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En el reciente juego de opiniones sobre los lineamientos para establecer el sistema defensivo de las audiencias (justas, sanas, impolutas, bien intencionadas y cualquier otra cualidad moral por descubrir y aplicable a la nada) es necesario reconocer varios momentos de enorme sinceridad en las siempre bien informadas intervenciones presidenciales. Un portento.
El primero, cuando nos dijo con sobrada y prudente benevolencia: no se trata de censurar; si quisiéramos ya lo habríamos hecho (cito de memoria). Tenemos todo para hacerlo. Todo, en este caso, tiene un sinónimo rotundo: ¡poder!
El segundo cuando agrupó en una misma conciencia a los opositores o críticos o simplemente discordes, casi todos ellos especímenes de esa mal vista especie zoológica llamada “comentócratas” tan repudiada por el pensamiento oficial y sus comentadores responsables y sensatos (a veces simples pelagatos) y cuya malquerencia obedece a sencillos procesos digestivos: ya no se les da “chayote”. Todo termina en la cucurbitácea.
En eso hay similitudes hasta con Vicente Fox quien no hallaba otra explicación para la crítica de los medios insumisos cuya palabra lo sometía a diaria “tundiza”.
Y al grito desatendido de “sin chayo no me hallo”, el fantasma de José López Portillo y su asesor estelar, Don Pancho, cantan en magnífico coro de ultratumba y reviran: no pago para que me peguen.
Otro momento de sincera revelación es la selectiva y personalísima distribución de los fondos públicos dedicados a pagar inserciones de publicidad o propaganda. Se dice, es la tercera parte del gasto de los tiempos de Peña Nieto. Pues con eso tienen los afines y los disciplinados. Pero por órdenes directas suyas, según se desprende de su comentario personal, ni TV Azteca ni Reforma o El Universal se merecen un chelín ni una beca Rita.
— Si antes se decía, no pago para que me pegues ahora se dice no pago porque me pegas. ¿Por mentirosos o por opositores?
Pues de una vez por las dos cosas, porque oponerse a este gobierno, al Humanismo Mexicano y la Revolución de las Conciencias, es traicionar al futuro, es olvidarse de la transformación nacional, en su cuarto episodio histórico y es alejarse de las causas nobles del pueblo mexicano pobre y bueno.
El otro momento de sinceridad presidencial es su anuncio de ayer: tras dos días de hacerlo, no intervenir más en el tema, hasta no ver el puerto, lo cual es plausible pero triste. Si ella no va a opinar más, guardará una discreta actitud, pero nos perderemos de su palabra y más aún de su guía y sabiduría. En fin.
Pero esto de la vocación controladora no es nada nuevo.
En el año de 1917 el Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, Don Venustiano Carranza, expidió la “Ley sobre delitos de imprenta”. No hay espacio, para reproducirla completa, pero vale la pena reescribir sus primeros artículos:
1.- Toda manifestación o expresión maliciosa hecha verbalmente o por señales (¿?) en presencia de una o más personas, o por medio de manuscrito, o de la imprenta, dibujo, litografía, fotografía o de cualquier otra manera que expuesta o circulando en público, o transmitida por correo, telégrafo, teléfono, radiotelegrafía o por mensajes, o de cualquier otro medio, exponga a una persona al, odio, desprecio o ridículo, o pueda causarle demérito en su reputación o en sus intereses;
2,- Toda manifestación o expresión maliciosa (¿?) hecha en los términos y por cualquiera de los medios indicados en la fracción anterior, contra la memoria de un difunto con el propósito o intención de lastimar el honor o la pública estimación de los herederos o descendientes de aquel que aún vivieren;
3.- Todo informe, reportazgo o relación de las audiencias de los juzgados, tribunales, en asuntos civiles o penales, cuando refieran hechos falsos o se alteren los verdaderos con el propósito de causar daño a alguna persona o se hagan, con el mismo objeto, apreciaciones que no estén ameritadas racionalmente por los hechos siendo estos verdaderos…”
Descifrar ese galimatías (ameritadas racionalmente por los hechos siendo estos verdaderos) resultaría por ahora inútil. Sólo sirve lo anterior como una muestra de todo gobierno por imponer su criterio y controlar la opinión ajena con cualquier pretexto. El honor, la reputación, la dignidad de los herederos o cualquier otra prenda social.
Todo esto, y lo contenido en los siguientes 8 artículos, incluyendo las previsiones del orden o la paz pública, y hasta las canciones (cuando no había narcocorridos), no impidió la consagración idiomática del verbo “carrancear”, aplicado al hurto, el abuso, el despojo y otras conductas propias del Barón (Varón) de Cuatro Ciénegas. Tampoco impidió la prohibición de las corridas de toros, ni los hechos de Tlaxcalantongo y el suicido de Don Venus ante la metralla.
El caso ahora es muy sencillo.
Los “wokísimos” Derechos de las Audiencias, una invención propia de la corrección política y la búsqueda de empleo en las áreas obligadas a los medios para su defensoría, son la base para todo hostigamiento disfrazado de sincera queja de alguien agraviado o supuestamente lastimado por emisiones de radio o TV.
Si el gobierno alimenta sus posturas y definiciones a diario, con miles y millones de “bots” y espacios patrocinados en redes y medios “alternativos”, es dable inferir de dónde vendrán las comaladas de quejas contra los medios o conductores incómodos.
No hay ni siquiera disimulo; mucho menos recato. La mañanera es un tribunal inapelable y lleno de falsedades (¿verdad, Sergio Sarmiento?). Y el programa jurídico del derecho de replicar –continuidad del “vilchismo” tartamudo– exhibe otro tanto de la animadversión contra quienes no buscan adhesión, sumisión o dependencia.
A final de cuentas, con “chayo” o sin él los medios siguen y seguirán existiendo. Y los periodistas estarán cuando las cucarachas posteriores al último estallido atómico (dijo GGM), necesiten quien las cuente y lo cuente.
Esos defensores, con el “Código de Ética” de cada medio en las manos –como Moisés con el decálogo en el Monte Sinaí– tendrán plazos para satisfacer quejas y si no lo hicieran entonces vendrá la H. Comisión (con Robespierre o “Dato Protegido” al frente) para aplicarles una sanción. No es censura previa. Es censura, castigo, punición, multa, reconvención, límite elástico… todo eso.
Resulta notable la evidente falta de conocimiento sobre los medios en estas iniciativas ahora ya convertidas en ley. Los desmentidos o réplicas no hacen sino reproducir lo que se quería silenciar.
Umberto Eco tiene una novela satírica sobre este y otros temas llamada “Número cero”.
Si alguien (dicen quienes proyectan en la novela proyectan un nuevo diario) se llegara a quejar de un texto en el cual se le dijo idiota, su desmentido incluirá una retractación por parte nuestra y la promesa de no repetición: vista la queja del señor Fulano, a quien por error hemos llamado idiota, nunca volverá a ser mencionado en este diario (o estación radiofónica o de TV) en términos de idiotez.
Declaramos solemnemente y nos retractamos de la anterior afirmación; Don Fulano de ninguna manera es idiota como dijimos en nuestra pasada edición donde lo señalamos como imbécil en términos equivocados y falsos de toda falsedad. A la vista se observa su enorme inteligencia. ¿Idiota? de ninguna manera.
Señor Don Fulano, le ofrecemos públicamente disculpas por haberlo calificado así. No lo volveremos a hacer… usted dista mucho de ser cretino… Y así hasta el infinito.
El problema no radica en crear un ministerio de la verdad como dijo Orwell en 1984. Consiste en creerse amo y señor de ella. Y si ya he mencionado a Orwell, reproduzco aquí algo sobre la verdad en un texto periodístico suyo (fuera de la novela).
“…Durante la guerra civil española (Tribune, 4 de febrero de 1944) estaba convencido de que nunca se escribiría ni podría escribirse una historia fidedigna del conflicto. No había cifras seguras ni informes objetivos sobre lo que estaba sucediendo… uno de estos hechos, por ejemplo, es que operó en España un enorme ejército ruso. Hay pruebas abundantísimas de que no existió tal ejército.
“Sin embargo, si Franco sigue en el poder, y si el fascismo en general sobrevive, aquel ejército ruso entrará en los libros de historia…”
Y estas frases nos recuerdan el afán trascendente de la Cuarta Transformación: hacer historia. Juntos haremos historia, decía uno de sus muchos lemas electorales de alto impacto publicitario.
Y si los periódicos son la materia prima de la historia –como decían los cursis del periodismo—, pues comencemos a escribirla en los medios.
Lo demás vendrá solo, como prueba el adoctrinamiento (fase superior de la propaganda), están los libros de texto escolar o la nueva conformación del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM) ya convertido en un territorio ideológicamente dominado para no mencionar la Universidad de la Ciudad de México o la Rosario Castellanos, honrables palmípedos superiores de la IV-T (¿O no?).
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