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Si camina, nada y grazna como pato… entonces es Merlín, un símbolo popular emplumado que no salió de un despacho de gobierno, ni de una agencia de publicidad.

Nació en la calle, desde abajo, como nacen los símbolos que perduran. Sin pedir permiso, se ha convertido en el embajador más querido de la Ciudad de México durante el Mundial 2026, reconocido incluso por la FIFA.

Con su playera de la Selección Mexicana, sus pasos cortos, sus calcetines y esa mirada tranquila que parece ignorar el revuelo que provoca, Merlín logró lo que muchas campañas oficiales nunca consiguen: que la gente lo sienta suyo.

El ciudadano de a pie lo detiene, le toma fotos y le sonríe. Hay algo en su andar sencillo que conecta de inmediato.

En cambio, el ajolote morado que impulsó la Jefa de Gobierno, Clara Brugada, nunca terminó de cuajar. A pesar del presupuesto y la estrategia institucional, se percibió como un símbolo frío, diseñado desde el poder. El pueblo no lo adoptó; cuando mucho, lo toleró y generó más memes que afecto.

Lo mismo ha ocurrido con Zayu, la mascota oficial de México para el Mundial 2026. Este jaguar estilizado, que representa la fuerza de las selvas del sur de México, apenas ha calado en el imaginario popular a pesar del respaldo de la FIFA y su mercancía oficial.

¿Por qué un pato callejero despierta más identificación que una mascota diseñada por expertos? Porque hay símbolos que se decretan y símbolos que se contagian. Merlín pertenece claramente a los segundos.

Representa algo que ningún manual de mercadotecnia puede fabricar: la autenticidad. Es tan mexicano como Juanito en México 70; tan entrañable como Pique en 1986; tan nuestro como un trompo girando sobre la banqueta, una pirinola marcada con “Todos ponen» o un balón que rueda en una cascarita improvisada.

Los grandes símbolos populares nunca pidieron permiso para existir. Simplemente aparecieron y la gente decidió hacerlos propios como Merlín, quien el lunes 22 de junio estuvo en la conferencia mañanera de la presidenta Claudia Sheinbaum.

Su dueña es Karla Ivette Gómez, madre de Carlos (22 años) y Cristian (14 años). La familia vende aguas frescas en las calles del Centro Histórico, donde el pato de dos años de edad se ganó el cariño de la gente.

Ese mismo día, la familia acudió al IMPI para registrar la imagen y nombre de Merlín, con el fin de evitar que terceros lucren con su fama. Un particular de Mérida, Yucatán, intentó registrar la marca antes que los dueños del pato.

Sheinbaum señaló que la invitación fue “un asunto de humanismo” y ofreció apoyo a la familia: “Les vamos a ayudar en todo lo que necesiten, como a cualquier mexicana o mexicano que lo requiera”.

Sin embargo, la visita generó fuertes críticas, especialmente de colectivos de madres y padres buscadores. Uno de ellos, Gustavo Hernández, quien busca a su hijo Abraham Zeidy Hernández del Razo, desaparecido desde mayo de 2024, escribió en redes:

 “Cuac cuac…
Presidenta Claudia Sheinbaum, si quiere no me vea como un padre que busca a su hijo, véame como un pato, pero por favor dígame: ¿cuándo me recibe en la mañanera?
Cuac cuac…

Lo que empezó como el caso de un pato callejero que llamó la atención en las calles por su vestimenta de la Selección Mexicana, hoy se ha convertido en un símbolo emplumado que provoca emociones, polémica, reclamos y que camina hasta por los salones del poder.

Y la pregunta es inevitable: ¿Qué dice de nosotros los mexicanos que un pato callejero haya conquistado más corazones que toda una estrategia oficial de identidad?

Tal vez la respuesta sea más sencilla de lo que parece: los símbolos auténticos nunca necesitan propaganda. Les basta con parecerse al pueblo.

En X: @castroclemente

Vía @LineaPoliticaMX

castroclemente@gmail.com