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Una charla de Hernán Casciari, de 2015, vuelve a circular y confirma que muchas de las grandes historias universales sólo fueron posibles gracias a la incomunicación
Un fragmento de video filmado en la Universidad Nacional de La Matanza en Argentina, reaparece una década después. En él, el escritor Hernán Casciari reflexiona, con humor y lucidez, sobre cómo el teléfono móvil habría hecho inviables los grandes relatos clásicos y, de paso, cuestiona qué tipo de vidas estamos construyendo en la era de la conexión permanente.
Hace unos días llegó hasta mí un fragmento de un video que circula desde 2015 y que, durante años, fue atribuido erróneamente a distintos autores argentinos. El registro corresponde en realidad a una charla pública de Hernán Casciari, realizada en octubre de 2015 en la Universidad Nacional de La Matanza, en el marco de una actividad cultural abierta al público universitario.
Casciari —escritor, editor y cronista nacido en Mercedes, provincia de Buenos Aires, autor de libros como Más respeto, que soy tu madre, El pibe que arruinaba las fotos y El mejor infarto de mi vida, y fundador del proyecto editorial Orsai—, participó en aquel encuentro como invitado central, subiendo al escenario para desarrollar, en formato de monólogo literario, una reflexión sobre la incidencia del teléfono celular y de la conectividad permanente en la narrativa clásica y en la vida contemporánea.
El planteamiento parte de una escena doméstica muy concreta. Casciari cuenta que, cuando su hija tenía seis o siete años, aún le narraba cuentos infantiles antes de dormir. Una noche le relató Hansel y Gretel y, al llegar al momento en que los hermanos se pierden en el bosque, empieza a oscurecer y el miedo se vuelve parte central del relato, moduló la voz para intensificar la tensión. Lejos de asustarse, la niña interrumpió la historia con una observación tan lógica como desconcertante: ¿por qué no llamaban a su padre por el celular? Fue entonces cuando el autor comprendió, casi con sorpresa, que su hija no sabía que había existido una vida anterior a la telefonía móvil, y que esa sola idea alteraba por completo la lógica del cuento.
A partir de ese punto, la reflexión se expandió. Con humor preciso y una cadena de ejemplos reconocibles, Casciari se preguntó en el video qué habría ocurrido si los personajes clásicos hubieran tenido un teléfono móvil en el bolsillo. Caperucita alertando a su abuela antes de encontrarse con el lobo; Penélope recibiendo noticias constantes de Ulises; Romeo y Julieta resolviendo su tragedia con un mensaje oportuno; Pinocho localizado por una alerta escolar; Tom Sawyer geolocalizado en el Mississippi. La conclusión es demoledora: la trama entonces no funcionaría.
Un enorme porcentaje de la literatura universal —sostiene Casciari—, se construyó sobre la distancia, el desencuentro, la espera y la incomunicación. Sin esos elementos, desaparece el conflicto, se diluye la tensión y se vuelve innecesaria la aventura. La tecnología, al resolverlo todo de inmediato, desactiva el motor narrativo que durante siglos dio forma a los grandes relatos.
La observación es más bien una advertencia lúcida, ya que, al eliminar la incertidumbre, la hiperconectividad mediante los celulares ha erosionado no sólo las tramas literarias, sino también cierta forma de vivir. No se trata de una condena simplista del progreso tecnológico; la aventura, el riesgo, el extravío y la espera —materia prima del relato y de la experiencia humana—, han sido sustituidos por alertas, mensajes y localizaciones en tiempo real mediante el celular.
Quizá por eso este fragmento sigue circulando y generando adhesión una década después, porque obliga a preguntarnos si, en nombre de la comodidad, no nos estamos convirtiendo en personajes tal vez perfectamente informados, pero narrativamente irrelevantes. “Héroes perezosos”, les llama Casciari, protegidos de todo, incluso de la posibilidad de una buena historia.
Por la vigencia del planteamiento y para preservar la fuerza del relato tal como fue dicho, a continuación, reproduzco el texto original del autor, sin modificaciones.
Los héroes perezosos de Hernán Casciari

No hace mucho le contaba a mi hija. Tengo una hija que tiene 11 años, pero cuando tenía 6 o 7 todavía le contaba cuentos infantiles. Y un día le conté por primera vez el cuento de Hansel y Gretel, y el momento en que los hermanitos se pierden en el bosque y empieza a anochecer. En ese punto cúlmine de la trama —que yo se la contaba con voz muy seria, para que se asustara un poco—, mi hija, en vez de asustarse, me dijo: “¿Por qué no llaman al papá por el celular?”.
Y yo pensé entonces, recién entonces, por primera vez, que mi hija no sabe que hubo una vida antes de la telefonía inalámbrica. Y descubrí también qué espantosa resultaría la literatura, la clásica, si el teléfono móvil hubiera existido siempre.
Pensemos, por ejemplo, en cualquier historia clásica, la que se les ocurra: Blancanieves, Caperucita, Pinocho, El viejo y el mar, Macbeth, La familia de Pascual Duarte, cualquiera. Y pongamos un teléfono móvil en el bolsillo del protagonista. ¿Funciona la trama? ¿Funciona la trama ahora que los personajes pueden llamarse desde cualquier lado?
No importa qué historia hayamos elegido; la trama no funciona un carajo en ninguna. Con un teléfono en las manos, por ejemplo, Penélope ya no espera con incertidumbre que el guerrero Ulises regrese del combate.
Con un móvil en la canasta, Caperucita alerta a la abuela a tiempo y la llegada del leñador no es necesaria nunca.
Con un telefonito, el coronel sí tiene quien le escriba, por lo menos algún mensaje de texto, aunque sea spam. Y Tom Sawyer no se pierde en el Mississippi, gracias al servicio de localización de personas de Movistar. Y el chanchito de la casa de madera le avisa a su hermano que el lobo ya está yendo para ahí. Y Gepetto recibe una alerta de la escuela, avisándole que Pinocho no llegó por la mañana.
Un enorme porcentaje de las historias escritas tuvieron como principal fuente de conflicto la distancia, el desencuentro y la incomunicación.
Existen los cuentos clásicos gracias a la ausencia de telefonía móvil.
Ninguna historia de amor, por ejemplo, habría sido trágica o complicada, si los amantes esquivos hubieran tenido un teléfono en el bolsillo.
Pensemos en Romeo y Julieta, la historia más romántica por excelencia. Esa historia basa toda su tensión dramática final en una incomunicación fortuita. La amante finge un suicidio. El enamorado la cree muerta y se mata. Y entonces ella, al despertar, se suicida de verdad. Perdón el spoiler. Ahora, si Julieta hubiera tenido un teléfono móvil, le habría escrito un mensajito de texto a Romeo en el capítulo seis: “Me hago la muerta. No estoy muerta. No te preocupes. No hagas boludeces. Beso. Nos vemos en Verona”.
Todas, todas las historias fracasan si les ponemos un teléfono móvil. Todas esas películas donde el chico corre como loco por la ciudad al aeropuerto, donde nunca hay taxis, para que ella no suba al avión, ahora se solucionan con un WhatsApp.
Y me pregunto, muy en serio: ¿no estará pasando lo mismo con la vida real? ¿No estaremos privándonos de aventuras novelescas por culpa de la conexión permanente?
¿Alguno de nosotros, alguna vez, correrá desesperado al aeropuerto para decirle a la mujer que ama que no suba a ese avión, que la vida es acá y es ahora? Yo creo que no. Yo creo que le enviaremos un mensaje de texto lastimoso desde el sofá, mientras el Racing juega contra el Independiente.
¿Para qué hacer el esfuerzo de vivir al borde de la incertidumbre, al borde de la aventura, si algo siempre nos va a interrumpir? Una llamada a tiempo, un mensaje binario, una alarma.
Nuestro cielo ya está infectado de señales y de todos nuestros secretos:
“Cuidado que el Duque está yendo ahí para matarte”.
“Ojo, que la manzana está envenenada”.
“No vuelvo esta noche a casa, porque he bebido”.
“Si le das un beso a la muchacha, se despierta y te ama”.
“Papá, vení a buscarnos, que unos pájaros se comieron las migas de pan”.
Nuestras tramas están perdiendo el brillo —las escritas, las vividas, incluso las imaginadas—, porque nos estamos convirtiendo en héroes perezosos.
Hay que entender que la reflexión de Hernán Casciari no apunta contra la tecnología en sí, sino contra el modo en que el teléfono móvil ha reorganizado silenciosamente nuestras vidas. Al cancelar la espera, el error y la distancia, el celular ha modificado la forma en que nos vinculamos, decidimos y recordamos. También ha alterado nuestra relación con el riesgo y con el tiempo, volviendo innecesarios muchos gestos que antes definían una experiencia.
Quizá por eso este texto conserva su vigencia: porque recuerda que toda buena historia —escrita o vivida—, necesita incertidumbre, riesgo y espera, y porque sugiere que, en un mundo donde todo puede resolverse con un mensaje de WhatsApp a través del celular, la verdadera pérdida no es narrativa, sino humana. A esto nos han llevado los tiempos modernos.
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