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La relación sorprendentemente cordial de Claudia Sheinbaum con Donald Trump da señales de volverse políticamente tormentosa a medida que se separan sus agendas electorales. Las fuertes acusaciones de su gobierno contra ella de alentar las protestas de migrantes reflejan la facilidad de aflorar del conflicto, a pesar de las expectativas de sobrellevarlo dentro de límites razonables y la “cabeza fría”.

Pero Trump no tiene otra frontera que el cálculo de ganar. La incriminación, por el momento, deja ver los enredos de una relación de por sí borrascosa, que se enciende con poca mecha por la interconexión de sus agendas bilateral y domésticas. El quiebre, contrario a lo esperado, provino de la migración antes que de la guerra comercial que ata y desata en el mundo; aunque otros asuntos espinosos podrían sumarse al cambio de prioridades y tonos de la agenda con la llegada de la próxima temporada electoral en 2026 para EU y 2027 en México, y que será “clave” para ambos.

Los últimos días vuelven a esparcirse versiones sobre presiones de EU al gobierno mexicano por políticos vinculados al narco, y están también las remesas; por lo pronto la migración regresa como “cabeza de turco” de la lucha electoral. Eso indican las redadas y la represión de Trump para inflamar la protesta en Los Ángeles con tropas a la calle en una ciudad santuario para la migración.

El gobernador de California, Gavin Newsom, lo acusa de “provocación política”, aunque él se defiende con una imaginaria emergencia nacional por una “invasión extranjera” que sólo existe en su cabeza y en las pulsiones xenófobas y racistas de su electorado. Aprovecha la violencia en las protestas para ensillar su caballo hacia la elección intermedia, mientras los demócratas avivan la disputa y se presentan como “héroes”, aunque con riesgo de que Trump use los disturbios y vandalismo para dañarlos electoralmente.

En ese marco, la Casa Blanca ha manejado con evidente intencionalidad la declaración de Sheinbaum sobre movilizaciones contra impuestos a las remesas, para acusarla de instigar las protestas de migrantes. Pero el episodio enseña no tanto las consecuencias de las palabras, sino el desengaño de creer haber conseguido manejar la difícil relación con un hombre poco confiable, que trata de proyectar un liderazgo fuerte con medidas autoritarias, pero que, en realidad, es débil y sólo consigue extender las críticas a su política migratoria en EU.

Trump evitó cargar directamente contra Sheinbaum y dejó a la secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, expresar la condena. Su declaración se diluyó porque hoy en EU la única palabra que cuenta es la suya y no quiso subir al ring a pelear contra un país con el que casi todo lo ha ganado y, además, se conforma con decir que no todo lo ha perdido.

Pero no se trata de un malentendido, sino de la alteración de la agenda política de Trump, un terreno sin límites cuando peligra el triunfo. Su popularidad menguante genera dudas de su partido con el “gran y bonito” proyecto de Ley Fiscal y los jueces podrían detener en julio una guerra arancelaria que justifica en una inexistente amenaza a la seguridad nacional. En ese contexto, el desafío de Sheinbaum cayó como anillo al dedo para desatar la retórica racista y xenófoba del MAGA sobre el peligro de la rebelión con el ondeo de la bandera mexicana detrás de las protestas y convertirlo en forraje para los republicanos.

Donde Sheinbaum se equivocó fue en desestimar la manipulación de declaraciones para consumo doméstico, y luego querer culpar a la oposición interna. Prueba de ello es que las protestas no han calado en la negociación comercial en curso para esquivar los aranceles al acero y aluminio, dado que la presa electoral es la migración para reposicionar a su gobierno con redadas y récords de encierros.

La Presidenta ha regresado al discurso de la moderación y de la “cabeza fría” con un cierre de filas de todos los gobernadores contra las acusaciones. Pero habrá sacado lecciones del baño de agua fría por la tentación de usar los ataques de Trump para crecer su popularidad interna, aunque el otro gane la jugada, y de enfilar sus palabras a las elecciones de 2027 que también serán claves para conservar la hegemonía de Morena en el Congreso, sin fuerza para sostener amagos recíprocos.