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Manchado para la eternidad por la infame ocurrencia de convertir la carrera judicial en oportunidad de elecciones amparadas, organizadas y orientadas por el partido en el poder, el Poder Judicial de la Federación va de tumbo en caída; de tropiezo en traspiés y describe en su nueva ruta un sendero descendente, una atroz espiral de incompetencia, una burla a los ciudadanos quienes gozan con saberse engañados a cambio del cotidiano plato de lentejas.
Hasta la señora presidenta (con A), tan prudente y cautelosa siempre en sus juicios, se ha descosido en cuanto a la “Tremenda corte”:
“…Algo pasa cuando entran ahí a ese edificio ¿no?
“Sí, como que se transforman, no sé. Ha de estar embrujado, los espíritus del pasado, no sé…
“No está bien…”.
Los malletes se vuelven macanas y en la interminable cadena de intrigas e ignorancia judicial, de la Suprema Corte hasta el más ramplón juez calificador de multas de tránsito o borrachín orinando en la banqueta (o en la coladera, pues), no hay ni la mínima calidad, sin olvidar las excepciones por demostrar cuando vengan las reclamaciones furibundas de quienes se sienten intocables.
Y mientras llegan las quejumbres ( dirán falta de respeto a las audiencias, aunque en el papel nada se oye) les contaremos la triste historia de una señora cuyo talento no le permite distinguir la “O” por lo redondo; ni sabe ni entiende, pues a pesar de estar colocada por obra y gracia de su protector político (el señor de Macuspana) navega por los negros ríos de su incapacidad en la Suprema Corte donde cada y cuando abre la boca lo hace para la pifia, para equivocarse hasta con el orden de la orden del día.
Muchos han querido hallar el origen de su ineptitud en algo cuyo aprendizaje se da en las primarias y nocturnas y se conoce como “lectura de compresión”, cuyo nombre preciso debería ser comprensión de la lectura. Desde ahí no da una. Ni en eso.
Pero esta pobre, de cuyo nombre no quiero acordarme para no herir la susceptibilidad ni suya ni de otras colegas quienes no cantan mal las rancheras es un caso perdido, pero por desventura mayor no el único.
Desafinaditas, pero con sentimiento, las cosas se les dan mal, como es el caso de otra compañera suya, también togada pero sin bordado típico, quien además de sus frecuentes dislates populistas, se halla metida ahora en un debate de ambiciones y tarascadas sobre el presupuesto de la corte suburbana (todas usan Suburban) y su posible llegada a la presidencia del tribunal constitucional en sustitución del Pierre Cardin de la Mixteca, el Tlatoani de los ropajes ceremoniales bordados de flores y pajaritos, cuya nacionalidad indígena y su folclórico bastón de mando, son los únicos méritos por los cuales disfruta su provechosa posición tribunalicia, la cual incluye entre sus clasistas prestaciones, una lambiscona limpia chanclas de tiempo completo y amplio salario, pero con visión de género, no se crea…
El desorden de “La suprema” (no es pulquería) es como un herradero.
Una señora atlética (carga al pueblo sobre su espalda), quiere prebenda y categoría e invoca la Constitución, pero como la ley está mal hecha y peor remendada, tiene tesis encontradas y contradictorias y no hay nadie para resolverles el galimatías, mientras ella –fiel a la costumbre de la izquierda quejicosa– clama y lloriquea porque se asume víctima de trato injusto y acuña una frase tan sonora como la divina voz del pueblo: tienen contra mí una animadversión insana.
Lo notable es la similitud de origen entre ella y sus insanos malquerientes lo cual recuerda aquella frase de arriero: cuando se pelean las mulas nomás las patadas se oyen, dicho sea, sin alusión alguna, nada más lo cito como un homenaje a la cultura popular; es decir del pueblo sabio y bueno, ejemplar y trabajador, capaz de decir, cuando la perra es brava hasta los de casa muerde y cosas por el estilo, útiles para ejemplificar de manera fantástica la conducta de los humanos. Como las fábulas con los animales como personajes.
La corte y los demás tribunales, muestran cómo una reforma puede perjudicar todo y dejarlo peor de como estaba. No hay remedio porque ni siquiera existe la honestidad política de reconocer el mayúsculo tiradero del tepache, cuyos líquidos fermentados ya superan el derrame de aquel legendario pozo Ixtoc cuyo incendio en los tiempos del auge petrolero prefiguraba la desgracia energética por venir mientras nos disponíamos a la alegre administración de la abundancia.
No importa si quienes entraron lo hicieron por la burda reforma de Morena aplicada por este gobierno y encomendada por el anterior; mucho menos sabemos cuánto tiempo tardará la rueda en girar hasta puntos menos populistas e ineficientes, pero mientras eso ocurre o no sucede, en otros puntos cimeros de la administración de justicia no se desafina la canción ranchera.
La ministra Mónica Soto, quien había puesto de manera casi obscena el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación al servicio del régimen, pero cuyas sentencias y actuaciones se hicieron siempre (así me lo dijo un día) con la Constitución en la mano, ahora ignora la Carta Magna y sin satisfacer el requisito de la causa grave para tirar el arpa, avienta la toalla y decide poner un alto en su vida profesional y navegar hacia el puerto de La Paz en Baja California Sur, cerca de donde sus ojitos vieron la primera luz hace ya algunos abriles.
Pero el problema en Carlota Armero, no es actual. Se arrastra de tiempo atrás.
La magistrada Yanine Otalora, quizá la más seria de todos quienes han pasado por esa institución, fue víctima de una asonada. La empujaron de la silla principal de esa corte. Tiempo después se fue. Algo parecido le ocurrió a Reyes Rodríguez Mondragón: Con el jamás aclarado argumento de la pérdida de la confianza, sus compañeros –encabezados por la actual dimitente–, lo sacaron a la mala. Ni siquiera chistó.
Ahora, nuevamente, el TEPJF se queda cojitranco.
Para ser completamente incompetente debe trabajar con un grupo de siete personas en la sala superior y apenas junta cinco. Así queda incompletamente incompetente. Es una institución degradada desde hace mucho tiempo (desde antes de los acordeones, justo es decirlo) y ahora se encamina por la senda del parche y la excepción porque el proceso electoral del próximo año ya tiene fecha de inicio.
Mónica Soto deja los anteojos morados con cuyo cristal miraba todo con perspectiva de género (¡ah!, qué monada) y mejor se coloca las gafas de la cautela: vio venir los tiempos recios y se marcha antes del inicio del incendio. El recuerdo de cómo ayudó a validar una mayoría fraudulenta de Morena y su sobrerrepresentación en el Congreso la perseguirá toda su vida.
Pero no solo en esas elevadas cumbres se respira aire viciado.
En la justicia cotidiana, la urgente para la vida diaria de quien anhela justicia, las aguas están turbias.
Hace unos días –por ejemplo– las personas afectadas por un caso en curso, piden la aceptación de una prueba pericial importante para ellos. Si ese examen grafológico se admite, se probaría la falsificación de un pagaré en litigio.
La firma del defraudado –según dicho de los afectados–, fue obtenida a partir de un recorte de otro documento. La signatura se implantó (y hasta con otra tinta) a partir de otro asunto, y en esas andanzas truculentas bailan 4 millones de pesos. La jueza de lo mercantil en Naucalpan, Brenda Becerrra Gutiérrez, no ha admitido ese recurso hasta ahora. Quizás lo haga, quizás no.
Pero mientras tanto la señora Ruiz Morales (quejosa en el litigio) vive con el alma en un hilo. Si no se admite su prueba, perderá hasta el hilo, ya no digamos el ánima…
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