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Musa, confidente y alter ego del renombrado artista mexicano
El pasado sábado falleció en Los Ángeles, a los 90 años, Brigita Liepins Anguiano, compañera de vida del pintor Raúl Anguiano. Más que una amiga cercana, ella fue una presencia familiar marcada por la inteligencia, la generosidad y una lealtad profunda. Durante años compartió con su entorno cercano la vida cotidiana en la casa de Francisco Sosa, en Coyoacán, desde donde asumió, por convicción y amor, la tarea de preservar y promover la memoria y la obra del Maestro. Con su muerte se va una mujer excepcional, cuyo destino quedó ligado al de Anguiano desde su encuentro en Guadalajara, y cuya vida estuvo dedicada a honrar ese legado hasta el final
Brigita Liepins recordaba con la precisión de un reloj suizo, el momento en que en Guadalajara tuvo su primer encuentro con quien después se convertiría en su compañero por 37 años, el último de los grandes del muralismo, Raúl Anguiano.
Eran las 4:15 de la tarde del 21 de julio de 1967. ¿Por qué tengo la fecha bien presente? Porque ese día festejaba mi cumpleaños 32 y en poco tiempo debía retornar a Estados Unidos como parte del staff de publicistas del gobernador de California, Ronald Reagan. Es una larga historia, evocaba con nostalgia esta mujer que mostró una entereza admirable durante los largos días de duelo que siguieron a la muerte de Anguiano.
La llegada de Brigita a México respondió inicialmente a una circunstancia profesional singular. Había estudiado diseño gráfico en el Glendale College y en la Universidad de California, campus de Los Ángeles (UCLA), y obtuvo una beca para especializarse en el manejo de la acuarela. Vino al país como parte de un trabajo vinculado a la campaña publicitaria de Ronald Reagan, entonces aspirante a la gubernatura de California.
Como contraprestación, obtuvo la posibilidad de profundizar en la acuarela. Aquella experiencia, pensada en principio como un episodio laboral, terminaría marcando un giro decisivo en su vida personal y artística. Anguiano, por su parte, había arribado a su tierra para una exposición.
En entrevista con Gentesur / La revista de México, Brigita recordaba que el Maestro fue invitado a dar una conferencia a su clase, pero llegó tarde debido a que estaba preparando una exposición que sería inaugurada esa noche. Pero ella no asistió, porque la familia que la hospedaba le ofreció una cena de cumpleaños.
“Sin embargo, al encontrarnos nuevamente, me preguntó por qué no había asistido a la inauguración y, ocurrente, le respondí que, porque él no me había invitado personalmente, así que me propuso acompañarlo al día siguiente, narraba divertida.
Cuando estudiaba en California, en 1963, había asistido a la clausura de una exposición colectiva en Anaheim, cerca de Disneylandia, donde uno de los cuadros de los expositores mexicanos la había cautivado particularmente, pero no recordaba con precisión el nombre del autor.
Mi sorpresa fue mayúscula cuando en su compañía visité su exposición, pues ahí estaba el cuadro que me había impresionado. Es mío; yo soy mi cuadro; yo soy mi arte, creo que me dijo Anguiano cuando le relaté la anécdota. Desde entonces quedé enamorada de su trabajo, decía la talentosa mujer.
En ese tiempo ella estaba casada y tenía ya dos hijos pequeños: Lynda y Mark Anderson.
Originaria de Riga, capital de Letonia, retornó a California, para volver a México en 1969. Ya divorciada, comenzó una nueva vida con Anguiano, el artista mexicano, en ese entonces de 54 años, que con su trabajo le había robado el corazón.
A lo largo de los años, Anguiano siempre dijo que, para él, el amor al arte estaba en primer lugar; luego los hijos y después los nietos. Cuando él declaraba eso armaba casi un escándalo.
En California, luego de una conferencia donde había vuelto a expresar estos conceptos, los periodistas la rodearon y le preguntaron qué opinaba de ello.
Yo respondí que estaba en lo cierto, porque antes que enamorarme de él, me había cautivado su obra, decía esta dama que hablaba alemán, letón, inglés, francés, español y un poco de italiano, y que con modestia reconocía que no había heredado el talento de su madre, quien dominaba a plenitud 7 idiomas.
El éxodo por vida
Su infancia quedó marcada por una atmósfera de incertidumbre: Europa se acercaba a la guerra, el ascenso de Hitler era ya evidente y Letonia con un pasado reciente bajo dominio ruso, se encontraba nuevamente en peligro. Sus padres comprendieron pronto que la libertad del país tenía los días contados y decidieron transmitirle aquello que consideraban el legado más valioso: la cultura.
En su casa, el arte fue una forma de resistencia y de preparación para el futuro. Ella creció escuchando ópera, música clásica y aprendiendo pintura desde temprana edad. Su padre, dedicado a los negocios y a la política, era un pintor por vocación. Con paciencia y disciplina le enseñó a pintar, y la acuarela se convirtió muy pronto en su medio predilecto. Durante los veranos, pintaba en la granja de sus abuelos. El mar ocupó también un lugar central en su memoria afectiva. Junto con el ámbar, constituía uno de los símbolos más profundos de la identidad letona.
El momento más dramático llegó en 1944. Con las tropas alemanas en retirada y el avance del ejército ruso, el padre de Brigita tomó una decisión irreversible. Abandonaron su hogar con una sola maleta. Su madre cargaba a la hija menor, de apenas tres años. Lograron abordar el último barco de la Cruz Roja con destino a Danzig. El trayecto fue extremadamente peligroso: enfrentaron ataques aéreos y el riesgo constante de resultar heridos o muertos. Desde el camino escuchaban cómo los soldados irrumpían en las casas y asesinaban a quienes encontraban.
Durante la huida, la familia sobrevivió gracias a las pocas joyas que pudieron llevar consigo, intercambiándolas para avanzar de un poblado a otro. Se alimentaban de huertos abandonados, se ocultaban en sótanos, vagones y cualquier refugio disponible.
La travesía fue muy peligrosa por los continuos ataques aéreos y las tropas rusas. Comíamos lo que podíamos de los huertos, escondiéndonos en sótanos, vagones o donde fuera. Fuimos capturados 2 veces por los rusos, pero mi madre, que dominaba perfectamente ese idioma, nos salvó convenciendo a nuestros captores que también éramos rusos, recordaba.
Durante cinco años, la familia de Brigita vagó por distintos puntos de Checoslovaquia y Alemania. Fue una infancia atravesada por el exilio, el miedo y la adaptación constante, pero también por una educación cultural sólida que terminaría definiendo su carácter, su sensibilidad artística y su capacidad de resistencia. Ella tenía 9 años y su hermana Ausma 3. Fue —en sus palabras—, un continuo y peligroso peregrinar. Estuvo en Polonia, Checoslovaquia y Alemania antes de llegar a Estados Unidos, en 1949, donde estudió, se casó y tuvo a sus hijos.
Esa experiencia temprana, marcada por la pérdida y la supervivencia, sería el cimiento silencioso de la mujer que más tarde custodiaría con firmeza y dignidad el legado de Raúl Anguiano.
Mis padres fueron mi enseñanza y mi inspiración. Él era un gran pintor de corazón, aunque se dedicara a los negocios, y con infinita paciencia me enseñó a pintar. La acuarela se convirtió en mi pasión y me inspiraba en el mar y en la belleza de los campos letones; y mi madre, es la mujer que más he admirado por su fuerza y determinación, agregó.
Su padre le pidió no regresar a su país mientras éste no fuera libre, y 44 años más tarde, cuando por fin se independizó, lo visitó nuevamente acompañada ya de Anguiano, quien quedó impresionado por la fuerza del arte letón.
Sentía que inexplicablemente también poseía algo de prehispánico, en los colores de la tierra, no con la fuerza de México, pero sí había vasos comunicantes, expone.
Se mostraba eternamente agradecida con Estados Unidos, porque afirma que allí encontró una nueva vida, educación y una familia pero también sentía gratitud con ese país porque le permitió conocer a Raúl Anguiano, gracias a la beca que obtuvo para estudiar en México.
Artista por derecho propio
Brigita Liepins fue también una artista por derecho propio. Y lo era desde antes de conocer al fallecido muralista. Diseñadora de gran prestigio, especialista en el ámbar de su natal Letonia, generosa, culta, inteligente, políglota, sensible y discreta, no dudó nunca en ser la mujer detrás de un gran hombre, aunque, en palabras de quien fuese gran amigo de la pareja, el prestigioso abogado Jorge Barrantes, el Maestro Raúl siempre aclaró que al lado —no atrás—, de un gran hombre siempre hay una gran mujer.
Barrantes transmitió la profunda entrega de Brigita hacia el genial muralista. Él nunca se puso al frente del volante de un auto; ella fue su conductora, su paje, su desinteresada asistente, su valet. Ella no sólo fue la musa y la mujer que amaba con devoción a su pareja; se convirtió en parte insustituible de él mismo.

Foto: Alberto carbot
Su actitud, más que sus palabras, revelaban el amor y la dedicación que tuvo siempre para con Anguiano. Maestro le llamaba con reverencia y respeto, a pesar de ser ella, también, una gran artista. Y él se enamoró también profundamente de esa peregrina europea y lo decía con orgullo y complicidad: mi mujer es una nacionalista letona, porque él era también un nacionalista, apasionado y preocupado por México hasta el último día de su vida.
El haber encontrado a alguien con ese mismo sentimiento nacionalista fue muy importante. Yo lo entendía muy bien y los 2 coincidíamos en que la obra es para la nación. Fue una relación maravillosa, afirmaba Brigita, quien se dolía por la ausencia física de su pareja.
Durante muchos días no quise entrar a su estudio, que estuvo con llave, como él lo dejó cuando partimos hacia Huntington Harbor; y no quise, porque estaba segura que al entrar lo vería sentado mientras pintaba de espaldas a la puerta, y no podría abrazarlo como siempre lo hacía.
La llegada del perro Tajín y su decisión de no tener descendencia juntos
La vida del pintor Raúl Anguiano no puede entenderse únicamente a través de su obra mural y de caballete. Su dimensión humana, íntima y cotidiana quedó preservada en los relatos de quienes lo acompañaron hasta el final: la propia Brigita y la hija chiapaneca de él, Carmen Anguiano Reyes. Ambos testimonios permiten reconstruir no sólo la trayectoria del artista, sino la forma de vida que eligió y defendió hasta sus últimos días.
Brigita, explicó en distintas ocasiones una de las preguntas que con frecuencia rodearon su matrimonio: la decisión de no tener hijos en común. Anguiano ya era padre de dos más: Marina y Pablo Anguiano Fernández, cuando iniciaron su vida juntos. Ella, por su parte, ya tenía dos. Según relataba, si bien en algún momento lo consideraron, diversas circunstancias los llevaron a decidir que no. Ambos optaron por una entrega total: ella dedicarle su vida y él a ella, en una etapa en la que la crianza ya no era una prioridad compartida.
En ese núcleo familiar apareció una figura que con el tiempo adquiriría un peso simbólico profundo: Tajín, un perro xoloescuintle que llegó a sus vidas cuando se inauguró la Casa de Cultura Raúl Anguiano, en Guadalajara. Brigita recordaba que, frente a las cámaras, alguien le dijo al pintor que, siendo un artista mexicano, debía tener un perro mexicano, como lo habían tenido Diego Rivera y Frida Kahlo. Tajín tenía apenas cuatro meses cuando le fue entregado.

(Foto: Carol Petersen / Archivo Raúl y Brigita Anguiano)
Desde entonces, Tajín dejó de ser un animal doméstico para convertirse en una presencia central en la vida cotidiana y creativa de Anguiano. El pintor nunca lo llamó perro. Para él era un ángel. Lo dibujó y pintó innumerables veces: llenó cuadernos y diarios, realizó un óleo de gran formato más grande incluso que su autorretrato, y lo incorporó en al menos tres murales, entre ellos el de Huayamilpas, en Coyoacán. Parte de esa obra se conservó posteriormente en California.
Brigita contaba que Tajín acompañó al Maestro en 25 vuelos internacionales. Recordaba con especial nitidez el último traslado, ya en condiciones extremas, a bordo de un avión militar. Anguiano iba intubado y el perro permaneció tenso, nervioso, como si comprendiera el sufrimiento de su amo. Días antes, cuando el pintor fue llevado al hospital, Tajín se aferró a su pantalón y lanzó gritos que ella describía como los de un lobo herido. Para Brigita no había duda: el animal sabía que la situación era grave.
Tras la muerte de Anguiano, Tajín volvió a mostrar un comportamiento que la familia interpretó como duelo. Cuando regresaron al día siguiente con las hijas del pintor, el perro lloró con ellas. Brigita relataba que, días después, al transmitirse por televisión un programa dedicado a Raúl Anguiano, el animal permaneció atento durante toda la emisión, observando la imagen de su amo. Ella solía relacionar ese comportamiento con la tradición prehispánica que atribuye a los perros la tarea de acompañar a sus dueños más allá de la vida.
En vida, Brigita hablaba también de su futuro sin él. Decía no saber aún qué rumbo tomar, pero afirmaba que lucharía por cumplir su voluntad: evitar que la obra de Anguiano quedara confinada en bodegas y asegurar que su legado, que consideraba patrimonio de la nación, pudiera ser visto por todos. Se proponía mantener el estudio, clasificar materiales, ordenar los libros pendientes. Mencionaba incluso la posibilidad de retomar la acuarela y el piano, disciplinas que siempre practicó en privado para él. Reconocía que la tarea por delante era vasta.
El testimonio de la hija del pintor, Carmen Anguiano Reyes, aporta la cronología precisa de los últimos días. Carmen relató que se enteró de la gravedad de su padre el 12 de enero, mientras se encontraba en Tapachula. Venía de un viaje a Argentina y desconocía que la situación en México fuera crítica. La llamada de Brigita fue directa y urgente: él había ingresado al hospital militar, no había esperanzas y era necesario que acudiera de inmediato.
Carmen viajó sin preparación alguna, convencida de que aún encontraría con vida a su padre. Llegó el mismo día de su fallecimiento, el 13 de enero de 2006. Brigita le informó que podrían verlo a las nueve de la mañana. En el trayecto al hospital, el médico responsable un general, llamó para advertir que procederían a intubarlo. Ante la súplica de Brigita, aceptó retrasar unos minutos el procedimiento para que la hija pudiera despedirse.
A pesar de la rigidez del sistema hospitalario, la excepción fue concedida. Carmen encontró a su padre consciente, rodeado de aparatos, con dificultad para respirar. El médico la acompañó con respeto y le pidió que hablara, que no guardara silencio. Ella le tomó la mano, lo tranquilizó, le habló de Dios, del perdón y de la paz. Mientras hablaba, ambos lloraron. Carmen recordó con claridad el ojo izquierdo de su padre abierto, atento, escuchándola.
Después entró Brigita. El beso de despedida fue difícil: la altura de la cama y los tubos lo impedían. Aproximadamente a las 10:20 de la mañana, unos veinte minutos después de salir del cuarto, recibieron la llamada que confirmó la muerte del pintor. Carmen expresó estar convencida de que su padre la esperó para morir. Consideró ese último aliento como un gesto final de amor y despedida.
Hoy, con la partida también de Brigita, la mujer que custodió su legado hasta el final, estos testimonios adquieren un valor definitivo. La de un artista mayor del muralismo mexicano y la de su compañera que entendió su misión como propia, acompañados como dicta la antigua tradición, por un xoloescuintle que no los abandonó en el tránsito final.
Su impulso por revivir la expedición mexicana a Bonampak en 1949
Brigita llegó a la vida de Raúl Anguiano dos décadas después de la histórica expedición a Bonampak organizada por el INBA en 1949, en la que él participó como responsable de realizar una memoria gráfica del viaje, de los mayas lacandones y de su entorno. Recordaba que, además del trabajo plástico encomendado, Anguiano elaboró un diario minucioso donde registró cada experiencia vivida por los integrantes de aquella expedición a la Selva Lacandona, un documento que con el tiempo se convertiría en una pieza fundamental para comprender no sólo el viaje, sino su impacto humano y cultural.
Ese diario publicado por la UNAM en 1959, fue considerado por Brigita como el testimonio más auténtico de los acontecimientos de la expedición, incluidos los episodios trágicos que la marcaron, como la muerte de Carlos Frey y Franco Lázaro Gómez en el río Lacanjá. Subrayaba que la convivencia cotidiana con la cultura maya y sus descendientes dejó una huella profunda en Anguiano, quien, más allá del encargo oficial, llenó pequeños cuadernos con dibujos e ideas y realizó numerosas fotografías que ampliaron su mirada sobre ese mundo.
De ese material surgieron, ya de regreso en su estudio de la Ciudad de México, algunas de las obras más importantes de su trayectoria, entre ellas La espina, reconocida internacionalmente. Brigita señalaba que el tema de los lacandones ocupó un periodo prolongado en la vida artística del pintor y que esa fascinación se mantuvo hasta el final, al quedar plasmada incluso en los cuatro murales que realizó en los últimos años de su existencia.
En el plano personal, Brigita explicaba que su vínculo con Bonampak se fue construyendo también a partir de coincidencias íntimas. Para Anguiano, el 3 de mayo evocaba la tragedia de la expedición; para ella, en cambio, era la fecha del nacimiento de su hija Linda. Esa superposición de memorias hizo que, con el paso del tiempo, comenzara a sentirse parte de la historia de Bonampak. Sin embargo, tuvieron que transcurrir 62 años desde la expedición original y cinco años desde su muerte, para que se alinearan nuevas circunstancias que la llevaran a cumplir un proyecto que Anguiano nunca pudo realizar en vida.
Ese impulso definitivo llegó en 2011, cuando Brigita tuvo acceso a fragmentos de la película filmada por Luis Morales durante la expedición y se sumó a la propuesta de Alberto Carbot por recoger los testimonios de los lacandones sobrevivientes y revisar sus impresiones después de más de seis décadas.
A ello se añadió el renovado interés académico y cultural en California por la cultura maya, lo que terminó de convencerla de volver a Bonampak y la disposición de Roberto Domínguez Castellanos, entonces Rector de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas (UNICACH), por rescatar la odisea histórica.
Ese viaje que incluyó encuentros con antiguos modelos de Anguiano y descendientes directos de los lacandones retratados, fue para ella un sueño cumplido y un homenaje a los expedicionarios de 1949, con la única sombra de que él ya no pudo acompañarla. El libro “Expedición a Bonampak, diario de un viaje. Memorias de una expedición a la Selva Lacandona. 1949” se publicó en julio de 2012, con prólogo y edición de Alberto Carbot, con financiamiento de la propia Brigita y la UNICACH.
En esa nueva incursión, participaron la escultora Glenda Hecksher, el productor Hugo Patiño, Carlos Frey Solís hijo del descubridor del sitio—, Brigita Anguiano, y los periodistas Norma Inés Rivera, Alberto Carbot y Antonio Caballero.
Norma Inés Rivera: Brigita, sinónimo de amistad, memoria y generosidad
La muerte de Brigita Liepins Anguiano se suma a una cadena de pérdidas dolorosas en un año marcado por la ausencia de seres entrañables. Sin embargo, su partida no borra la presencia luminosa de una mujer cuya sonrisa franca, inteligencia natural y calidez humana, dejaron huella en quienes la conocimos de cerca. Ella fue, ante todo, una mujer que supo vivir con dignidad, alegría y coherencia hasta el final asegura Norma Inés Rivera.
“La conocí hace más de cuatro décadas, cuando acompañé a Alberto Carbot en su primera entrevista con el Maestro Raúl Anguiano, en la casa-estudio de Coyoacán. Desde ese primer encuentro nació una amistad entrañable con el matrimonio Anguiano Liepins, construida con el paso de los años a partir de la confianza, el afecto genuino y una complicidad marcada por el arte y la conversación.
“Brigita era alegría sin artificios. Amable, sencilla, cercana, siempre hospitalaria, nos hizo sentir parte de su mundo. Con ella compartimos confidencias, proyectos, anhelos y muchas risas. Tenía esa cualidad poco común de las personas auténticas: hacía fácil la cercanía y duradera la amistad”, dice.
“Su vida, sin embargo, no estuvo exenta de dificultades. Desde muy pequeña enfrentó el desarraigo y la huida. Nacida en Letonia, dejó su país junto con sus padres y su hermana en medio de la guerra. En largas charlas, Brigita me relató aquella noche en que su madre las vistió con la ropa más gruesa y salieron a escondidas de casa. El frío intenso, los trayectos interminables en tren y barco hasta llegar a Estados Unidos quedaron grabados en su memoria como el inicio de una nueva vida forjada desde la resistencia.
“A pesar del exilio, nunca perdió el vínculo con sus raíces. Regresaba siempre que podía a Riga y ese amor por su tierra se expresó también en su trabajo como diseñadora de joyería, especialmente en piezas elaboradas con ámbar letón, ese material casi dorado que para ella condensaba identidad, historia y belleza.
“Brigita amaba la vida y la vivía con plenitud. Rara vez se le vio triste o enojada. Sólo la muerte de su esposo, a quien siempre llamó el Maestro, nubló por momentos la claridad de sus ojos. Ese amor profundo la llevó incluso a emprender una travesía a la Selva Lacandona, junto a un grupo de amigos, para recrear el viaje que él realizó a Bonampak en compañía de Carlos Frey, el descubridor de la ciudad maya.

(Foto: Antonio Caballero)
“Aquel recorrido estuvo lleno de caminatas por la selva, trayectos en lancha, convivencia con los lacandones, noches entre árboles y el murmullo del río Usumacinta. Pero, sobre todo, estuvo marcado por la emoción de Brigita al revivir la experiencia del Maestro. Para ella, ese viaje fue un sueño largamente acariciado y finalmente cumplido.
“Entre las muchas anécdotas compartidas, recuerdo una en particular. Un domingo, después de una comida, no encontramos taxis para regresar a su casa en Coyoacán. Cansados ya por la caminata, Alberto le dijo medio en broma, medio en serio, que quizá tendría que vivir una experiencia inédita: tomar un pesero. Así ocurrió. En la calle de Medellín abordamos un microbús rumbo a nuestro destino. Ella, lejos de incomodarse, disfrutó el trayecto con curiosidad y humor. Incluso, posó sonriente para una fotografía que durante años nos provocó carcajadas.

(Foto: Alberto Carbot)
“Esa generosidad espontánea la acompañó siempre. Años después, invitada a la boda de nuestra hija Andrea, la llevó a su casa sin explicaciones previas. Con naturalidad y una mirada cómplice, puso en manos de la futura novia el cuadro El tigre rojo. Para que empieces tu colección, le dijo. Más tarde acompañó a los novios en su boda, celebrada en una terraza del Centro Histórico, a espaldas de Catedral, compartiendo con todos, sin distancias ni protocolos.
“Cuando decidió mudarse definitivamente a Huntington Beach, cerca de San Diego, nos invitó a su despedida. Hubo mole, comida mexicana y mariachis, como una forma de ocultar la tristeza que le producía dejar su hogar. Antes de partir, nos llamó para entregarnos su regalo final: a Alberto, unas nuevas mancuernillas de plata y ámbar diseñadas para su esposo; a mí, caftanes de seda de su colección personal.
“Así era Brigita: generosa, luminosa, profundamente humana. Amó la vida, a sus amigos, a México y, sobre todo, al Maestro. Su recuerdo permanece intacto y agradecido”, recuerda la también periodista y escritora.
La mirada cercana de Vicky Flores, quien acompañó a la pareja por más de 30 años
Vicky Flores, asistente y colaboradora durante más de tres décadas de Raúl Anguiano y de Brigita Liepins en México, la recuerda desde un vínculo construido en la cercanía diaria, el trabajo constante y el afecto profundo.
Ella conoció a Anguiano en el taller de litografía de Andrew Vlady, donde trabajaba como secretaria y asistente. Desde ahí comenzó una relación profesional que se transformó con los años en una colaboración cercana: coordinaba clientes, apoyaba en exposiciones, logística de murales y en el trabajo cotidiano del taller, vínculo que más tarde se extendió también a Brigita.
Tras la muerte del muralista permaneció a su lado, ayudándola a ordenar la casa, seleccionar libros destinados a bibliotecas, organizar grabados, fotografías y archivos, primero en México y después en California. Su relación no fue circunstancial: fue una convivencia prolongada, casi familiar.
Para Vicky Flores, ella fue una mujer de enorme cariño y confianza, alguien con quien compartió estancias largas, incluso durmiendo en su casa en Los Ángeles para acompañarla y asistirla en tareas delicadas. La describe como una mujer agradecida, consciente del apoyo recibido, y recuerda con emoción el mensaje que recibió de su hija Lynda, agradeciéndole todo lo que había hecho por su madre y por el Maestro, un gesto que sintetiza el reconocimiento íntimo a su lealtad y entrega.
En los últimos años, fue testigo del deterioro físico y cognitivo de Brigita. Recuerda que llegó un momento en que ya no quería hablar con nadie, no por desdén, sino porque le resultaba cada vez más difícil sostener una conversación. Finalmente fue internada en una casa de asistencia especializada en adultos mayores, donde según relata, estuvo tranquila y bien cuidada. Aun así, conservaba gestos de afecto: respondía mensajes, agradecía recuerdos y sonreía al recibir fotografías, como las de su cumpleaños número 90.
De Brigita guarda la imagen de una mujer que nunca estuvo sola del todo, incluso en la fragilidad, y que hasta el final mantuvo un vínculo silencioso pero firme con quienes la acompañaron durante años. Su muerte, ocurrida en la madrugada del sábado pasado, cierra una etapa larga y compleja, pero deja también la certeza de una vida sostenida por el afecto, el trabajo compartido y una fidelidad absoluta a la memoria y la obra de Raúl Anguiano.
La partida de Brigita en el recuerdo del escultor Sergio Peraza
El destacado escultor Sergio Peraza la recuerda como una mujer que supo vivir bien, con una serenidad poco común y sin los conflictos familiares que suelen enturbiar las biografías largas. En su memoria queda la imagen de una vida plena, construida desde la inteligencia, la curiosidad y una capacidad afectiva que se manifestaba en lo cotidiano: la hospitalidad, el humor, la conversación abierta y la atención genuina hacia quienes entraban en su casa.
El artista sitúa su relación con Brigita en los años noventa, aunque los hilos del vínculo se remontan mucho antes. Ella lo reconoció siendo niño, cuando su padre llevaba esculturas a la galería que dirigía en el Hotel María Isabel Sheraton en los años setenta. Ese gesto recordar al hijo de un artista décadas después, revela una memoria afectiva excepcional y una forma de entender el arte como comunidad, no como escaparate.
Peraza subraya su generosidad constante: la casa siempre abierta, el trato cálido, el buen humor y el vino compartido. Ella, comenta, fue durante años el eje silencioso que hacía posible la vida social, intelectual y artística alrededor de Raúl Anguiano. Más que acompañante, fue presencia activa, organizadora natural, sostén cotidiano y guardiana del equilibrio doméstico y creativo de Anguiano.
Hay también en su recuerdo una Brigita distinta cuando él no estaba presente: una mujer de vasto bagaje cultural, amante de la ópera, la música, los libros, la gastronomía y el pulque; una europea profundamente curiosa de México, que hablaba el español a su manera, con una mezcla entrañable de acentos y giros que nunca perdió. Esa forma singular de expresarse era parte de su identidad y de su encanto, incluso cuando él intentaba corregirla.
Finalmente, Sergio Peraza evoca el dolor que ella arrastró en sus últimos años: la venta de la casa y lo que él llamó un saqueo, entendido no como un robo físico, sino como la pérdida y desarticulación del reconocimiento institucional y cultural del legado de Anguiano, así como la desaparición de la sala dedicada al Maestro en Palacio Nacional.
Aquella sala había representado para ella una culminación justa, y su cancelación la sintió como una afrenta personal. Pese a todo, Brigita conservó la dignidad y la lucidez. Con su muerte dice, se va una figura clave en la historia íntima del pintor y en la memoria de quienes la trataron de cerca.
Descanse en paz.
Foto principal: Brigita Liepins (Alberto Carbot)
