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DIÁLOGOS SOBRE TÉCNICA, PERSONAJES Y PERMANENCIA, CON EL ESCULTOR SERGIO PERAZA
Sergio Peraza desgrana los secretos de su oficio con la paciencia de quien ha dedicado décadas a observar la luz. Explica el principio vital de la escultura —luces y sombras—, y revela el truco que convierte un hueco en una ceja poblada. Habla de Colosio, del peso de retratar a un hombre asesinado a los 44 años, y de la diferencia entre copiar e interpretar. Recuerda a Octavio Paz, al que conoció en una fiesta y al que luego esculpió con rostro de joven, como embajador en la India. Evoca a sus maestros: Nishizawa, el dibujante extraordinario, y Anguiano, el cómplice que le enseñó que el artista no le hace un favor a su modelo, sino a su obra. Cuenta anécdotas de taller, reflexiona sobre la fama como una trampa y deja un consejo para los jóvenes escultores: que no tengan prisa, que aprendan a amar el oficio antes que el aplauso.

El escultor Sergio Peraza, ante el busto de Luis Donaldo Colosio. «Él tenía chispa, humor, tenía una forma de mirar que desarmaba. Eso es lo que quiero rescatar: la vitalidad, la energía, la promesa de lo que pudo haber sido» — asegura. 𝗙𝗼𝘁𝗼: © 𝗔𝗻𝘁𝗼𝗻𝗶𝗼 𝗖𝗮𝗯𝗮𝗹𝗹𝗲𝗿𝗼
II y última parte
En el taller, el espacio respira antes que él. El yeso, el barro y el bronce ocupan los estantes en una acumulación que responde a una lógica de trabajo, no al desorden. Peraza se mueve con familiaridad, como si cada objeto formara parte de una geografía interior que conoce de memoria.
Frente a él, un busto aún fresco concentra la atención. Peraza inclina el cuerpo, observa, y la mirada cambia de registro: deja de ver una forma y comienza a leer una estructura. Su mano se acerca con precisión. Señala un punto mínimo, apenas un milímetro de diferencia en la línea del rostro.
—Aquí —dice—. Aquí está la tensión.
Los dedos ajustan el volumen con un movimiento breve, suficiente para alterar el equilibrio del conjunto. La pieza responde. Peraza retrocede, evalúa. La mirada recorre el busto desde distintos ángulos, buscando una presencia que debe sostenerse por sí misma.
—Cuando funciona ya no tienes que explicarlo —señala.
En ese espacio, el tiempo adquiere otra medida. No responde al reloj, sino a la lógica del trabajo que avanza por capas. El escultor vuelve a acercarse al busto. Lo gira apenas, lo enfrenta a la luz. La superficie cambia. Un plano se activa, otro se repliega. La pieza comienza a sostener una expresión que no estaba ahí unos minutos antes.
—Esto —dice—, es entender lo que tienes enfrente.
—Sergio, pasemos a la técnica. Dijiste algo fascinante sobre el maquillaje en la escultura. Por ejemplo, ¿cómo se esculpe un lunar sin ponerlo como un bulto en la cara?
—Ese es el principio vital de la escultura: luces y sombras. Los huecos generan sombras, las superficies generan luz cuando el sol les pega cenitalmente. Si tú ves el busto de Consuelo Velázquez, que tenía un lunar característico, en la escultura no es un volumen. Es un hueco. Al producir la sombra, a la distancia, genera la impresión del lunar. Con la pintura puedes aplicar color. Con la escultura sólo tienes físico, luz y sombra.
—¿Cómo descubriste eso?
—Fue un día, de buenas a primeras, a contraluz. Estaba trabajando en un busto, ya no recuerdo de quién, y la luz de la tarde entró por la ventana. Vi cómo las sombras modelaban el rostro, cómo los huecos se volvían oscuros, cómo los volúmenes se iluminaban. Y de repente entendí algo que había estado haciendo de manera intuitiva: la escultura no es la forma, es la luz que la revela. A partir de ese día, empecé a trabajar de manera distinta. Más consciente, más preciso.
—¿Dime la forma en que aplicas ese principio en tus retratos?
—Depende de la persona. Si es una mujer maquillada, como Consuelo Velázquez, trabajas las sombras de manera más suave, más difusa. Si es un hombre con la ceja poblada, como Colosio, trabajas el hueco más profundo, para que la sombra sea más intensa y a la distancia parezca vello. Todo eso es a través de pequeños grandes detalles. Reto a cualquiera. Es simple, acércate al busto de Consuelo Velázquez o al Colosio que hice, y a la distancia ves perfectamente la ceja. Te acercas y ¿qué ves? Un hueco. No hay ceja. Es sombra.
—¿Acaso eso no es una trampa?
—El arte es una trampa. El arte es hacer que la materia mienta, como me enseñó León Portilla —explica sonriendo—. No estamos para reproducir la realidad, estamos para transformarla, para darle un sentido que no tenía; para que alguien mire un hueco y vea una ceja. Eso es magia. Y la magia necesita técnica, pero también necesita osadía. Atreverse a decir: Yo sé que esto no es una ceja, pero usted va a ver una ceja. Y funciona.
—Hablemos de Luis Donaldo Colosio. ¿Qué significó para ti hacer su busto?
—Una responsabilidad enorme. El gobernante que me lo pidió quería una estatua. Y yo le dije: en muchas estatuas no se saben finalmente quiénes son los representados. Se les ve así, en un pedestal, y la gente pasa y no sabe si es un héroe o un villano. En cambio, un busto… el fin es el homenaje, es un retrato. La idea es homenajear a la persona; que quien lo vea sepa que ahí está Colosio, que lo reconozca, que lo recuerde.
—¿Y cómo te aseguras de que sea fiel?
—Trabajo con fotografías de primera mano. Pero no sólo eso. Necesito entender a la persona. No sólo su rostro, su personalidad. Por eso me gusta platicar con quienes lo conocieron, leer lo que escribió, escuchar sus discursos. Colosio fue un hombre carismático, con una mirada que podía ser dura o tierna según el momento. Eso hay que plasmarlo. No es únicamente la nariz o la boca, es la mirada, es la luz que le entraba a los ojos cuando hablaba.
—¿De esa forma evitas caer en la caricatura?
—Evitando exagerar. La caricatura exagera un rasgo, lo vuelve grotesco. El retrato, en cambio, busca el equilibrio. No quiero que la gente diga: Ah, sí, es Colosio porque tiene la nariz así. Sino: es Colosio porque tiene su presencia. Esa es la diferencia entre un artesano y un artista. El artesano copia. El artista interpreta.
—Has criticado otras esculturas de personajes públicos. Dijiste que algunas parecen de “restaurante chino”.
—Bueno, no quiero hablar mal de colegas —dice riendo—. Pero hay cosas que son difíciles de defender. He visto bustos de personajes ilustres que parecen hechos con un molde genérico: le pones bigote y es uno, se lo quitas y es otro. No hay estudio, no hay observación, no hay respeto por la persona retratada. Y eso se nota. La gente no es tonta. La gente ve una escultura y dice: “Esto no se parece”. Y tiene razón.
—¿Qué me puedes decir del busto de Colosio que está colocado en Reforma?
—Prefiero no opinar. Cada quien hace su trabajo. Yo me limito a hacer el mío. Y espero que la gente, cuando vea el mío, sienta que está viendo a Colosio. No a una idea de Colosio; ni a un Colosio genérico. Ve a Colosio con sus virtudes y sus defectos y con su humanidad —menciona.
Peraza advierte que casi todos sus bustos están hechos a una escala mayor que la natural. “Si a uno de mis bustos le pones cuerpo, resultaría una estatua de al menos tres metros y medio de altura”, explica. La razón es práctica: los ha concebido para estar a la intemperie, en una plaza o en un parque. Desde la distancia, parecen hombres de tamaño real. Pero al acercarse, el espectador descubre que son más grandes. No es un engaño, dice, sino una decisión de lenguaje escultórico.
Explica que la escala monumental no busca intimidar; busca que el personaje se imponga con naturalidad en el paisaje urbano, sin perder la intimidad del gesto. Por eso también cuida con obsesión la luz cenital: “El sol es el juez número uno ante cualquier obra escultórica. Cuando le pega el sol completamente se ven los contrastes muy fuertes y el escultor debe saber controlar que las luces y las sombras tengan un ritmo y una armonía”.
—¿Cómo fue el proceso de investigación para ese busto?
—Muy largo. Vi muchos videos de él, leí muchos discursos. Pero lo más valioso fue hablar con gente que lo trató. Me contaron anécdotas, me describieron sus gestos, la forma en que movía la cabeza cuando escuchaba, la manera en que fruncía el ceño cuando no estaba de acuerdo. Todo eso lo fui anotando. Luego, cuando empecé a modelar, traté de ponerlo todo en el barro. No siempre se puede. Pero lo intento.
—¿Y has tenido alguna sorpresa durante el proceso?
—Sí. Me di cuenta de que Colosio era mucho más joven de lo que la gente recuerda. Cuando lo asesinaron, tenía 44 años. Eso es un hombre joven. Y en muchos retratos oficiales lo pintan como un señor mayor, grave, serio. Pero él tenía chispa, tenía humor, tenía una forma de mirar que desarmaba. Eso es lo que quiero rescatar: la vitalidad, la energía, la promesa de lo que pudo haber sido.

—¿Eso se puede plasmar en bronce?
—Claro que sí. El bronce no es frío. El bronce es cálido, es vivo. Si trabajas bien las luces y las sombras, si logras captar la expresión justa, el bronce puede transmitir alegría, tristeza, ironía, lo que quieras. No es un material muerto. Es un material que espera, y el escultor es quien lo despierta.
—Abordemos otro de tus proyectos, el de Octavio Paz. Llevas años con él.
—Muchos años. Empecé el busto cuando él todavía vivía. No lo hice porque se fuera a morir, lo hice por admiración. Yo admiro a Octavio Paz. Admiro su poesía, su ensayo, su forma de entender México. Y quise hacerle un homenaje escultórico, como el que se hace a los grandes—recuerda.
Peraza sí conoció a Octavio Paz en persona. Fue en una fiesta de cumpleaños que reunía a tres personajes que celebraban el mismo día: Raúl Anguiano, José Luis Cuevas y Eulalio Ferrer. Allí estaban también Gabriel García Márquez y otros intelectuales. “Octavio Paz, lo conoce uno tan bien en imágenes, pero cuando lo ves en persona sientes que es alguien que te va a saludar de la misma manera, pero no fue así”, recuerda Peraza. Lo describe distante, serio, ocupado. Pero esa distancia no le impidió observarlo. Se fijó en la barba que ya le crecía, en los pómulos marcados, en los oblicuos del rostro que la edad había afilado. “Él hablaba y hablaba, y su mano”. Esa imagen quedó grabada en su memoria. Regresó a su taller, agarró la plastilina e hizo un Octavio Paz viejo, el que había visto esa noche. Pero el busto que ahora expone es otro: es el Paz joven, el embajador en la India, el que escribió “La llama doble”, el que renunció a su cargo por dignidad política. Uno es el hombre que conoció. El otro, el mito que eligió recordar.

«Empecé el busto de Octavio Paz cuando él todavía vivía. No lo hice porque se fuera a morir, lo hice por admiración. Admiro su poesía, su ensayo, su forma de entender México. Y quise hacerle un homenaje escultórico, como el que se hace a los grandes—dice Sergio Peraza. 𝗙𝗼𝘁𝗼: © 𝗔𝗻𝘁𝗼𝗻𝗶𝗼 𝗖𝗮𝗯𝗮𝗹𝗹𝗲𝗿𝗼
—¿Cómo reaccionó la gente cuando supieron que tenías un busto de Paz, que murió poco tiempo después?
—Eduardo Camacho, de Excelsior, mandó a su fotógrafo. Publicaron una foto al día siguiente en el suplemento cultural. En esa época todavía había buenos suplementos culturales diarios, no semanales. Al día siguiente me llamó Anguiano: Sergio, acabo de ver la publicación, felicidades, pero ven, te tengo que dar los detalles, me dijo.
—¿Qué detalles eran esos?
—Anguiano había visto la foto y notó algo: la papada. Me orientó: Quítale un poco de papada. Que se vea más joven. Hazlo como cuando fue embajador en la India, cuando escribió “El mono gramático” y “La llama doble”. Y yo le hice caso. Porque Anguiano era un gran retratista y sabía que no le haces un favor a tu modelo, le haces un favor a tu obra de arte.
—¿Y cuál es tu versión favorita de ese busto?
—Hice varias. Una más joven, de cuando fue embajador. Otra más avejentada, más cercana a sus últimos años. No sé cuál me gusta más. Cada una tiene su encanto. Pero la que más me emociona es la primera, la que hice cuando él todavía vivía. Porque ahí no había intención de homenaje póstumo. Era sólo admiración. Y eso se nota.
—¿Dónde te gustaría que estuviera colocado?
—En Mixcoac, donde vivía su abuelo Irineo Paz, en la calle que lleva su nombre, afuera, en la calle. No dentro de una institución a la que haya que entrar con permiso. En la calle, para que la gente pueda pasar, tomarse una foto, preguntar quién es. Para que los niños señalen y digan: “Mamá, ¿ese quién es?” Y la mamá diga: “Ese es Octavio Paz, un premio Nobel mexicano”. Eso sería un homenaje de verdad.
—¿Por qué no se ha hecho?
—La burocracia. Los permisos. Los políticos que prometen y no cumplen. Yo ya no cuento mis proyectos hasta que están hechos. Pero ya son muchos años con Octavio Paz. Y no cuaja. Pero ahí está. En la plastilina. Esperando. Como tantas otras obras que he hecho y que tal vez nunca vean la luz pública.
—¿No te desanima?
—A veces. Pero luego recuerdo lo que me enseñó Anguiano: ¡Adelante con las farolas!. Y sigo. Porque un escultor no puede darse el lujo de desanimarse. El escultor sigue, aunque nadie lo vea, aunque nadie lo aplauda, porque lo que importa no es el aplauso, lo que importa es la obra. Y la obra está ahí, esperando su momento.
—Recordemos a Luis Nishizawa. También fue tu maestro.
—Nishizawa fue otro gigante. Yo estudié con él en la Escuela de Artes Plásticas. Y años después, cuando ya era escultor, le hice su retrato. Fui a su casa, lo invité a posar. Él estaba cómodo en mi taller, ya no me veía como el alumno, sino como el colega. Y eso se sintió muy bien.
—¿Cómo fue esa experiencia?
—Le dije: le he hecho tres retratos diferentes —porque mucho de mi trabajo es así, hago una versión, la dejo, hago otra, la dejo, y voy llegando a la definitiva—. Nishizawa vio el primero y me comentó: me gustan los ojos. Curiosamente, eran huecos. Vio el segundo y me dijo: Me gusta el cabello. Vio el tercero y me dijo: Me gusta todo. Y se quedó con los tres. Eso fue un gran halago.
—¿Qué te contó Nishizawa de tu papá?
—Me dijo que mi papá, cuando estudiaba en la Academia de San Carlos, organizaba corridas de toros para recaudar fondos para los bailes. Que a muchos no les interesaba la tauromaquia, pero que mi papá era un apasionado y los convencía. Me lo contaba con simpatía, con cariño. Porque ellos eran amigos, se respetaban. Y era bonito escuchar a un maestro como Nishizawa hablar de mi papá como un igual.
—¿Qué aprendiste de él?
—El dibujo. Nishizawa era un dibujante extraordinario. Y me enseñó que el dibujo es la base de todo. Si no sabes dibujar, no puedes esculpir, porque la escultura es dibujo en tres dimensiones. Lo que haces con la línea en el papel, lo haces con la masa en el espacio. Él me ayudó a entender eso.
—¿Cómo defines tu estilo hoy? —Medita un momento antes de responder.
—Como un equilibrio entre la severidad académica y la libertad expresiva. Me aplico en la anatomía con rigor, pero luego dejo que la sensación me guíe. No me gusta que la escultura se vea fría, perfecta, inalcanzable. Me gusta que se vea hecha por una mano humana. Con sus imperfecciones, con sus marcas, con su calor.
—¿Y eso es lo que la gente reconoce como tuyo?
—Eso espero. He visto exposiciones donde ponen cinco retratos de la misma persona, hechos por cinco escultores distintos, y la gente dice: “Este es de Peraza”. No porque sea mejor o peor. Porque tiene un sello. Una forma de entender el rostro, la luz, la sombra. Eso es el estilo. Y no se aprende en la escuela. Se aprende trabajando durante muchos años, con paciencia, con terquedad.
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El reconocimiento. La fama y el futuro.
—Hace algún tiempo, en 2016, te hicieron un homenaje en la Feria de Libros de Ingeniería. Dijiste que fue la primera vez que se le hacía a un escultor, no a un escritor.
—Sí. Casi doce años apoyando a mi alma máter, hasta que ese año me hicieron ese homenaje a mí. Por primera y única vez en la Feria de Libros de Ingeniería, a un escultor, a alguien que no es escritor, sino un artista. Eso me emocionó mucho, porque reconocían que lo que hago no es un oficio menor y que la escultura también es una forma de pensamiento, una forma de conocimiento.
—¿Cómo se siente recibir ese reconocimiento?
—Bonito. Claro que se siente bonito, pero no es lo que me mueve. A mí me mueve el trabajo, el estar aquí, en el taller, con las manos en la plastilina. Eso es lo que me hace feliz. El reconocimiento es como un postre, está bien, pero no es la comida.
—¿Qué piensas de la fama?
—Que la fama es una trampa. La fama te hace creer que eres más importante de lo que eres. Y cuando la fama se va —porque siempre se va—, te quedas vacío. Yo prefiero el oficio, porque ese no se va. El oficio te acompaña toda la vida, y mientras tengas manos y ojos, puedes seguir trabajando.
—¿Qué consejo les darías a los jóvenes escultores que empiezan?

El periodista Alberto Carbot y Sergio Peraza. Atrás, la escultura dedicada a Agustín Lara. 𝗙𝗼𝘁𝗼: © 𝗔𝗻𝘁𝗼𝗻𝗶𝗼 𝗖𝗮𝗯𝗮𝗹𝗹𝗲𝗿𝗼
—Que no tengan prisa. Que entiendan que esto es una carrera de fondo, no un sprint. Que aprendan a amar el oficio, no la fama. Que sepan que van a pasar horas solos, con la plastilina, con el barro, con el bronce, y que eso no es un castigo, es un privilegio. Porque la soledad del taller es donde ocurre la magia, donde la materia empieza a mentir, donde el barro se convierte en alma.
—¿Cómo ves el futuro de la escultura figurativa en México?
—No sé. El arte contemporáneo ha desplazado mucho la figuración. Ahora se valora más la idea que la ejecución. Pero yo creo que hay un público que sigue queriendo ver caras, cuerpos, gestos. Que sigue queriendo reconocerse en una escultura. Ese público no se ha ido, está ahí, y mientras exista, habrá quien haga escultura figurativa.
—¿Y tú te sientes parte de una tradición?
—Totalmente. La tradición escultórica mexicana es enorme. Desde los olmecas, los teotihuacanos, los mexicas, hasta nuestros días. Yo me siento heredero de esa tradición, no el único, ni el mejor, pero uno más, un eslabón. Y mi responsabilidad es pasar ese oficio a la siguiente generación. No dejarlo morir.
—Me comentaste alguna vez que saludaste a Paul McCartney en un avión.
Ríe a carcajadas:
—Ah, sí, cierto. Fue en un vuelo. Él iba sentado unos asientos más adelante. Sencillo, sin escoltas, como uno más. Al bajar, me le acerqué, le di la mano y le dije: Soy escultor mexicano, admiro mucho su trabajo. Fue amable, me sonrió, me dio las gracias. Nos tomamos una foto juntos, pero no pasó de ahí. Pero me gustó. Me gustó ver que la grandeza no necesita alharacas; que un hombre que ha vendido millones de discos puede bajar de un avión como cualquier mortal.
—¿No te ha inspirado para alguna escultura?
—No. Pero me inspiró para la vida. Para ser más sencillo, para no creerme más de lo que soy. Para recordar que, al final, todos somos barro. Unos con más forma, otros con menos, pero barro al fin.
—¿Qué otros personajes te han sorprendido por su sencillez?
—Muchos. Miguel de la Madrid, cuando fue presidente, posó para una escultura. Llegó a Los Pinos, nos recibió bien. En un momento, se quitó el saco, algo que seguramente no hacía en público porque siempre había alguien para tomarlo. Y lo dejó en una silla, como si nada. Eso me gustó. Esa naturalidad, ese olvido del protocolo.
—¿Y alguno que te haya decepcionado?
—No decepcionado, pero sí me ha pasado que algunos llegan con prisa, con el celular en la mano, atendiendo llamadas mientras posan. No se entregan al proceso, y eso se nota en el resultado. Por eso yo pido mínimo tres sesiones. Para conocer a la persona, para que se relaje, para que se olvide de que lo están retratando. Ahí es cuando sale la verdad, cuando la máscara se cae.
—¿Y qué haces cuando la persona no quiere soltar la máscara?
—Entonces trabajo con fotografías, pero no es lo mismo. La fotografía es plana. La persona es tridimensional. Por eso prefiero la sesión en vivo, el contacto visual, el gesto que se repite. El pequeño tic que delata la personalidad. Eso no lo da ninguna foto.
—¿Cómo te preparas para una sesión?
—Leo sobre la persona. Veo videos, entrevistas. Trato de entender su mundo, porque no es lo mismo retratar a un torero que a un político, a un poeta, que a un músico. Cada oficio deja una huella en el rostro. Y el escultor tiene que saber leer esa huella.
—¿Imagino que alguna vez has tenido que ser una especie de terapeuta, mientras posan?
Responde con una sonrisa franca:
—Muchas veces. La gente llega, se sienta, empieza a hablar. Y de repente se olvida de que está posando. Empieza a contar cosas íntimas, personales, que no le cuentan a nadie. Yo me quedo callado, escucho, sigo trabajando. No interrumpo, porque ese flujo de palabras es parte del proceso. Mientras hablan, su rostro se relaja, se vuelve más auténtico. Ahí es cuando yo encuentro lo que busco —me dice.
A Peraza le gusta contar una anécdota sobre el busto de Manuel Gamio, el antropólogo. La pieza está instalada en la vía pública, en Azcapotzalco, y la gente ha hecho algo que él no esperaba. Le pusieron una bufanda, no con irreverencia, sino con cariño. “La gente se apropia de la obra de arte con respeto. Forma parte de lo que se llama un hito y a la zona le da identidad”. Ese es el destino que desea para todas sus piezas, que dejen de ser suyas y pasen a ser de todos —añade. Por eso le molesta cuando un busto no logra salir del taller, como le ha ocurrido durante años con el de Octavio Paz. “Mi intención es que se puedan formar alrededor mesas redondas, como un ágora y que la gente vaya a platicar” —subraya.
La escultura, para él, no es un objeto para contemplar en silencio, sino un pretexto para el encuentro, para la conversación, para que alguien que nunca ha leído un poema se detenga frente a un rostro de bronce y sienta curiosidad.
—¿Nunca te ha pasado algo incómodo con tus modelos?
—Una vez, un personaje público llegó con su equipo de asistentes, su secretaria, su chofer. Se sentó, y en medio de la sesión, su celular sonó. Contestó, se puso de pie, salió de la habitación y no volvió. Me dejó plantado; eso fue incómodo. Pero también me enseñó algo: que no todos entienden lo que es el arte; que para algunos el arte es un trámite, no un encuentro.
—¿Y cómo manejas ese tipo de situaciones?
—Con paciencia. El escultor tiene que tener paciencia. No sólo con el barro, con la gente también. Porque la gente es impredecible, y si te enojas, pierdes. Así que respiro, guardo mis herramientas, y espero. Si vuelven, bien. Si no, también. El taller sigue abierto.
—Dime, ¿cuál es el mejor cumplido que has recibido?
—Uno del propio Raúl Anguiano. Cuando hice su retrato, me dijo: Sergio, lograste que me viera como me veo, no como me gustaría verme. Eso es difícil. Ese cumplido lo guardo en el corazón. Porque significa que entendí lo que es el retrato, no adulación, verdad.
—¿Y la peor crítica?
—Alguien me dijo una vez: Parece que lo hiciste en cinco minutos. Y yo le respondí: Sí, pero me llevó veinte años aprender a hacerlo en cinco minutos. Tal vez no me entendió, pero no importa. El arte no es para que todos entiendan. Es para que algunos sientan.
—¿Cómo ves el estado actual del arte en México?
—En crisis. Pero la crisis no es nueva. El arte en México siempre ha estado en crisis. La diferencia es que antes había más espacios, más revistas, más suplementos culturales, más gente que leía poesía, por ejemplo. Ahora todo es inmediato, todo es efímero. Pero la escultura no es efímera, la escultura es para durar. Y mientras haya escultores que sigan trabajando, el arte en México no va a morir.
—¿Qué papel juegan los políticos en el arte? —le pregunto. Me responde serio.
—Los políticos prometen. Los políticos no cumplen; eso es ley. Por eso los artistas no tenemos que ser políticos. Tenemos que saber lidiar con los políticos y entender sus tiempos, sus intereses, sus caprichos. Pero sin vendernos, sin traicionar nuestra obra. Eso es difícil, pero se puede.
—¿Tú has tenido que lidiar con eso?
—Muchas veces. Gobiernos prometen una estatua y desaparecen. Funcionarios que cambian y se olvidan de los compromisos. Pero uno aprende y ya no firmo nada sin un contrato. Ya no empiezo un proyecto sin un anticipo. Es triste tener que ser así, pero es la realidad. El arte no da de comer por sí sólo; hay que saber moverse.
Sergio Peraza resume su relación con la escultura como una forma de conocimiento que se desarrolla a través de la práctica constante y de la experiencia acumulada.
—¿Qué te ha enseñado la escultura?
—A ver, a entender lo que tengo enfrente. Esa capacidad de observación se convierte en el núcleo de una obra que encuentra en la materia una vía para fijar la presencia y para prolongar la memoria en el espacio.
—¿Nunca has pensado en irte a vivir al extranjero?
—No. México es mi lugar. A pesar de todo, a pesar de la inseguridad, de la corrupción, de la indiferencia. México es mi tierra, mi barro, mi gente. No me veo viviendo en otro lado. Puedo viajar, puedo conocer, puedo aprender, pero siempre vuelvo, porque aquí está mi taller. Aquí está mi familia, aquí está mi obra.
Aunque Peraza vive hoy en San Miguel de Allende, no ha abandonado la Ciudad de México. Su taller —ubicado en el Pedregal de San Francisco— sigue operando como el lugar donde el barro se convierte en bronce. «Yo tengo que ir a México porque allá está el taller de fundición. Sigo trabajando ahí. Aquí es como mi retiro, pero sí tengo que estar yendo; cada obra que termino, la concluyo allá». No es un adiós definitivo a la capital, sino una alternancia. El silencio y la luz de San Miguel para crear, el ruido y la tradición del taller para fundir, para darle el acabado final a las piezas. El espacio familiar, aquel donde Humberto Peraza levantó el bronce y la fama, sigue siendo el corazón industrial del oficio. Y allí, entre hornos y herramientas, la memoria del padre permanece intacta.
—¿Sientes que tu papá está presente en este taller? —El escultor mira a su alrededor, se toma un momento.
—Siento a veces que su mano está por aparecer y decirme algo. O que voy a voltear y lo voy a ver sentado en esa silla, mirando una escultura con esa media sonrisa que ponía cuando le gustaba algo. No se ha ido del todo y eso me da fuerza, porque sé que lo que hago no es sólo mío. Es de una cadena que empezó antes de mí y que, si Dios quiere, continuará después.
—¿Y ya tienes a alguien a quien legarle esa cadena?
—Todavía no. Pero temprano va a venir alguien más joven que yo. Así como yo llegué a Anguiano, a León Portilla, a Nishizawa, alguien va a llegar a mí. Y cuando eso pase, voy a estar listo. Porque tengo mis herramientas: las que me dejó mi papá, pinceles que me regaló Nishizawa, lápices de colores, un caballete de Anguiano que me autografió. Todo eso, en algún momento, voy a tener que legárselo a alguien. Es parte de mi obligación como escultor y como eslabón de una cadena.
—Tu esposa Vanessa, ella te acompaña en todo y forma ya parte de esta historia familiar.
—Vanessa es parte de esto. Ella me aguanta el encierro, el silencio, las horas sin hablar. Es una gran cheff y además hace un mole que es una locura. Una vez en broma, durante una reunión en casa de Brigita —en la que también estaba presente Tongolele—, interrumpieron para decir que acababan de llamar de Suecia, del comité del Premio Nóbel del mole… que México había ganado. Julio Téllez, el taurófilo de canal 11, amigo de Brigita, hizo un cartón donde escribió: “Premio Nobel del mole para Vanessa Domínguez”. Y ahí tengo mi cartoncito, autografiado. Esa es mi familia. La que elegí.
—¿Cómo se conocieron?
—En una exposición. Ella llegó, vio mi trabajo, le gustó. Pero no me hizo caso a mí, sino a la escultura. Eso fue lo que me llamó la atención. La mayoría de la gente llega, me ve a mí, pregunta quién soy, qué apellido tengo, qué fama traigo. Ella llegó, vio el bronce, lo tocó, y dijo: Esto está bien hecho. Me gusta. Ahí supe que era la indicada.
—¿Cómo es un día normal en tu taller a su lado?
—Ella llega, me trae café, me pregunta cómo voy. A veces se sienta en un rincón y lee. Otras veces me ayuda con las fotos, con los registros. Pero, sobre todo, me escucha, porque el escultor es un oficio solitario. Pasas horas sin hablar con nadie, sólo con la música, con la plastilina, con tus pensamientos. Y de repente llega Vanessa y te saca de ese silencio; te recuerda con mucho cariño, pero con firmeza, que hay un mundo afuera. Y eso te vuelve al mundo real.
—¿Qué te gustaría que dijera la gente de ti cuando ya no estés?
Reflexiona un momento, ve a la distancia.
—Que fui un buen escultor, nada más. No que fui famoso, no que fui rico, no que fui importante, sino que fui un buen escultor; que mis obras le hablaron a la gente. Que logré, con mis manos, que la materia mintiera y el barro se volviera alma. Eso es todo.
—Una última pregunta: ¿qué le dirías a Sergio Peraza niño, a aquel pequeño que daba sus primeros pasos entre plastilina de la mano de su padre?
Sonríe, se le humedecen los ojos. Responde:
—Le diría ¡sigue!, aunque no entiendas nada, aunque te canses y la gente no te reconozca. ¡Sigue!, porque lo que estás haciendo es importante, no ahora, pero después. Dentro de muchos años alguien va a ver tu obra y va a sentir algo. Y eso, niño, es lo único que importa.
—Gracias, Sergio.
—Gracias a ti, Alberto. Por escuchar, por preguntar, por tomarte el tiempo. Esto también es parte del oficio: contar la historia. Y tú lo haces muy bien.
FOTO principal: Durante el proceso de fundición, Sergio Peraza, frente al enorme toro que hoy forma parte del conjunto escultórico de bronce en honor del torero Arturo Macías, ubicado al exterior de la Plaza de Toros Monumental de Aguascalientes. 𝗙𝗼𝘁𝗼: © 𝗔𝗿𝗰𝗵𝗶𝘃𝗼 𝗦𝗲𝗿𝗴𝗶𝗼 𝗣𝗲𝗿𝗮𝘇𝗮
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