La felicidad y la esperanza colectivas se han convertido, durante 18 días, en un bien de la canasta básica de millones de mexicanos. Sólo que no se venden por kilo ni aparecen en los índices de inflación.
Se han extendido por las mismas calles donde nació el Pato Merlín; por las banquetas donde sigue girando el trompo y cae la pirinola, y por las gradas de los estadios mundialistas a las que Juanito ya no pudo entrar porque los boletos dejaron de ser para él.
Y como si se tratara de una tregua, por unos días México dejó de hablar de la violencia, de la inflación o del precio del jitomate.
Pero no porque esos problemas hayan desaparecido entre estrofa y estrofa del “Cielito Lindo”, sino porque después de cada partido de la Selección Mexicana se asoma un bien cada vez más escaso: la posibilidad de sentir felicidad y esperanza al mismo tiempo.
Nadie conoce al que está brincando a su lado en el Ángel de la Independencia o en el Zócalo. Durante 90 minutos de cada juego el pueblo se abraza, canta, se toma fotos y grita el mismo gol.
Mientras rueda el balón ocurre algo extraordinario: millones de mexicanos recuerdan que, antes que simpatizantes de un partido político o críticos de un gobierno, comparten una misma camiseta.
El protagonista deja la cancha con el silbatazo. Al día siguiente se sienta en la fonda, se sube al microbús, hace fila en la tortillería o espera turno en el mercado. Entonces la pregunta ya no es cuánto cuesta el kilo de jitomate. Es otra mucho más sencilla: «¿Viste el partido?».
No cambiaron los problemas. Cambió la conversación.
Y es que los pueblos también necesitan treguas. No para rendirse ante la realidad, sino para volver a ella con un poco más de esperanza.
Pero la felicidad y la esperanza mundialistas también juegan sus propios tiempos. Duran poco y tienen fecha de caducidad.
Porque el Mundial terminará y la rutina volverá a imponerse. Pero deja una enseñanza que vale la pena conservar: todavía existen momentos capaces de reunir a millones de mexicanos alrededor de una misma emoción.
Viene otro partido el martes 30 de junio. Y con él regresará esa esperanza que acompaña a los mexicanos desde el primer silbatazo del Mundial.
Estamos hablando de la esperanza de seguir avanzando. Y no se trata de una esperanza ingenua.
Se trata de una esperanza profundamente mexicana que sabe que la realidad volverá al día siguiente; que las madres buscadoras no dejarán de caminar; que la violencia no pedirá una pausa y que las preocupaciones continuarán esperando en la puerta de la casa.
Pero, aun así, millones de mexicanos vuelven a ponerse la playera verde, abrazan a un desconocido y se conceden el derecho de creer durante otros noventa minutos:
¿Y si sí?
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Vía @LineaPoliticaMX
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