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El perdón como coartada política. El gobierno insiste en reabrir agravios del siglo XVI, pero la evidencia histórica muestra que España ya lamentó los abusos en 1990. La política convierte la memoria en trinchera, mientras la violencia y la impunidad de hoy siguen sin respuesta

Insistir en que España pida disculpas por la Conquista es, en esencia, una expresión de dogmatismo político. Más aún, es la muestra de una clase dirigente incapaz de resolver los problemas actuales que padece México.

La demanda, planteada nuevamente por la presidenta Claudia Sheinbaum, reproduce el mismo gesto simbólico iniciado por su antecesor, pero ahora envuelto en una retórica de dignidad y “reconocimiento cultural” que no cambia su fondo: la manipulación del pasado con fines políticos.

No se puede juzgar el siglo XVI con las categorías morales del XXI. Pretenderlo conduce a simplificaciones grotescas que sólo alimentan resentimientos artificiales. La historia no es un tribunal ni un altar de redención, es un proceso complejo, tejido por intereses, traiciones, alianzas y tragedias.

Convertir la Conquista en una causa viva de agravio perpetuo es distorsionar su significado. La caída de México-Tenochtitlan fue, en buena medida, una guerra civil indígena, donde pueblos enteros combatieron al imperio mexica. Los tlaxcaltecas, totonacas, huejotzingas y otros aliados fueron decisivos. Sin ellos, Hernán Cortés jamás habría conquistado nada.

Reconocerlo no implica glorificar la violencia, sino comprenderla. México nació del encuentro —y del conflicto—, entre dos mundos. El mestizaje, tantas veces banalizado, fue una fusión real de sangre, creencias, lenguas y cosmovisiones. De ese dolor, paradójicamente, surgió nuestra identidad.

Juan Miralles Ostos, en Hernán Cortés: Inventor de México, documentó con rigor ese proceso. Mostró cómo el conquistador no fue sólo un militar, sino un catalizador de un nuevo orden político y cultural que fundó una nación mestiza.

Su libro desmonta tanto la leyenda negra como el discurso victimista que hoy resurge con fines ideológicos. Exigir disculpas a España equivale a negar nuestra propia génesis. Es pedir perdón por existir.

Además, la historia registra que ese gesto simbólico ya ocurrió. En 1990, durante su visita a Oaxaca, el rey Juan Carlos I reconoció los abusos cometidos durante la Conquista y lamentó que las órdenes de la Corona en defensa de los indígenas fueran desoídas.

En aquel discurso —pronunciado ante representantes de distintas comunidades indígenas en Teotitlán del Valle—, el monarca comenzó con un tono de respeto y reconciliación:

“Al encontrarnos hoy con los dignísimos representantes de algunas de las tan variadas etnias indígenas mexicanas, experimentamos —la Reina y yo—, un doble sentimiento. Por una parte, de satisfacción, al habérsenos brindado esta magnífica oportunidad de poder transmitir directamente, de primera mano, el saludo entrañable y fraternal de nuestro pueblo a los pueblos que vosotros representáis”.

Una disculpa implícita, no formal

El Rey no rehuyó la historia, pero la situó dentro de la complejidad de su tiempo. Reconoció que la Corona había intentado proteger la dignidad de los pueblos originarios, aunque muchos de sus mandatos fueron ignorados. “La Corona de España procuró, desde el mismo momento del descubrimiento del Nuevo Mundo, la defensa de la dignidad del indígena. Así, el propio rey Carlos V hizo observar enérgicamente a Hernán Cortés que ‘Dios Nuestro Señor creó a los indios libres y no sujetos a servidumbre’. Claro que la prudencia y la ecuanimidad de los monarcas fue, a menudo, lamentablemente desoída por ambiciosos encomenderos y venales funcionarios que, por la fuerza, impusieron su sinrazón”, afirmó.

En otras palabras: el monarca reconocía los abusos y los excesos cometidos durante la colonización, admitía la responsabilidad moral del poder español, pero evitó formular una disculpa formal. Fue un reconocimiento histórico, no una petición de perdón.

En otro pasaje, el Rey Juan Carlos I destacó la figura del dominico Fray Bartolomé de las Casas, símbolo de la conciencia ética ante los atropellos coloniales. “Bartolomé de las Casas fue capaz de concebir y ejercer una seria, coherente y honesta actitud intelectual ante el mundo indígena; y esto es algo que debería servirnos de modelo y pauta a cuantos —como hoy nosotros—, nos acercamos a vuestro mundo con respeto y admiración”, subrayó.

Con claridad política, añadió “que difícilmente podremos entendernos, difícilmente podremos hacernos comúnmente inteligibles, si no somos capaces, unos y otros, todos en conjunto, y sin perder ni un ápice de nuestra identidad, de ser tolerantes, abiertos y transparentes; si no somos capaces, al mismo tiempo, de ser tan generosos para recibir, los unos de los otros, porque todos nos necesitamos solidariamente”.

El mensaje fue inequívoco: el reconocimiento del pasado debía traducirse en cooperación y respeto mutuo, no en resentimiento ni exigencias de expiación.

En su cierre, el monarca propuso mirar hacia adelante, en un tono que hoy resulta más moderno que muchas consignas actuales. “Nada nos satisfaría más que, con su éxito, España pudiera contribuir a aportar a vuestras sociedades un mejor nivel de vida que, lejos de truncar los aspectos más intrínsecos de vuestra personalidad, los consolidara y fortaleciera”, reconoció.

Y agregó:

“En 1992 conmemoraremos el Quinto Centenario del encuentro de nuestros dos mundos. Quisiéramos firmemente que tal conmemoración tuviera un claro sentido constructivo, del que participaran —desde la buena fe más transparente y el más acendrado espíritu de cooperación—, tanto vuestros pueblos en particular, como el pueblo mexicano en general, y todos cuantos hemos asumido el compromiso de dar al evento un contenido de futuro que abra nuevos horizontes”.

Estas palabras, pronunciadas hace 35 años, ya contenían lo que hoy se pretende reclamar como nuevo: una admisión de los abusos y una invitación a la reconciliación histórica.

El Rey no pidió perdón, pero lamentó los excesos y tendió un puente de respeto. Y en la diplomacia, ese gesto tiene más peso moral que una disculpa formal forzada. Tres décadas después, la nueva exigencia no añade nada nuevo. Lo que cambia no es la historia, sino su uso político.

El perdón como instrumento de poder

El viernes pasado, 31 de octubre, la presidenta Sheinbaum volvió al tema durante su conferencia matutina, al inaugurarse en Madrid la exposición “Mujeres del maíz y del cosmos”, dedicada al arte indígena femenino.

Desde el atril presidencial, justificó la petición de perdón como un acto de dignidad: “El perdón engrandece a los gobiernos y a los pueblos. Reconocer los agravios, pedir perdón o lamentarlos engrandece”, dijo y presentó la muestra como un puente cultural. Sostuvo que el ministro de Exteriores español, José Manuel Albarez, al reconocer el dolor de los pueblos originarios, dio “un primer paso” en la dirección correcta.

Su lectura, sin embargo, omite el antecedente de Oaxaca. Si aquel discurso de 1990 ya había representado un reconocimiento explícito de los abusos y una lamentación formal por los excesos cometidos durante la Conquista, ¿por qué insistir ahora en exigir un perdón que nunca fue necesario ni históricamente procedente?

La respuesta no está en la historia, sino en la política. En el relato oficial de la Cuarta Transformación, el pasado se convierte en espejo moral del presente. España representa la vieja opresión; el gobierno actual, la supuesta redención.

Sheinbaum reforzó esa línea al recordar que no invitó al rey de España a su toma de protesta “por convicción propia”, tras lo que calificó como un agravio hacia el pueblo mexicano por la falta de respuesta a la carta de López Obrador en 2019.

Dijo entonces: “No fue una decisión del presidente, fue mía. Todo mexicano, aunque se haya nacionalizado ayer, tiene una responsabilidad histórica que es reconocer nuestra historia y la grandeza cultural de México”.

La presidenta vincula así la reivindicación indígena con la legitimidad de su gobierno, y el perdón con la noción de soberanía moral. Pero en ese argumento subyace una contradicción: el perdón deja de ser un acto de reconciliación, para convertirse en una afirmación de poder.

Lo que se presenta como justicia histórica es, en realidad, un recurso de consolidación política. Se busca moralizar la historia para deslegitimar a los críticos y santificar la narrativa propia.

Pero aquí el problema no es el reconocimiento del dolor histórico, sino su explotación. Ninguna exposición cultural sustituye la deuda social real con los pueblos indígenas vivos, que siguen marginados del presupuesto y del desarrollo.

Exigir perdón a España no cambia el hecho de que, por ejemplo, en Chiapas, Guerrero o Veracruz, los pueblos originarios carecen de escuelas, médicos y caminos. Esa es la verdadera injusticia que clama reparación, no los actos de hace cinco siglos.

Las disculpas simbólicas no construyen pozos de agua ni hospitales; son rituales de poder, no políticas de Estado.

Además, resulta paradójico que mientras Sheinbaum exige memoria al extranjero, olvida que el propio México carga con su pasado de impunidad y desigualdad.

El perdón se exige hacia fuera, pero no se practica hacia dentro. No hay disculpa oficial por los desplazados de la violencia actual, ni por las víctimas del crimen o de la pobreza estructural.

En su retórica, la historia se vuelve un escenario emocional donde el gobierno se presenta como heredero de una lucha inacabada contra la dominación. Pero esa épica nacionalista deja fuera lo esencial: gobernar exige resolver los dramas del presente, no reinterpretar los fantasmas del pasado.

La insistencia en el perdón tiene, además, un efecto pernicioso. Alimenta un sentimiento de agravio que impide reconocer la riqueza de la herencia compartida con España: la lengua, la literatura, la ciencia, el derecho, la arquitectura y el arte que también nos conforman.

España no es sólo el conquistador: es también la matriz cultural de nuestra expresión. Sin su huella, México no sería México. En la visión del poder actual, desgraciadamente, reconocer eso sería una claudicación ideológica. Por eso el afán maniqueo de la Cuarta Transformación en repetir la historia hasta deformarla.

Lo paradójico es que mientras Sheinbaum celebra como “primer paso” el lamento del ministro español, España ya había dado ese paso hace 35 años. Lo que cambia no es la verdad, sino la conveniencia política.

El gesto del rey Juan Carlos fue de reconciliación; el de Sheinbaum, de reivindicación. Uno miraba al futuro; la otra, como su antecesor, explota el pasado.

En el mundo contemporáneo existen ejemplos de naciones que han pedido perdón por agravios históricos. Alemania lo ha hecho repetidas veces, no sólo por el Holocausto, sino también por el genocidio cometido contra el pueblo herero y los nama en Namibia a comienzos del siglo XX. Japón ha expresado su arrepentimiento por las atrocidades cometidas durante la Segunda Guerra Mundial, en especial contra los pueblos asiáticos ocupados. Francia reconoció su responsabilidad en las torturas de la guerra de Argelia; Bélgica por los abusos coloniales en el Congo. Incluso el Vaticano ha pedido perdón por la Inquisición y los errores cometidos en nombre de la fe.

Pero hay que ser muy claros; se debe diferenciar y comprender que todos esos casos corresponden a hechos perpetrados por Estados modernos, con víctimas identificables y consecuencias directas. La Conquista de México pertenece a otro universo histórico y moral.

La culpa que no se asume

Exigir disculpas por hechos de hace cinco siglos, es tan absurdo como pedir a Mongolia que se disculpe por las invasiones de Gengis Kan o a Italia por las Guerras Púnicas libradas entre Roma y Cartago, la actual Túnez. Han pasado más de dos mil años desde que Roma la aniquiló, como siglos desde que España conquistó América. Sin embargo, la lógica que alimenta los discursos políticos de la llamada Cuarta Transformación es la misma: creer que la historia puede reescribirse a conveniencia, como si las culpas del pasado fueran moneda de cambio para el presente.

La historia debe entenderse, no juzgarse con los valores del siglo XXI. Ni Roma pediría perdón por destruir Cartago, ni México debería exigirlo por la Conquista. Lo importante no es reabrir los agravios de los muertos, sino reparar las injusticias de los vivos. Exigir disculpas hoy por aquellos hechos, no es más que un disparate histórico.

La historia debe comprenderse, no manipularse, y comprender implica aceptar sus sombras sin reescribirla al gusto del poder. El perdón no construye puentes si éste se exige con soberbia. Reconciliar precisa de dos voluntades sinceras, no un monólogo ideológico.

España ya lamentó los abusos de la Conquista. México, en cambio, no ha lamentado la desigualdad ni la corrupción que siguen desangrando su propio territorio. Tampoco ha pedido perdón a las familias de los 833 mil 473 muertos causados por la irresponsabilidad del propio López Obrador, ni por la insensatez, soberbia y negligencia del hoy representante de México ante la Organización Mundial de la Salud (OMS), Hugo López-Gatell, durante la pandemia de Covid-19.

Asimismo, no ha pedido perdón por los miles de asesinatos —muchos de ellos gente inocente—, a manos del crimen organizado, que se ha adueñado de vastas regiones del país, llevando a cabo secuestros, asesinatos y extorsiones, como el llamado “derecho de piso”, que se cobra impunemente mientras el gobierno no actúa, escudado en la idea de que los delincuentes forman parte del “pueblo bueno” y deben respetarse sus derechos humanos. Tampoco ha pedido perdón por el desabasto de medicamentos que ha golpeado cruelmente a los menores con cáncer y a otros sectores vulnerables de la población.

Esa es la verdadera conquista pendiente: la de la justicia sobre la demagogia.

Pedir perdón al extranjero, como es el caso de España, es fácil, muy mediático y patriotero, pero pedir perdón al propio pueblo mexicano, realmente exige sinceridad, valor, humildad y, sobre todo, decencia, porque los muertos de hace cinco siglos ya no escuchan, pero los vivos de hoy sí, y estos esperan respuestas, no rituales gubernamentales, que, en términos populares muy llanos, se llaman de otro modo.

La “política del perdón” de la 4T, tiende a suplantar lo real con lo simbólico. Convierte la memoria en herramienta de propaganda. Y mientras la historia se usa como escudo, México sigue esperando algo más elemental: un gobierno que ya deje de hablar demagógicamente del pasado y empiece, de una buena vez, a actuar frente a la terrible realidad del presente.