así los traigan de Madrid, de Arabia o de Júpiter; el problema es el equipo cuyo ADN está malogrado desde la codicia insaciable de la FMF; pero tampoco vamos ahora a ver la radiografía histórica del negocio más concurrido en el país, sólo decir: si el único interés es por el dinero, un mejor equipo, una potencia deportiva, les daría más ganancias, pero con una pandilla derrotada y un bucanero al frente, ganan menos, mientras otros –España. Inglaterra, Francia, Portugal, etc…– se llevan más millonadas, ya no se diga la FIFA cuyos aros concéntricos dizque de seguridad envolvieron al gobierno de esta ciudad con cierres de calles y avenidas sin necesidad, pero esa es harina en otra costalada: Trump nos dicta la política e Infantino el gobierno de la ciudad, con todo y la ley seca insuficiente para evitar al borracho despeñado en el Estadio por no seguir las instrucciones de Noroña, en vez de orinar en una coladera quiso saltar a otro piso en busca del urinario y terminó hecho pedazos, veinte metros más abajo, pero en fin… ya vimos el ensayo mundialista: ya padecimos por un juego de futbol cuya logística podría ser idéntica a la seguida durante medio siglo sin problemas, pero no, se siguen descubriendo el agua tibia y el hilo negro, con lo cual podemos rematar estas líneas con algo muy sencillo: en este ensayo para el ensayo para el mundial vimos y disfrutamos un estadio de primera; padecimos un equipo de segunda y soportamos una ciudad de cuarta (transformación) con sus baches interminables, sus avenidas sometidas, sus absurdos rigores viales y su condición dominada por la FIFA enorme y definitivo poder por encima de todo y de todos, pero hay algo bueno de todo esto: el pedacito de mundial se acabará pronto en esta dolida capital.