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elcristalazo.com

Cuando Álvaro Obregón describió con una frase eterna la corruptible condición de los militares y sentenció: no hay general que resista un cañonazo de 50 mil pesos, echó por tierra muchas imágenes románticas de los hombres de uniforme, ya sea verde o azul. Antes que militares, hombres falibles, defectuosos, con luces y sombras como todos los seres humanos.

Las instituciones sólidas, verticales como las iglesias o las fuerzas armadas y algunos partidos políticos (ninguno en México), lo son a pesar de las fallas individuales de sus integrantes. Y eso lo hemos visto recientemente en la Marina y en el Ejército.

No es este el momento de hurgar nuevamente en los archivos del huachicol y sus consecuencias fiscales, con su historia de nepotismo impenitente, ni la forma tan vulgar como se manipulaban promociones, haberes y ascensos en la Marina Armada. Esa es materia de sobra conocida y mientras no haya un castigo a los hombres, la mancha permanecerá para la institución. Pero ese es tema para la comandancia suprema.

Las Fuerzas Armadas cuya condición endogámica dominó por muchos años el panorama, especialmente desde la extinción del sector militar en el partido dominan te del siglo pasado (PNR-PRM-PRI) vivieron casi todo el periodo post revolucionario en la discreta convivencia entre su fortaleza y su lealtad. Sus integrantes hacían negocios civiles mientras mantenían la disciplina castrense y el respaldo institucional. La fiesta iba en paz.

Pero en el sexenio anterior el sabio equilibrio se rompió. Los militares pasaron a ser operadores financieros, constructores, administradores de aduanas y puertos; restauradores de aeropuertos decadentes, contratistas y gendarmes. No porque fuera necesario comprar su lealtad, esa estaba garantizada; no, sino para usarlos como escudo de los negocios de los políticos quienes desde el gobierno o invocaban y aplicaban leyes y condiciones imaginarias de seguridad nacional para formarlos como tapaderas.

Nada se auditaba oportunamente porque las obras militares (la mayoría subrogadas), formaban parte de la Seguridad Nacional, concepto elástico e indefinido si los hubiera, manejado casi siempre al capricho del Palacio Nacional.

El corredor ferroviario del Istmo de Tehuantepec, por ejemplo, fue entregado a la administración vitalicia de la Marina, pero su construcción quedaba bajo la supervisión de uno de los hijos del señor presidente. Todos hemos visto algunos resultados parciales de tanta ineptitud acumulada.

Hoy nos enteramos de otra circunstancia cuya mugre salpica al Ejército Nacional:

“Un tribunal federal (Reforma) inhabilitó 10 años y multó con 6.8 millones de pesos a un ingeniero militar por irregularidades en la contratación de maquinaria pesada durante la construcción del Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles (AIFA), en 2021.

“Se trata del ingeniero constructor Omar René Martínez Hernández, quien recibió el equipo en su frente de obra sin que existiera un contrato formal con la empresa proveedora.

“Los hechos ocurrieron en junio de 2021, cuando el militar, entonces con grado de Capitán, se desempeñaba como residente del Frente 38, en la zona de Servicios de Apoyo a la Operación del aeropuerto.

“Según el fallo, la maquinaria comenzó a llegar el 7 de junio, pero el contrato se firmó hasta el 7 de septiembre. Además, la empresa involucrada ni siquiera contaba con el giro para rentar maquinaria pesada al momento de iniciar la entrega, ya que modificó su objeto social días después”.

Si la mona queda mona, aunque la vistan de seda, el delito sigue siéndolo así se cometa con la pantalla del uniforme verde olivo. La transa es la transa y descubrir los enjuagues, publicarlos y saber de ellos no daña de ninguna manera la Seguridad Nacional.

Más la afecta el debilitamiento ético de las instituciones

Muy lejos aquella idea de Manuel Gómez Pedraza (ministro de Guerra y Marina de Guadalupe Victoria):

 “Las utilidades que las naciones cultas han sacado del Cuerpo de Ingenieros, no se han reducido a sólo la guerra y a la defensa; también han sido extensivas a la hermosura y comodidad de edificios, canales y caminos… (1828)”