Del rey David a la serenata mexicana y del día del santo, al pastel de cumpleaños
Pocas canciones están tan arraigadas en la vida cotidiana de México como “Las Mañanitas”. Las cantamos desde niños y casi nunca nos detenemos a pensar de dónde vienen, quién las escribió o qué hace un rey bíblico dentro de una celebración mexicana. Su historia comenzó mucho antes del pianista y compositor zacatecano Manuel M. Ponce y permite seguir el camino de una vieja canción de amanecer hasta el cumpleaños que hoy celebramos frente a un pastel.
“Las Mañanitas” pertenecen a esa clase de canciones que casi nadie recuerda haber aprendido, porque estaban ya en casa, en las fiestas familiares, en la voz de los padres y los abuelos. Se cantan en un restaurante, junto al pastel, con mariachi o mediante una llamada telefónica al amanecer. Cualquier mexicano reconoce sus primeros versos, aunque son muchos menos los que saben de dónde salieron o por qué aparece en ellos aquel rey David que vivió miles de años antes, y muy lejos de México.
Durante mucho tiempo se atribuyó la canción a Manuel M. Ponce, uno de los grandes compositores mexicanos del siglo XX, nacido en Fresnillo, Zacatecas, en 1882. La versión se repitió durante años y terminó apareciendo incluso en publicaciones oficiales. El dato que permite poner las cosas en su lugar procede del propio Ponce.
En abril de 1914, mientras trabajaba con canciones populares mexicanas, el compositor rindió un informe sobre algunos de sus arreglos. Al mencionar “Las Mañanitas” se refirió a la inspiración del “anónimo autor popular” y señaló que la pieza era tan conocida que no hacía falta describirla. Él realizó un arreglo para piano y contribuyó a su difusión, pero dejó asentado que la canción ya existía y que su creador se había perdido, como se dice coloquialmente, en la noche de los tiempos.
Para seguirle el rastro hay que retroceder bastante más. Ana Rosa Gómez Mutio, del Posgrado en Letras de la UNAM, publicó en 2024 un estudio dedicado a las distintas “mañanas” y “mañanitas” que circularon en México. Su investigación las relaciona con las antiguas albas y alboradas de la tradición hispánica, es decir, cantos ligados al amanecer, que podían acompañar el encuentro o la despedida de los enamorados.
Ahí empiezan a cobrar sentido algunas frases que seguimos cantando. Alguien pide a la persona amada que despierte porque ya amaneció, los pájaros empiezan a cantar y la luna se oculta. “Despierta, mi bien, despierta, mira que ya amaneció” pertenece enteramente a ese mundo, y la escena resulta más comprensible frente a una ventana durante las primeras horas del día, que alrededor de un pastel después de la cena.
Ciertamente, la serenata cambió de lugar y de propósito, pero conservó buena parte de aquellos versos y por eso continúan allí los pajaritos, la luna y la invitación a levantarse, aunque el cumpleañero lleve horas despierto. La costumbre se transformó y la letra cargó consigo algunos recuerdos de su antiguo origen.
Antes se festejaba el santo
También quedó otra frase que hoy puede resultar extraña: “hoy por ser día de tu santo”. Durante muchos años el onomástico —el día correspondiente al santo cuyo nombre llevaba una persona—, tuvo un lugar importante en las celebraciones familiares. “Las Mañanitas” se cantaban en esas fechas y existen antecedentes que llegan hasta el México colonial.
Gómez Mutio menciona unas “Justicias o sean mañanitas en décimas para onomástico”, procedentes de la Nueva España del siglo XVIII. Allí alguien llega a la puerta de otra persona para felicitarla precisamente por el día de su santo. Con los años, el cumpleaños fue desplazando al onomástico como motivo de celebración y la canción se acomodó al nuevo uso.
Tampoco existió una sola versión. Hubo mañanitas amorosas, religiosas y otras dedicadas a personajes públicos. Se conocen incluso unas dirigidas a Francisco I. Madero. Algunas compartían versos; otras eran muy diferentes y por eso resulta difícil señalar una fecha precisa para el nacimiento de la versión que conocemos.
A finales del siglo XIX y comienzos del XX, la imprenta de Antonio Vanegas Arroyo puso en circulación en la Ciudad de México hojas populares que se vendían a bajo precio. Llevaban canciones, corridos, noticias, historias y versos. Gómez Mutio encontró dentro de ese material 29 impresos relacionados con “Las Mañanitas”.
Uno de ellos se titulaba “Unas lindas mañanitas a las muchachas bonitas”. Tenía veinte estrofas y allí aparece ya la conocida referencia a las mañanitas “que cantaba el rey David”, dedicadas entonces a “las muchachas bonitas”. En otra copla se pide a una mujer que se levante, porque ha llegado su amante, mientras los pajaritos cantan y la luna se mete. Varios de los elementos que hoy reconocemos estaban ya en aquellas hojas.
Buena parte de esas veinte estrofas dejó de cantarse. Algunas muestran con bastante claridad el carácter amoroso de la canción, como por ejemplo el que el hombre llegaba con flores y pedía a la muchacha que se levantara y se acercara a la ventana. Una de las coplas decía: “De rosas muy exquisitas / traigo un bouquet, trigueñita”. Después le pedía que aceptara el regalo y le recordaba que ya había amanecido. En otra insistía en que abriera la ventana, porque había caído el rocío y él seguía allí.
Otros versos se alejaron todavía más de la versión actual. El cantor deseaba que la festejada viviera mil años, hablaba del día de su santo y también de su natalicio. Cerca del final decía: “espero que de aquí a un año / ya lo pasaré a tu lado”. La canción volvía después a la ventana y a la noche que terminaba. De aquel conjunto sobrevivieron unas cuantas frases; otras quedaron para siempre en los viejos impresos.
El documento puede verse hoy sin necesidad de recurrir a una transcripción. El Laboratorio de Culturas e Impresos Populares Iberoamericanos de la UNAM conserva una copia digital de “Unas lindas mañanitas a las muchachas bonitas”, y El Colegio de México cuenta con otro ejemplar dentro de su acervo de hojas populares. Ambos pueden consultarse por internet.
El rey David en México
La presencia del rey David merece una explicación. Según la tradición bíblica, vivió alrededor de tres mil años antes de que estas canciones circularan en México. Durante siglos quedó asociado con la música y con los Salmos, que son cantos y oraciones poéticas de la Biblia, muchos de ellos atribuidos tradicionalmente a David.
De ahí provino su imagen como rey, poeta y músico, representado a menudo con un arpa o algún instrumento de cuerda. Su nombre terminó entrando en la copla popular mexicana y permaneció allí cuando muchas otras estrofas desaparecieron. Así llegó hasta el cumpleaños moderno un personaje del Antiguo Testamento que nada tuvo que ver con la creación de la canción.
En las canciones populares esto pasa con frecuencia. La gente recuerda unos versos, cambia palabras, abandona estrofas y conserva otras. Después de varias generaciones queda una versión que parece definitiva, aunque haya sido formada poco a poco y nadie pueda presentarse como autor de todo el conjunto.
Manuel M. Ponce tuvo importancia en esa etapa porque trabajó con la canción y la llevó a otros ámbitos musicales. Fue compositor y pianista, además de un estudioso atento a la música popular mexicana. Su arreglo de 1914 explica, por lo menos en parte, que años después comenzara a confundirse su trabajo de arreglista con una supuesta autoría.
Algo semejante sucedió con Alfonso Esparza Oteo, nacido en Aguascalientes en 1894 y discípulo de Ponce. La Secretaría de Cultura señala que recopiló y arregló varias canciones de la tradición popular mexicana, entre ellas “Las Mañanitas”, “La Sandunga” y “La Chancla”. Ese trabajo ayudó a dar forma escrita y musical a piezas que llevaban tiempo circulando de boca en boca.
La investigadora Gómez Mutio señala que hacia 1921, coincidiendo con los primeros años de la radio en México, comenzaron a fijarse algunas de las versiones que después alcanzarían mayor difusión. La radio multiplicó el alcance de la canción y el cine haría otro tanto unos años después. Antes de ambos medios, aquellas hojas impresas habían servido para llevar versos y melodías de un lugar a otro.
Pedro Infante y la memoria popular
Pedro Infante ocupa un lugar especial en esa etapa. Su voz quedó asociada con “Las Mañanitas” y con el cine mexicano de la época de oro. En «Nosotros los pobres», dirigida por Ismael Rodríguez y estrenada en 1948, la canción aparece dentro de un ambiente familiar y de barrio que millones de espectadores reconocieron como propio.
Después vinieron los discos y las transmisiones de radio. Infante no había escrito la canción, pero su manera de interpretarla quedó unida a ella para varias generaciones. Para entonces aquellas antiguas mañanitas de serenata habían encontrado otro sitio en la vida mexicana en el cumpleaños.
La versión que hoy cantamos se fue armando durante muchos años. Parte de sus versos procedía de viejas canciones del amanecer, otros habían pertenecido a serenatas y algunos estaban ligados a celebraciones religiosas. Ponce y Esparza Oteo trabajaron con ese material; después la radio, el cine, los intérpretes y las propias familias terminaron de extenderlo por todo el país.
Quien desee ahondar en el tema puede consultar el estudio de Ana Rosa Gómez Mutio, “Las mañanitas: pervivencias del tópico del amanecer en canciones publicadas por la imprenta de Antonio Vanegas Arroyo”, publicado en 2024 en el Boletín de Literatura Oral, volumen extraordinario número 7, páginas 152 a 188. El trabajo completo está disponible gratuitamente en el portal de Revistas Electrónicas de la Universidad de Jaén, revistaselectronicas.ujaen.es, y también puede localizarse en dialnet.unirioja.es.
Los documentos originales también están al alcance del lector. El Laboratorio de Culturas e Impresos Populares Iberoamericanos de la UNAM conserva ejemplares digitalizados de la imprenta de Vanegas Arroyo en lacipi.humanidades.unam.mx. El Colegio de México tiene dentro de sus Colecciones Digitales, en repositorio.colmex.mx, una hoja de “Unas lindas mañanitas a las muchachas bonitas”, fechada en 1918. El Amon Carter Museum of American Art, en Texas, conserva otros ejemplares relacionados con José Guadalupe Posada y Vanegas Arroyo en cartermuseum.org. Una parte importante de esta historia puede verse directamente en esos archivos.
“Las Mañanitas” llegaron a los cumpleaños después de un recorrido mucho más largo de lo que solemos imaginar. Antes fueron serenata, canto de amanecer y felicitación por el día del santo. Pasaron por hojas populares, arreglos musicales, radio y cine, aunque hay que decir que algunas palabras desaparecieron y otras sobrevivieron.
Entre las que quedaron están el amanecer, los pajaritos, la luna y aquel rey David que sigue llegando puntualmente a cada celebración. Manuel M. Ponce encontró la canción cuando ya pertenecía a la tradición popular, y más de un siglo después seguimos haciendo lo mismo que quienes la cantaban antes de él; nos aprendemos sus versos de memoria y se los heredamos a la siguiente generación.
Por eso, la próxima vez que alguien apague las luces, acerque el pastel y empiecen a escucharse los primeros acordes, “Las Mañanitas” tendrán detrás una historia mucho más antigua que una simple canción de cumpleaños.