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La modernidad acarrea innovación.
También se puede decir en sentido inverso: la innovación es producto natural de la modernidad. Y para innovar se debe cambiar y el cambio –sea o no sinónimo de progreso–, es la oferta más frecuente de los políticos para mantener las cosas esencialmente iguales, pero con atractivos ropajes contemporáneos. En ese sentido los lenguajes digitales son una mina de oro en la aparente originalidad de un gobierno sin otra oferta propia.
Lo nuevo barre con lo viejo, aunque la novedad se inspire en asuntos tan añejos como el control del individuo por parte del Estado.
Hobbes le llamaba “Leviatán”. Y en nuestros días hay demasiados leviatanes al acecho de los ciudadanos. Generar la digitalización de todo hace más fácil cualquier tipo de control, aunque paradójicamente las conductas delictivas o de plano criminales, también prosperen y se adapten al uso de las nuevas formas de vigilancia a través del ciberespacio en el universo o en el metaverso.
El moderno Leviatán (en la 4T, Leviatanóatl) es prohibicionista por naturaleza.
No importa si sus ucases contradicen los dichos libertarios de su origen como Estado con el uso indiscriminado de las herramientas exclusivas de su actuación abusiva como operador de las instituciones.
Un caso hasta jocoso es este en contra de las consecuencias de una de sus máximas potestades. Solamente el Estado es capaz de cobrar impuestos y emitir moneda. Pero usar libremente su moneda en cantidades significativas y para usos particulares, está prácticamente prohibido. Nadie puede comprar una casa o un automóvil con dinero contante y sonante, aunque diga: Banco de México.
No es posible usar el dinero de “curso legal” en cualquier transacción. El dinero en efectivo es asunto de criminales. Por eso todo debe hacerse a través del sistema bancario donde no todos brillan por su honestidad.
Los hay –dicen– rapaces y usureros. Yo no lo creo. Nunca ha estado de acuerdo con quien dijo: Asaltar un banco se hace una vez y está penado; un banco asalta a sus clientes todos los días y nadie se queja.
En el México actual donde poco a poco el gobierno desarrolla una paranoia furibunda hacia las redes sociales antes bendecidas, quiere controlar los contenidos digitales y aplica seguimiento territorial a los ciudadanos cuando quieren hacer una simple transferencia bancaria para lo cual exige su geolocalización.
–¿Dónde, dónde estás, qué estás haciendo…? cantaba Pedro Infante.
Para darle juridicidad y legalidad al empeño, el gobierno ha creado una Ley de Economía Digital para Pagos Digitales y Electrónicos (sic), en la cual Tláloc y Bill Gates se hacen compadres y determina cuáles son los sectores estratégicos y las actividades relevantes» en las cuales el modo digital debe ser la única forma admisible de pago.
En este sentido la Onexpo (Organización Nacional de Expendedores de Petróleo) , una organización de comercio de hidrocarburos, vulgo gasolinerías y estaciones de servicio, ha expresado preocupación sobre los pagos digitales y el efectivo en sus negocios porque ha sido conminada a desterrar los pesos y los centavos; lops billetes y los tostones de su actividad, pero advierte inconsistencias.
“…contempla (la ley) una excepción por “contingencia” (falla de terminal, internet, red celular, energía o sistema bancario) que permitiría aceptar efectivo temporalmente, pero aún no define reglamentariamente qué constituye una contingencia ni cómo se acredita. Será uno de los artículos más relevantes para el sector”.
Los gasolineros proponen: Incentivar (estimular, pues) al consumidor, no obligar al establecimiento.
“La transición avanza más rápido –dicen– con ventajas concretas para quien paga (recompensas, menores costos) que con sanciones a quien vende, considerando con información de la ABM que hay más de 25 millones de personas que no están incorporados a la banca (19% de la población).
En ese sentido argumentan: la decisión sobre el medio de pago (la ley no permite decidir; obliga) corresponde al consumidor, no a la estación. Por eso la transición debe ganarse por conveniencia para el usuario —mejores precios, recompensas, facilidad— y no imponerse como una obligación regulatoria que traslada al contribuyente (la estación de servicio) el riesgo y la sanción por una decisión de pago que no controla.”
Se dulcifique o no la medida nada la alejará de estas reflexiones de John Gray:
“…El Occidente liberal está poseído por la idea de libertad. Cualquier freno a la voluntad humana es condenado como un modo de represión. Si unos seres humanos infligen daño a otros es porque la sociedad los ha perjudicado a ellos primero. Cuando se corrijan esas injusticias, todos podrán vivir como gusten tras haber creado el mundo en que desean vivir.
“Pero paradójicamente, para que esa libertad pueda ser efectiva es preciso vigilar y controlar todos los aspectos de la vida. El lenguaje debe depurarse de todo rastro de crimen de pensamiento, La mente debe dejar de ser un terreno privado y someterse a un escrutinio que detecte los sesgos y errores que en ella se ocultan.
“Como ya vaticinara Dostoievski en “Los demonios”, la lógica de la libertad ilimitada es el despotismo ilimitado.”
Aunque la economía del mundo durante milenios creció y construyó la llamada civilización con monedas y papel –no con bytes ni datos circulando en transferencias electrónicas–, el nuevo evangelio (en el cual satisface a la izquierda con el espantapájaros del crimen y el “cash”, como hermanos siameses, sin contar al Hermano Pío entre ellos, claro) el Estado hoy piensa como banquero y el banquero habla en nombre del Estado.
Recordemos la reciente convención bancaria y las palabras de José Romano:
“…La banca mexicana cuenta con un sistema de pagos confiable, de los más eficientes del mundo; sin embargo, opera con niveles muy altos del uso de efectivo que limita el crecimiento de la economía.
“En México 8 de cada 10 transacciones se realizan en efectivo, mientras en países como Brasil o Uruguay esa proporción es 3 de cada 10 (¿Y?).
“El efectivo cumple con una función, ya lo platicábamos, claro que cumple con una función (llenar las arcas del banco, por ejemplo), especialmente en zonas marginadas para adultos mayores (¿?), pero tiene costos significativos, no genera rendimientos al ahorro (o sea, no nos depositan) no construye historial financiero para acceder al crédito (ni tampoco listas para el Buró de Crédito), limita la inclusión financiera, aumenta el riesgo de pérdidas y robos, y facilita el financiamiento de actividades ilícitas que afectan la seguridad de los mexicanos…”
Acabemos con el efectivo para engrandecer el control del Estado y estimular opulencia de los bancos.
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