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Estamos en México en una situación institucional de destrucción masiva, el gobierno no puede ofrecerle a nadie una garantía de respeto de sus derechos, ya sea de propiedad, de libertad, ya sea de expresión, de cátedra, de mantener físicamente la libertad pudiendo cualquier ciudadano ser detenido sin orden judicial, únicamente por mera sospecha, de poder elegir libremente a nuestros gobernantes.

Todos estos derechos carecen de garantía alguna. La respuesta del gobierno al respecto ha sido de meramente negar de que estas amenazas existen. Es como tener un vecino con una ametralladora calada en el techo se su casa apuntando a la nuestra, que nos dice, “no te preocupes vecino nunca voy a usar esa arma en contra tuya, tenme confianza”.

Pues bien, ante este mundo de amenazas en la que nos encontramos en México, vemos que la única esperanza es, que al haber elecciones, la oposición las gane de una forma tan contundente que negarlo por parte del gobierno sería prácticamente dar un golpe de Estado, negando la voluntad popular. Con ello se generaría una presión internacional tan grande de que el gobierno tuviere que ceder el poder o que se provocare un rechazo a un gran fraude electoral por parte de las fuerzas armadas que forzaren un cambio de régimen hacia el democráticamente elegido.

Sin embargo, el gran problema que enfrentamos en México es la apatía de los ciudadanos, en primer lugar, porque no salen a votar, y, en segundo lugar, porque los que votan lo hacen con mayorías relativas cercanas a 1/3 del electorado, suficiente para ganar las elecciones, al existir una gran división y dispersión por parte de la oposición. Esto se solucionaría con el establecimiento de segundas vueltas electorales que no existen en nuestra legislación.

Pero otro gran problema que existe es que en México tenemos dos grandes grupos de ciudadanos; los que apoyan al régimen y los que lo detestan. Y dentro de este segundo grupo, tenemos, por un lado, a los ciudadanos que militan en partidos políticos y, por el otro, a ciudadanos que no pertenecen a ningún partido político.

El problema que visualizo de este último grupo es que muchos ciudadanos consideran que militar en un partido político es malo, por lo que prefieren participar en las jornadas electorales como meros observadores, desperdiciándose así la gran oportunidad de llenar una gran mayoría de las casillas electorales con representantes de partido en ellas.

A continuación, ofrezco una tabla de las diferencias que hay entre un observador y un representante de partido en una casilla electoral:

AspectoObservador electoralRepresentante de partido
Representa aNadie (ciudadanía)Partido político / candidatura
PosturaNeutral e independienteParcial, defiende intereses
Interviene en la casilla❌ No✅ Sí
Puede presentar protestas❌ No✅ Sí
Puede firmar actas❌ No✅ Sí
Requisitos de imparcialidadMuy estrictosNo aplican
AcreditaciónINEPartido político

La conclusión a la que llego de lo anterior es que ser observador electoral es un gran desperdicio puesto que si lo comparamos con el representante de partido, este último tiene una función activa y oficial que incide formalmente en el desarrollo de los procesos electorales con un nivel de validez de sus observaciones oficial, que las autoridades deben de tomar en cuenta. Mientras los observadores son meros testigos sin función de defensa electoral.

Tenemos como ejemplo el caso de la oposición en Venezuela que pudo mostrar las actas de escrutinio y cómputo para comprobar que la oposición ganó las elecciones. Si hubiera habido en su mayoría meras fotografías o testimonios de observadores electorales, su valor probatorio sería mucho menor del que se exhibe con actas originales entregadas a los representantes de los partidos en las casillas.

Que la sociedad civil no se confunda, si quiere dar la batalla por la democracia la mejor forma de hacerlo es a través de los partidos de oposición y no divorciándose de ellos.

Las opiniones expresadas por los columnistas son independientes y responsabilidad absoluta de los autores