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–Se van ustedes dos a la junta. Con cuidado”, nos dijo a Ricardo Ampudia y a mí a fines de agosto de 1986, Manuel Alonso, Coordinador de Comunicación Social de la Presidencia de la República.
–“Sobre todo, tú. Con tacto.”
Se trataba de una reunión general para planear la conmemoración del primer aniversario de los terremotos del septiembre negro de 1985. Acudían al Palacio Nacional, representantes (y en algunos casos titulares) de todas las secretarías del Gobierno Federal y otras dependencias. No se debe olvidar; el gobierno de la ciudad era responsabilidad del Presidente de la República quien designaba al jefe del Departamento del Distrito Federal.
Pronto la reunión se convirtió en un torneo de aduladores para el presidente De la Madrid. Fieles a la vieja tradición priista, muchos creían en el ditirambo como herramienta para restituir la deteriorada imagen presidencial derivada de la feroz campaña de la oposición en torno de un supuesto abandono social durante la atención de los sismos.
La propaganda negativa les rindió beneficio a sus autores. Tiempo después el PRI perdió el Distrito Federal.
Cuidadoso con las palabras, Ricardo Ampudia, en aquel tiempo Director de Prensa Extranjera y Relaciones Públicas, habló con firmeza y mesura, con tacto, con argumentos. Explicó el punto central de la conmemoración luctuosa: no convertirla ni en un festejo, ni en una exaltación presidencial. Los protagonistas debían ser los muertos en la desgracia y a ellos se les debería dedicar el acto memorioso.
–Por respeto a los muertos, señores, no hagamos de esto un torneo de oratoria para quedar bien con el presidente. Lo haríamos quedar mal”, les dijo Ampudia. Desde entonces la ceremonia es un simple toque de silencio en la plancha del Zócalo a las 7.19 de la mañana con la bandera a media asta. Nada más. Por única y milagrosa ocasión el respeto dolido sustituyó a los discursos vacíos.
Yo secundé su propuesta y la sobria idea salió adelante. Días después Ricardo llegó a mi oficina en Los Pinos.
Él trabajaba en un edificio alterno en la avenida Constituyentes, frente al bosque de Chapultepec, donde tiempo más tarde despacharía Rafael Tovar y de Teresa en otra función.
–Mira, me dijo.
Me dio una pequeña bolsa de gamuza con un tejo de bronce adentro. De un lado el poema sobre la eternidad de la Gran Tenochtitlán, el mismo que está inscrito en el mármol del Museo Nacional de Antropología (“…en tanto que dure el mundo, no acabará, no terminará la gloria, la fama de México-Tenochtitlan”; hermoso, aunque falso) y del otro un relieve del Códice Mendocino con el águila, la serpiente y las calzadas en “X”, y la fecha del 19 de septiembre de 1986.
“Mandé a hacer estos tejos como recuerdo. Le entregué uno al presidente y otros a Manuel Alonso y a Emilio Gamboa. Este es para ti. Gracias”.
Aquella tarde de la reunión preparatoria salimos juntos del Palacio Nacional. Fuimos a caminar por el herido centro, hasta la Alameda y yo elogié su manera de evitar que los lambiscones se apoderaran de la ocasión.
–“Deberías ser diplomático”.
–Eso quiero, me respondió. Cuando esto se acabe quiero ir al servicio exterior. Lo dijo con sencillez y convicción. Y lo cumplió tiempo más adelante.
Ampudia vivía con la serenidad y el aplomo de quien conoce el mundo, la vida y la sencillez. No la simpleza. Educado, elegante y de extrema finura. De sonrisa constante, de risa fácil; convencido de sus afectos y constante en sus afanes.
Aun cuando nos habíamos conocido en los tiempos de la revista Caballero, no fue sino hasta el trabajo compartido cuando nuestra relación se hizo cercana y provechosa, al menos para mí. Viajamos por medio mundo, nos divertimos, conocimos a Lady “D” y a Ronald Reagan; bebimos ron en una peligrosa taberna de Jamaica rodeados de rastafarianos y nos comprometimos con un proyecto de alta responsabilidad.
Pero la vida tiene cosas extrañas. Yo había comenzado el sexenio en la Dirección de Prensa Extranjera y Relaciones Públicas. Manuel Alonso me promovió a la Dirección de Difusión y poco después a la de Información. En mi lugar quedó Manuel Compeán quien se fue pronto a la secretaría de Relaciones Exteriores con Bernardo Sepúlveda y Ricardo Ampudia lo sustituyó.
De los tres que ocupamos ese cargo, dos murieron en este otro septiembre negro. Sólo quedo yo para recordarlos a ambos con afecto. No empujen, diría alguien.
El paso de Ampudia por el campo diplomático tuvo dos momentos importantes. Uno, cuando fue cónsul en Houston. Ahí, con un fino tejido diplomático y jurídico, Ampudia le salvó la vida a Ricardo Aldape Guerra condenado, sin pruebas, a la pena máxima. Sus gestiones consulares lograron abrir un debate, al parecer interminable, sobre la inhumanidad de la pena de muerte.
Tiempo después el sobreviviente murió en un accidente de carretera en México.
–Ricardo, viste que murió Aldape. Se mató en un choque…
–Rafita, ahí si ya no puedo hacer nada…” me dijo con un poco de humor negro. Muy negro.
Pero además de su función consular o su desempeño en la Dirección de Protocolo de la cancillería, Ricardo tuvo una notable obra editorial. Sus dos tomos sobre México en los informes presidenciales de los presidentes de Estados Unidos y su espejo en los informes ejecutivos mexicanos sobre la Unión Americana, son tomos vigentes de imprescindible consulta, además de su libro sobre el turismo en México.
En uno de ellos, Ampudia diagnostica y avizora.
Esto lo publicó en 1993 y sigue teniendo plena vigencia, sobre todo si revisamos lo ocurrido anteayer en las Naciones Unidas y las frecuentes embestidas de Trump contra el gobierno de México.
“…La línea de “ponerse duro con los mexicanos” empieza a golpear al país desde 1984 y ocurre lo inusitado al ampliar Estados Unidos la agenda de conflictos a fin de incluir lo que antaño era visto como preocupaciones domésticas de cada país, como el proceso electoral o la corrupción de las autoridades… México, por su parte se encuentra incapacitado para responder…
“…Al considerar de competencia estrictamente interna los asuntos debatidos en Estados Unidos, se niega a discutirlos fuera…
“De esta manera, la batalla ya no se libraría solamente en la SER, sino correspondería a otras instancias como las encargadas de la prensa extranjera, las relaciones públicas del país y la Dirección de Comunicación Social de la Presidencia de la República.”
Quizá la enfermedad que lo llevó a la muerte no le dio tiempo de reflexionar a profundidad sobre el actual naufragio de todas esas instituciones.
Para mi quedan en la memoria sus atenciones, su gentileza, alguna tarde bajo el sol de Tepoztlán, con Emma y el ingeniero Rovirosa en la casa del Sol y de la Luna; su enorme colección de botellas de tequila cerradas todas e iluminadas en anaqueles de vidrio iluminados en “la frascoteca”, un magno óleo de Pedro Coronel y su gran gentileza, esa por la cual, en la Presidencia, todos le decíamos “el príncipe Ampudia”.
No quiero que sea muy pronto, pero nos veremos, Ricardo, nos volveremos a ver, mientras descansa en paz, amigo y compañero.
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